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VIOLENCIA ENTRE LOS GENEROS - CUESTIONES NO PENSADAS O "IMPENSABLES"
Autor Irene Meler* La violencia entre los géneros es
un fenómeno marcadamente asimétrico, donde en la vida adulta, los hombres
se ubican mayoritariamente del lado del agresor y las mujeres entre
las víctimas. Este aspecto para nada es ambiguo, y sin embargo se ve
confrontado con otras dimensiones del análisis, en las que no es tan
fácil evitar la confusión. Comencemos entonces por recordar
algunos datos: una de cada 10 mujeres es o ha sido agredida por su pareja
(Rico, 1992). Según otras fuentes 1, entre un 20 % y un 50% de las mujeres
ha sido maltratada por un compañero sexual. El 2% de las víctimas de
actos de violencia conyugal son varones, el 75% mujeres y el 23% son
casos de violencia recíproca (Corsi,1990 ). La forma de agresión intrafamiliar
más común es la conyugal. El servicio telefónico del Programa
de Prevención y Asistencia de la Violencia Familiar de Buenos Aires,
recibe 600 llamadas mensuales. De éstas, el 97,4% de la población afectada
son mujeres de 25 a 54 años. El 73% de quienes llaman están inmersas
en un clima familiar violento desde hace más de 10 años. La violencia doméstica es definida
como todo acto cometido en la unidad doméstica por un miembro de la
familia que perjudica gravemente el cuerpo, la integridad psicológica
o la libertad de otro miembro de la familia. Si bien sus principales
víctimas son niños, ancianos y mujeres, estas últimas son las más agredidas.
Se ha relacionado la violencia intergénero
con la asimetría jerárquica existente entre varones y mujeres. En algunos
casos es expresión directa de la extremada subordinación femenina, y
en otros, una manifestación mediante la cual se pretende reinstalar
el dominio masculino amenazado. En última instancia, el sistema sexo
género, o la división polarizada entre los géneros, crearía las condiciones
de posiblidad de la violencia. En los últimos años, los especialistas
en el tema han realizado una labor de sensibilización y difusión acerca
de esta proble mática, que puede considerarse extraordinariamente exitosa,
en el sentido de haber logrado una extendida percepción acerca de la
violencia conyugal como un fenómeno inaceptable, y una sanción moral
compartida con respecto de los ofensores. Es difícil evaluar si los
actos violentos han disminuido, ya que al dejar de ser naturalizados,
su denuncia sufrió un incremento exponencial . Lo que resulta evidente
es la pérdida de legitimidad de los actos violentos en las sociedades
occidentales. A esta deslegitimación se ha sumado
un conjunto de estrategias destinadas a prevenir la violencia y atender
a sus protagonistas, tales como: la aprobación de medidas legales nacionales
y de convenios internacionales, el diseño de campañas para modificar
la opinión pública, la creación de refugios, el entrenamiento y capacitación
del personal de salud, del personal policial y otros actores sociales
vinculados a la atención y prevención de la violencia, la implementación
de grupos de mujeres golpeadas, ya sean con coordinación técnica o de
autoayuda, el agrupamiento compulsivo de agresores para su tratamiento,
etc. Por angustioso que resulte el trabajo
en el nivel de los organismos de gobierno, o de servicios de salud,
todavía nos movemos en un mundo apolíneo, racional, donde la condena
moral diferencia lo reprobable de lo "políticamente correcto",
y en el cual es posible organizarse subjetiva y colectivamente para
elaborar un hecho en última instancia inaceptable, que consiste en la
aparición siniestra del odio al interior de las relaciones amorosas
de la pareja humana.
Los discursos del Psicoanálisis y
del Feminismo, que respecto de muchas cuestiones están en conflicto,
comparten en este aspecto su carácter revulsivo acerca de una de las
ilusiones más difundidas a partir de la Modernidad. Esta consiste en
la esperanza de encontrar en la relación amorosa heterosexual de
la vida adulta, la reparación anhelada respecto de los traumas infantiles.
La experiencia de desamparo, que amenaza con revivir la inermidad del
infante preedípico y su vulnerabilidad ante el abandono del objeto asistente,
se vería compensada mediante la alianza conyugal y la promesa de asistencia
recíproca. Otro trauma que se teme reeditar, es la exclusión del niño
edípico ante la pareja parental unida. Allí se impone la dolorosa constatación
de la diferencia generacional, circunstancia que más allá de la interdicción
del incesto, hace imposible la consumación de la unión amorosa anhelada.
La percepción de la diferencia sexual, implícita en esa escena, promueve
en el sujeto infantil la asunción de sólo una posición sexuada, renunciando
a la otra. Todos esos dolores y humillaciones, se repararían mediante
el placer erótico y el amor compartido en una unión exogámica permitida. Como contribución a la tarea demistificadora,
el Psicoanálisis ha aportado conocimientos acerca de cierta irreductibilidad
de los anhelos infantiles, que se resisten a encontrar satisfacción
en objetos que, por constituir reemplazos de los originarios, resultan
siempre algo insatisfactorios. También ha descripto la forma en que
la reactualización de los conflictos infantiles puede estropear las
relaciones adultas. Ha considerado a la insatisfacción, en última
instancia, como una condición estructural. Un aporte particularmente
pertinente para el tema que nos ocupa, es el que se refiere a la ambivalencia
emocional, a la conjunción amor-odio propia de los vínculos narcisistas.
También resulta tan pertinente como polémico todo el campo teórico referido
al sadismo y al masoquismo.
El Feminismo ha puesto en evidencia
el carácter asimétrico y opresivo de la relación entre los géneros sexuales.
Entre nosotros, la contribución de Ana María Fernández, (1989) acerca
de la relación necesaria entre violencia y conyugalidad, es ya un clásico,
cuya lucidez resulta sin embargo, desoladora. Pero, más allá de la comunidad existente
entre ambos cuerpos teóricos en cuanto a la puesta en cuestión de las
aspiraciones ilusorias, comienza un conflicto, respecto del cual es
necesario diferenciar aquellos aspectos producto de deslizamientos ideológicos,
de los que aportan herramientas útiles para el análisis intersubjetivo
de los vínculos violentos.
El concepto freudiano de "masoquismo
femenino"(1924), así como su referencia a la femineidad en el artículo
" Pegan a un niño"(1919), fue utilizado para producir un proceso
de victimización secundaria, mediante el cual se ha intentado responsabilizar
a las mujeres maltratadas de su propio padecimiento, mediante el supuesto
de que existiría una búsqueda inconsciente de un goce en el dolor, un
" más allá del principio del placer" (1920), que las induciría
a buscar castigo por razones erógenas (Ver Deustch 1925 y Bonaparte
1949, etc. ). La repulsa que este tipo de asunción despertó en todos
los que se interesan por el estudio de las relaciones entre los géneros,
hace muy difícil intentar un análisis lúcido de los alcances y limitaciones
de estos conceptos. El riesgo es replicar en el debate la violencia
propia de los procesos que intentamos estudiar.
Hace mucho tiempo que estas cuestiones
me inquietan, y parafraseando a Freud (1931), quien manifestó que la
presunción de que las pacientes histéricas debieran su sufrimiento neurótico
a haber sido objetos de abuso sexual, le había hecho pasar " horas
penosas", puedo decir que he atravesado mis propias "horas
penosas", tratando de captar cuestiones intrínsecamente agraviantes
para las mujeres, evitando a la vez el sexismo y la banalidad bienpensante. Jessica Benjamin (1988) ha venido
en mi ayuda, cuando desde una perspectiva fuertemente influida por el
pensamiento feminista, se planteó como objeto de su indagación la psicología
de la dominación. Su afirmación acerca de que no es conveniente reemplazar
el análisis por la indignación moral, me resulta esclarecedora y reconfortante.
Otra compañía en este difícil trayecto es Louise Kaplan (1991), autora
que estudia las perversiones femeninas, y que considera a la polaridad
entre los géneros como un arreglo intrínsecamente perverso. La cuestión del dominio, y en especial,
la de la persistencia de muchas mujeres en relaciones destructivas,
que no puede explicarse exclusivamente en función del amedrentamiento
físico o de su dependencia económica, merece análisis cuidadosos, para
los cuales puedo hoy trazar algunas líneas de indagación.
La teoría pulsional freudiana, enfatiza
la vertiente relacionada con la erogeneidad o sea el placer asociado
al dolor, así como los aspectos intrapsíquicos de la subjetividad. Dentro del psicoanálisis francés,
Roger Dorey (1986) explora la relación de dominio, aportando una visión
intersubjetiva. Por último, las autoras antes mencionadas, comparten
una perspectiva donde el discurso del Psicoanálisis y los aportes de
los estudios de Género, conforman un enfoque intersubjetivo con perspectiva
de género. En 1919, Freud publicó su artículo
"Pegan a un niño. Contribución al conocimiento de la génesis de
las perversiones sexuales". Allí se refiere a fantasías eróticas
acompañantes de la masturbación, que consistían en escenas donde se
castiga a un niño. Los casos en que se basó, fueron cuatro mujeres y
dos varones, estos últimos con una perversión masoquista instalada.
La aparición de estas fantasías es temprana, alrededor del quinto o
sexto año de vida. No se registraba satisfacción ante escenas reales
de violencia, sino que debían ser fantaseadas y atenuadas. El niño era
castigado con la cola desnuda.
Freud considera que este tipo de
fantasía infantil constituye un rasgo primario de perversión, que no
siempre desemboca en una parafilia en la adultez. Elige focalizar su análisis en los
sujetos femeninos, aunque luego se refiere también a los varones. Me
da la impresión, que ya que refiere el goce sadomasoquista al Complejo
de Edipo, considera que la posición erógena femenina se expresa fácilmente
a través de fantasmas masoquistas, o sea, que los anhelos amorosos de
las niñas, pueden transmutarse en fantasías de paliza, debido a que
para él, las metas sexuales de las mujeres son pasivas. Este es un punto
de importancia para nuestro tema, por que se entiende que buscar o permanecer
en situaciones de maltrato, pueda explicarse, siguiendo esta línea de
pensamiento, sobre la base de su equiparación imaginaria con un acto
amoroso. Recordemos que Freud describe tres
fases en la génesis de esta fantasía, de las cuales sólo la última es
consciente, mientras que las dos primeras son el resultado de una construcción.
La primera constituiría la expresión del odio celoso hacia algún hermano,
la segunda, de índole masoquista, sería un equivalente de la satisfacción
sexual anhelada, y por ese motivo permanecería inconsciente, y la tercera,
en apariencia sádica, se solía expresar a través de una escena escolar,
donde varios niños eran azotados por un representante paterno, (maestro).
Esta fantasía estaba acompañada de excitación sexual. La primer fantasía
expresa el deseo hostil hacia el hermano, o sea el anhelo de ser amadas
en forma exclusiva, la segunda es producto de la represión y la regresión
sádico-anal del deseo fálico-genital hacia el padre, siendo estos expedientes
defensivos implementados debido a la interdicción del incesto, y la
tercera, una expresión encubridora de la segunda. En uno de los casos
de pacientes varones, el deseo masoquista aparecía en forma consciente,
pero quien castigaba era la madre. Las prácticas prostibularias sadomasoquistas
constituyen una evidencia de la persistencia actual de estos deseos
en los varones.
Los niños azotados son generalmente
varones, tanto cuando quienes fantasean son niñas o muchachos. Freud
explica esta observación sobre la base de la identificación masculina
de las niñas, o " complejo de masculinidad", actitud que suele
ocurrir como resultado de la renuncia edípica, por la cual las niñas
se extrañan por completo de su papel sexual. En un trabajo posterior
(1925), aventura la hipótesis de que el muchachito castigado, represente
el clítoris de la niña. Me parece que el núcleo de verdad en esta hipótesis,
se refiere a la erotización defensiva de la terrorífica asimetría de
fuerzas entre el adulto y la niña. La fantasía de ser varón constituye
una condensación de deseos, temores y búsqueda de autoestima.
Como vimos, en el caso de los pacientes
varones, la actitud pasiva, que Freud asimila a la femineidad, se refiere
a deseos eróticos de índole pasiva, deformados regresivamente, tal como
ser estimulado, acariciado y amado. La madre es el personaje castigador
manifiesto, pero Freud considera que el deseo masoquista se refiere
al padre. Se trataría entonces de deseos homosexuales masculinos. "La
fantasía de paliza del varón es desde el comienzo mismo pasiva, nacida
efectivamente de la actitud femenina hacia el padre". Freud agrega:
"En la niña, la fantasía masoquista inconsciente parte de la postura
edípica normal; en el varón, de la trastornada, que toma al padre como
objeto de amor".
Es fácil percibir que si la meta
sexual normal femenina es pasiva, y la pasividad se transforma en deseo
de castigo por regresión, la hipótesis consistente en que muchas mujeres
soportan el castigo por encontrar en el mismo un equivalente de la satisfacción
erótica, parezca estremecedoramente verosímil. Los varones homosexuales
buscarían inconscientemente ser victimizados, también por motivos erógenos.
Vemos así desplegada una escena de
carácter extremadamente humillante, ya que al hecho de ser objeto de
malos tratos se agrega el supuesto de que esa condición complace a la
víctima.
En 1987 presenté una contribución
donde entre otros aspectos cuestioné la asimilación entre femineidad
y pasividad, que el mismo Freud intentó desasociar, aunque retorna en
forma constante a lo largo de su obra. Lo que parece admisible, es que
se ha producido un proceso histórico de pasivización de la sexualidad
de las mujeres (Fernández, 1993) a fines de su intercambio en las redes
de la alianza matrimonial.
Acto seguido, Freud utiliza esta
exposición, confusa, morosa y extendida, para refutar las teorías de
antiguos colaboradores y en ese momento rivales. La hipótesis de Robert
Fliess, acerca de que lo reprimido son las características del sexo
contrario, es refutada aludiendo a que el deseo expresado por las niñas
corresponde a su sexo, y por lo tanto no debería ser reprimido (para
Freud la causa de la represión es el tabú del incesto). Una autora contemporánea
ya mencionada, Louise Kaplan (op. cit.), parece reeditar en cierto sentido
la hipótesis de Fliess, cuando sostiene que la polarización genérica,
al deslegitimar la expresión de deseos pasivos en los varones y de anhelos
de dominio y control en las mujeres, favorece la estructuración de estrategias
mentales perversas, mediante las cuales los sujetos satisfacen sus anhelos
de cruzar géneros, mientras al mismo tiempo conservan una fachada de
conformidad con las prescripciones genéricas.
La postura de Alfred Adler merece
atención, ya que este autor, al postular la "protesta viril"
consistente en que todo individuo se resiste a permanecer en la línea
femenina (inferior) y busca la línea masculina, (superior), introduce
la cuestión de las relaciones de poder en la constitución de los deseos.
La escisión del campo de estudios,- debido a las luchas por el poder-,
impidió el desarrollo de esta dimensión del análisis. El recurso a la
erogeneidad como clave última, cegó al psicoanálisis respecto de la
eficacia de las relaciones de dominación en la construcción de la subjetividad,
lo que facilitó los deslizamientos sexistas que constituyen el núcleo
conflictivo de la teoría psicoanalítica con respecto del pensamiento
feminista.
Otra vertiente del análisis, que
no se desarrolló lo suficiente, fue la que relaciona la erogeneidad
con el narcisismo, en el sentido de sentimiento de sí. Emilce Dio Bleichmar
es quien focaliza su estudio sobre el narcisismo femenino. El planteo
adleriano apunta en esta dirección y constituyó un intento de articular
el placer erógeno con sentimientos de dignidad o indignidad, experimentados
en un vínculo interpersonal. Si atendemos a la vertiente narcisista,
podemos pensar que las fantasías de ser castigada a que se refiere Freud
en el trabajo que estamos comentando, no fueron reprimidas solo por
su carácter incestuoso, sino que esos deseos resultaron ofensivos respecto
del Ideal del Yo, y su realización fue experimentada como desnarcisizante.
El carácter insoportable para el Yo de los deseos pasivos y masoquistas
de los varones con respecto de la imago paterna, se percibe con claridad
cuando se los identifica como núcleo de los delirios paranoides. Si
señalamos sólo el deseo masoquista, sin incluir la dimensión del sentimiento
de sí o autoestima, perdemos de vista que llegar a desear la propia
humillación puede resultar enloquecedor.
Freud sostiene que los deseos edípicos
activos del varón hacia la madre, no debieran ser reprimidos si el motivo
de la represión fuera la protesta masculina, ya que estos deseos son
convencionalmente masculinos, o sea egosintónicos. Pero considero que
el motor de la represión es la amenaza de castración, y lo que resulta
inaceptable para el sujeto no son los deseos sino el castigo y la afrenta
que constituye respecto de la integridad narcisista. La "protesta
viril" adleriana, presenta una curiosa similitud con el horror
a la castración, tan desarrollado por el psicoanálisis francés (ver
Sara Kofman, 1982).
Ya hace tiempo, cuestioné el concepto
freudiano de " masoquismo femenino" (Meler, 1987). Recordemos
que en "El problema económico del masoquismo", (op. cit.),
Freud diferencia entre masoquismo erógeno, masoquismo femenino y masoquismo
moral. El masoquismo, dice Freud: "....se ofrece a nuestra observación
en tres figuras: como una condición a la que se sujeta la excitación
sexual, como una expresión de la naturaleza femenina y como una norma
de conducta en la vida".
Luego de declarar en última instancia
incomprensible al masoquismo erógeno, y atribuir el masoquismo moral
al sentimiento de culpa, Freud caracteriza al masoquismo femenino como
el más fácil de comprender. Y acto seguido, expone reflexiones acerca
de ese masoquismo en el varón, al que se limitará en función del material
disponible. La precondición erótica consistente en ser atado, maltratado,
ensuciado, denigrado, se asocian en el imaginario freudiano con "...
una situación característica de la femineidad, vale decir, significan
ser castrado, ser poseído sexualmente o parir".
Encontramos aquí una extraña unificación
de tres situaciones: la primera, ser castrado, sólo puede referirse
a la femineidad si se sostiene al pie de la letra la concepción aristotélica
de la mujer como un hombre menor o castrado (Ver Fernández, 1993). En
el contexto de un orden simbólico fuertemente patriarcal, es posible
que muchas mujeres se experimenten como habiendo sido objeto de castración,
como consecuencia de la ausencia de nominación para su diferencia sexual.
Pero de ahí a considerar que la experiencia de castración es específica
de lo que Freud llama la "naturaleza femenina", existe un
deslizamiento vertiginoso entre el imaginario masculino acerca de la
femineidad y la experiencia femenina en sí misma.
En cuanto a la "posesión sexual",
esta es una metáfora que expresa fantasías eróticas asociadas al hecho
de ser dominada. Estas fantasías, u otras donde existe una referencia
a "la entrega", son parte de una amplia gama de deseos parciales
propios de la sexualidad humana, y que la dominación intergenérica ha
propiciado en las mujeres, reprimiéndolos severamente en los hombres.
Por lo tanto, la asimilación de la posición femenina a ser poseída,
es ideológica, e implica una replicación de la violencia patriarcal
al interior de la teoría psicoanalítica. Esta violencia consiste en
la denegación de la existencia de deseos activos y aún sádicos en las
mujeres, que pueden ponerse en juego en forma flexible según el momento
y los avatares del vínculo.
En el único aspecto respecto del
cual parecería existir coincidencia, es en el referido al parto, ya
que, sin duda, sólo las mujeres damos a luz. Pero ¿de qué parto estamos
hablando?. Da la impresión que el imaginario freudiano de este artículo,
alude a un parto experimentado como estallido, desgarramiento, etc..
Las experiencias subjetivas y objetivas del parto son en la realidad
extremadamente variables, y así como existen mujeres que se sienten
desestructuradas, otras paren merced a un eficaz control obsesivo, donde
el dolor y la ansiedad son mantenidos a raya, siendo lo característico
de esa experiencia, el autocontrol sobre el cuerpo y de la acción del
otro dentro del sí mismo.
De modo que, una vez más, se ha confundido
la sexualidad femenina con las fantasías masculinas respecto de la posición
sexual femenina, fantasías teñidas de sadomasoquismo, y que me parecen
prototípicas de los varones en la pubertad. (Meler op. cit.) Freud mismo, aclara que denominó a esta forma de masoquismo
"femenino", aunque "muchos de sus elementos apuntan a
la vida infantil".
De mayor riqueza heurística me parece
el concepto de "masoquismo erógeno ", sin el cual no es posible
captar el aspecto pulsional de las relaciones de dominio y maltrato.
Recordemos que ya en los Tres Ensayos (1905), Freud formuló la tesis
de que "la excitación sexual se genera como efecto colateral a
raíz de una gran serie de procesos internos, para lo cual basta que
la intensidad de éstos rebase ciertos límites cuantitativos". La
existencia de una coexcitación libidinosa provocada por una experiencia
de dolor o displacer, funda, de acuerdo a Freud, la base fisiológica
para que se erija la estructura psíquica del masoquismo erógeno. Al
masoquismo primario, constituido por el remanente de pulsión de muerte
que el sujeto no pudo proyectar como pulsión de dominio sobre el exterior,
se agrega la reintroyección del sadismo proyectado.
Propongo sobre la base del concepto
de masoquismo erógeno, el de "erogeneidad de subordinación",
relacionado con el hecho de que los sujetos inmersos en situaciones
penosas, potencialmente traumáticas, es decir desestructurantes para
su Aparato Psíquico, recurren como forma de ligar la cantidad de estímulo
que los desborda, a la coexcitación erótica. Esta respuesta puede en
ocasiones hacer tramitable una experiencia, evitando así la locura o
la muerte. Dado que los sujetos subordinados, entre los cuales se encuentran
las mujeres, están expuestos en alto grado a estímulos traumáticos,
me parece preferible crear esta denominación, ya que " masoquismo
femenino" tiene el inconveniente de naturalizar la asociación entre
femineidad y sufrimiento. "Erogeneidad de subordinación"
presenta la ventaja de ser extensible a los niños varones, los ancianos
u otros sujetos expuestos a abusos o torturas. Muchas de las características
atribuidas al género, se explican en realidad en función de las relaciones
de poder, como ya lo señalara Jean Baker Miller (1987).
Pero queda en pie el carácter insatisfactorio
de un enfoque teórico que enfatiza unilateralmente la pulsión. La concepción
que subyace al enfoque pulsional es la de un ser humano aislado, narcisista,
que busca al semejante como proveedor de satisfacciones eróticas, de
las que disfruta sin percepción ni consideración hacia la alteridad
(Chodorow, 1978). Me identifico con quienes resaltan la importancia
del vínculo interpersonal, y la significación diversa de las experiencias
de satisfacción de acuerdo al sentido que adquieran, en términos de
la respuesta de los otros significativos, y de la estima de sí que consoliden
o destruyan. La estima de sí, a su vez, depende del reconocimiento
de los otros.
Para Roger Dorey (op. cit.), "el
dominio sólo adquiere sentido pleno en el campo de la intersubjetividad"
y por ese motivo se refiere a la relación de dominio. Esta modalidad
vincular, "implica un ataque al otro en tanto sujeto que desea
y que, como tal, se caracteriza por su carácter singular y por su propia
especificidad". "El objetivo es reducir al otro a la función
y al status de un objeto totalmente asimilable". Dorey considera
que existen dos vías diferentes para el logro de este objetivo: una
de ellas es la configuración obsesiva y la otra, la configuración perversa.
En la perversión, el dominio se manifiesta
en el plano erótico, sobre la pareja sexual y se obtiene mediante la
seducción, la fascinación. El perverso desea establecer un tipo de deseo
erótico que le es característico, y revelar en el otro un deseo equivalente.
Se conecta con deseos reprimidos de su partenaire, y ofrece un deseo
que no es más que el reflejo del deseo captado en el otro. Por ese motivo
Dorey define a la relación como especular, dual. Transcurre en el campo
imaginario. Se niega la diferencia, ya que el perverso imprime su sello
en el partenaire. En el sadomasoquismo, la marca en la piel es una prueba
del estado de sumisión impuesto y aceptado.
La perversión se caracteriza por
su fijeza, es una organización indispensable para que la tendencia sexual
se satisfaga y evitar la angustia. La destructividad se dirige hacia
la alteridad. El odio puro aparece ante la resistencia por parte del
sujeto dominado. Según Dorey. " La posibilidad
de existencia de una unidad primitiva de carácter hipotético es (...)
inherente a la relación de dominio.". El sujeto estaría fascinado
por su imagen especular. La historia infantil de los sujetos
perversos revela que han estado expuestos al comportamiento seductor
de la madre o alguna figura sustitutiva. Se trata de una seducción real,
intensa y reiterada. Al mismo tiempo, la madre es ambivalente y por
momentos hostil y destructiva. El objetivo de la madre es establecer
el control omnipotente sobre el niño, a quien exige una sumisión total.
Respecto del padre, existe un pacto secreto de exclusión. En la vida adulta, el perverso se
identifica con su agresor e impone a la pareja el mismo dominio tiránico
que padeció. Si bien la madre es la primera seductora, y la impronta
de la plasmación de la erogeneidad a la imagen la de la madre establece
una propensión para las relaciones de dominación, los grados en que
se presenta son muy variables. Dorey realiza un replanteo muy interesante
respecto de la teoría freudiana acerca de la seducción como factor causal
de los padecimientos histéricos. Adopta una posición intermedia en este
debate: sin desestimar el valor del concepto de realidad psíquica por
lo que se distancia de J. Mousaieff Masson, a la vez afirma que los
episodios de seducción no son tan raros como se cree. A partir de ésto
afirma que: " La neurosis no debe considerarse únicamente un conflicto
intrapsíquico, sino más bien un conflicto interpsíquico, id est, un
conflicto entre dos aparatos psíquicos, uno de los cuales logra someter
al otro".
Resulta evidente la importancia de un planteo de esta índole para todos los desarrollos acerca de psicopatología y género, donde se descubre la impronta de la subordinación en la subjetividad y en el padecimiento neurótico de las mujeres. Recordemos también que Freud (1908) considera que la existencia de una doble moral sexual, sienta las bases para la constitución de personalidades perversas entre los varones, mientras que las mujeres pertenecientes a las mismas familias, padecen de síntomas neuróticos. Hoy día esta caracterización nos permite comprender que es la asimetría de poderes lo que influye en el procesamiento subjetivo de los deseos y en la búsqueda o denegación de placer erótico. Los sujetos ubicados en la posición de Amo aprenden a buscar satisfacciones poco refinadas, donde las pulsiones parciales infantiles se integran deficitariamente en la genitalidad, y la relación sexual se transforma en un acto de apropiación del cuerpo femenino reducido a objeto, lo que implica la negación de la subjetividad y del deseo de la compañera sexual y amorosa. Las sujetos posicionadas como dependientes, aprenden a reprimir sus deseos y a satisfacerlos solo mediante complejas transacciones sintomáticas. Esta represión es la contracara subjetiva de las relaciones de dominación social a través de las cuales las mujeres han sido ubicadas como objetos dominados por los sujetos hegemónicos. Caracterizar las
relaciones intergénero de este modo no se contradice con la comprensión
acerca de que los deseos pasivos asociados al ser dominado y ubicarse
en posición de objeto, existen en los hombres y su destino es la represión
o/y la identificación proyectiva en la compañera femenina. Igualmente,
los deseos activos de las mujeres se han satisfecho tradicionalmente
por delegación en la actividad o el sadismo masculino. Este fue el camino
canónico, señalado como conducente a la femineidad normal por Helène
Deustch (1925 ). La única satisfacción pulsional activa permitida en
el orden simbólico moderno para las mujeres, ha sido la que se obtiene
mediante el ejercicio de la maternidad, y en especial, la seducción
del infante, actitud mediante la cual, sin advertirlo, se reduce al
sujeto naciente al estatuto de objeto parcial, el mismo estatuto padecido
por la mujer al interior de la pareja conyugal. Si retomamos el planteo de R. Dorey, vemos que este autor encuentra
semejanzas y también sorprendentes diferencias entre la organización
obsesiva y la organización perversa. "El obsesivo ejerce su dominio
sobre el otro en la esfera del poder y del deber. El principal medio
al cual recurre para obligar a los demás es la fuerza". Este tirano
doméstico, ejerce un control intrusivo sobre el otro. Ejerce un efecto
congelante, petrificante. Paraliza al oyente mediante un discurso monótono
que interfiere con su pensamiento autónomo y finalmente lo duerme. Cumple
con las normas de un modo formal. En la relación con los demás siente
la necesidad de ejercer un dominio absoluto, mediante la fuerza, y si
encuentra resistencia, mediante una destructividad implacable. A diferencia
del perverso, que desea apropiarse del deseo del otro a fin de reducirlo
a una imagen especular, el objetivo del obsesivo es destruir el deseo
del otro. Sus relaciones son frías y distantes. El control estricto
hace suponer la existencia de alguna forma de gratificación libidinal,
por lo cual se ha asociado al sadomasoquismo. Existen formas transicionales,
vinculadas al hecho de la asociación que ya marcó Freud entre neurosis
y perversión, pero Dorey diferencia ambas estructuras. Plantea que pese a la violencia ejercida sobre el otro, existe
un deseo de reconocimiento por su parte. La ambivalencia emocional es
extrema. El eco que despierta se basa en las tendencias autodestructivas
de su partenaire. Cuando se refiere a la historia infantil,
Dorey recuerda que Freud, en el estudio sobre "El hombre de las
ratas" (1909), alude a una escena de seducción sexual precoz. Si
bien no existe constatación clínica, Dorey sostiene que: "... el
deseo de la madre de seducir a su hijo constituye realmente el eje de
la organización obsesiva, al igual que lo es para la organización perversa".
Pero en este caso el deseo es reprimido. El pudor, la reserva,
la rigidez, son formaciones reactivas contra un deseo erótico reprimido.
El odio también se reprime y se sobrecompensa mediante la sobreprotección.
También existe satisfacción pulsional directa: la sexualidad se satisface
a través de rasgos de carácter, y la hostilidad a través del control
intrusivo y la manipulación. Al igual que el perverso, el obsesivo se
identifica con el agresor, y repite con su objeto de amor adulto la
situación antes padecida. También aquí existe exclusión del padre. En
ambas estructuras se desea captar, asimilar al otro en tanto objeto
del deseo. El otro es desubjetivizado y reificado. Ese objeto protege
contra la aflicción, el duelo y la carencia originaria. Para Dorey, la mediación del padre
interviene en forma insuficiente en ambos casos. En ambos casos, la
madre experimenta " la ausencia de pene como desgracia o como un
daño que requiere ser reparado..". Por ese motivo el niño será
tratado como un objeto fálico, destinado a suplir la carencia materna.
Aquí resulta pertinente recordar que para muchos autores, la neurosis
obsesiva se asocia a la masculinidad. Esto no quiere decir que no existan
mujeres con esta estructura subjetiva, pero sí es posible que la
posición psíquica característica tanto de la perversión como de la obsesión,
se asimilen a la masculinidad tal como ha sido definida en forma estereotipada
en el imaginario social. Nuevamente encontramos que la agencia femenina
se despliega en la práctica maternal, y el destino de las mujeres en
la conyugalidad se asemeja al estatuto de paciente, o sea, de ser objeto,
aunque nunca en forma monolítica, de la acción de su pareja amorosa.
Como se ve, se esboza una especie de círculo infernal en cuya perpetuación,
la polaridad entre los géneros sexuales juega una parte fundamental.
La referencia al vínculo del infante
con su madre a fin de ubicar un "comienzo" que de cuenta de
la estructuración de ciertos estilos subjetivos, ha sido objeto de crítica
por parte de autoras feministas (Chodorow, Burin, op. cits. ). Siendo
la madre la figura principal en la plasmación de la subjetividad temprana,
esta referencia es a la vez verosímil e ideológica. El ejercicio de
la maternidad se desarrolla en el interior de una pareja conyugal en
la cual existe en muchos casos una dependencia económica, social y subjetiva
de la madre con respecto del padre. Cuando la madre cría al hijo en
ausencia del padre, esta condición tiene efectos materiales y simbólicos
adversos en un contexto social que presupone la necesariedad de la presencia
paterna, pero que no arbitra recursos para suplirla cuando falta por
motivos accidentales. Si no exploramos la relación que existe entre
determinadas modalidades de maternaje y el orden simbólico, las condiciones
en que transcurre la crianza, el vínculo con el padre etc., corremos
el riesgo de confundir la personalidad de la madre con el origen, culpabilizando
a las mujeres por todo el sufrimiento neurótico, psicótico y perverso
de la humanidad. De modo que no basta con afirmar que tanto la madre
del obsesivo como la del perverso encuentran intolerable la asunción
de la diferencia sexual y utilizan al niño como un fetiche. En muchos
casos, la autopercepción de carencias referidas a un desarrollo
personal insatisfactorio, encuentra un antídoto fatal en la ilusión
de omnipotencia que ofrece la maternidad. No es entonces en las estructuras psicoapatológicas
en sí mismas donde está la clave, sino en nuestro orden simbólico, donde
a la omnipotencia fálico narcisista de la virilidad, se ha opuesto a la omnipotencia materna.
El clima de desilusión postmoderna nos permite cuestionar ambos modos
de conjuración de la carencia y el desamparo. Al igual que Jessica Benjamin, Dorey recurre al pensamiento
de Winnicott para esbozar una modalidad de desarrollo más cercana a
la normalidad. La "primera posesión no yo" o sea el objeto
transicional, que se diferencia tanto del objeto interno fantaseado
como del objeto real exterior, sirve de defensa contra la angustia depresiva,
la angustia ante la pérdida de objeto. La carencia de objeto (ausencia
de la madre), revela al infante que el deseo de la madre no se reduce
al hijo. Dorey cuestiona la relación que realiza Winicott ente la creatividad
y los fenómenos transicionales, ya que para él, no puede haber una verdadera
creatividad, o sea una actividad de simbolización, si no se acepta la
carencia de objeto. Toda creación será una recreación del objeto perdido.
El autor diferencia al fetiche del objeto transicional, por
su significado específicamente genital. Pero tienen en común el hecho
de ser utilizados en ausencia de la madre, para conjurar la aflicción
ante la carencia, mediante la elección de un objeto único, irreemplazable,
que forma parte del sujeto. El objeto transicional es anterior al examen
de realidad y constituye el antecedente de diversos intentos por negar
la carencia, de los cuales el fetiche constituye una formación más avanzada.
Para conceptualizar un tipo de proceso psíquico que se diferencie
del dominio, tanto en su vertiente seductora o perversa como en su versión
compulsiva, controladora, obsesiva, el autor se refiere a dos términos
utilizados por Freud en forma confusa y que propone diferenciar con
claridad. Estos son "Bemachtigüng" y "Bewaltigüng".
El primero se refiere a la dominación, y el segundo al autodominio.
El juego del Fort-da descripto por Freud, es un trabajo de elaboración
psíquica, una autotransformación del aparato psíquico ante la vivencia
de alteridad, y constituye un antecedente necesario de la simbolización.
Mientras que la dominación pretende denegar la alteridad y la carencia
de objeto, instalando un sistema cerrado, conservador, el autodominio
constituye un trabajo psíquico que pone en funcionamiento un sistema
abierto y flexible. Este modelo de pensamiento resulta de gran interés y productividad.
Como dijmos, se desprende de una perspectiva puramente intrapsíquica
para focalizar la atención en la intersubjetividad. Alude al deseo de
reconocimiento proveniente del otro, pero finalmente, retorna hacia
la propuesta de un modelo de salud mental referido a un proceso intrapsíquico
que debería desarrollarse en un sujeto enfrentado a la falta,
la soledad. Jessica Benjamin, (1988) avanza según opino un paso más, cuando en su
análisis acerca del problema de la dominación, se dedica al estudio
de la intersubjetividad. Según esta autora. "la dominación y la
sumisión resultan de una ruptura de la tensión necesaria entre la autoafirmación
y el mutuo reconocimiento, una tensión que permite que el sí-mismo y
el otro se encuentren como iguales soberanos". La autora se basa
en el discurso hegeliano para plantear la paradoja del reconocimiento,
ya que al mismo tiempo que la respuesta que proviene del otro es lo
que da significado a los sentimientos y acciones del self, existe una
tendencia a desconocerlo e instrumentalizarlo, que si triunfa, nos arroja
nuevamente a la soledad, por ausencia de interlocutor. Benjamin considera
que el "reconocimiento mutuo" incluye sintonía emocional,
influencia mutua y estados de ánimo compartidos. Al igual que Chodorow (op. cit.), discrepa respecto de una
perspectiva predominantemente pulsional. Ella concibe al infante no
sólo como un buscador de satisfacción, sino como un buscador de estímulos
sociales, como ya lo evidenció el clásico estudio de John Bolwy. Contrapone
a la teoría de Margaret Mahler sobre el desarrollo temprano, que enfatiza
la separatividad y la individuación, la perspectiva de Daniel Stern
(1980), quién postula un interés social inicial en el infante. "..la
concepción intersubjetiva sostiene que el individuo crece en las relaciones
con otros sujetos y a través de ellas". Plantea en lugar de la
relación de un sujeto con su objeto, la relación de un sujeto con otro
sujeto. Resulta evidente la pertinencia política
de tal modelo del desarrollo para las mujeres, quienes han sido ubicadas
y han reproducido subjetivamente la posición de objetos para el sujeto
hegemónico. Existe siempre una tensión paradojal entre el anhelo de asimilar
el otro al sí mismo y la necesidad de conectarse con él como un sujeto
exterior. El bebé trata de objetivar a su madre debido a su profunda
dependencia, pero debe fracasar en este intento, y encontrarse con la
existencia de una subjetividad materna exterior e irreductible a sí.
Para Benjamin, el reconocimiento mutuo, la capacidad de reconocer al
otro, es una meta del desarrollo tan importante como la separación. Si la madre no acepta su fracaso en crear un mundo perfecto
para el infante, y la herida narcisista que esto implica, se somete
a las demandas del niño, que p. ej. en la fase de reacercamiento ( Mahler)
son tiránicas. El niño ante esta falta de límites, se encuentra solo,
sin objeto. " El ‘estar con’, anula las oposiciones entre
el poderoso y el desvalido, el activo y el pasivo, contrarresta la tendencia
a objetivar, (convertir en objeto) y negar reconocimiento al más débil
o diferente, al otro". Para la autora, es necesario comprender el proceso de alienación
mediante el cual el deseo de independencia y el deseo de reconocimiento
se transforman en violencia y sumisión eróticas. La dominación es un intento de negar la dependencia, anulando
la subjetividad del otro. Pero la cuestión más desgarradora, la paradoja
más difícil de comprender, consiste en la preferencia de una posición
de sometimiento, y éste es el tema "impensable" a que
me refiero. Benjamin lo expresa así: "..el interrogante central
es: ¿cómo está anclada la dominación en los corazones de quienes se
someten a ella? ". Discute el planteo hegeliano, con el cual coincide Freud, acerca
de que la aspiración de dominio omnipotente es universal y sólo se renuncia
parcialmente a ella ante las limitaciones impuestas por el poder del
otro. Desde esa perspectiva, el destino del más débil parecería ser
la esclavitud. Benjamin busca un relato acerca del desarrollo humano
y los vínculos, que no presente como disyuntiva inevitable la que se
plantea entre la dominación o la esclavitud. Como tantos autores que se sumergen en los abismos de la abyección,
analiza "La Historia de O" de Pauline Reàge 2. Este relato
nos enfrenta al hecho desagradable de que las personas no sólo se someten
por miedo, sino en complicidad con sus propios deseos más profundos.
Postula que el otro poderoso al cual "O" se somete, tiene
el poder que ella anhela y que "O" satisface su deseo de poder
mediante la identificación con su Amo. El dolor sólo implica placer
cuando involucra el sometimiento a una figura idealizada. El dolor físico
es preferible en ocasiones al dolor psíquico de la pérdida y el abandono.
Como una esclava totalmente dominada pierde el poder de otorgar reconocimiento,
se busca el sometimiento subjetivo de "O" paulatinamente y
en forma progresiva. Según plantea Benjamin, "O" se arriesga
a la aniquilación para seguir siendo el objeto del deseo de su amante,
para ser reconocida. Al perder su self, ella obtiene acceso a otro ser,
más poderoso. Relacionando el deseo de ser omnipotente con la pulsión de
muerte postulada por Freud, Benjamin considera que cuando los deseos
flexibles de entrega y dominio se escinden, se disocian y uno de los
partenaires queda fijado a la posición de dominante, mientras que el
otro, -en general la otra-, se ubica como dominado, se llega a la pérdida
de tensión, o sea a un estado cercano a la muerte, al menos la muerte
del deseo. Existe una asociación entre sadismo y masculinidad, así como
entre masoquismo y femineidad. Esto no implica que no haya mujeres sádicas,
y desde ya, la perversión masoquista erógena es predominantemente masculina.
El proceso de diferenciación reactivo del varoncito respecto
de su madre, planteado por Stoller, Chodorow y Dio Bleichmar, favorece
el establecimiento de límites del self que son a la vez barreras. La
empatía se dificulta y el dominio masculino se ve facilitado. La tendencia
es a objetivar a la madre y luego a las mujeres. La empatía supone "
ponerse en el lugar" del otro, y eso es lo que los varones buscan
evitar, por temor a perder su identidad. " la dominación erótica
representa una intensificación de la angustia masculina y una defensa
ante la madre." Las mujeres, por su parte, no tienden a negar al otro sino
a negarse a sí mismas. Al no necesitar desidentificarse respecto de
la madre, las mujeres no ponen énfasis en la independencia. "la
relación de la niña con la madre, que pone énfasis en la fusión y la
continuidad a expensas de la individualidad y la independencia, proporciona
un terreno fértil para el sometimiento". La dificultad para la
agencia femenina, se agrava por el hecho de que la madre en la mayor
parte de los casos es una persona que renunció a su propia actividad,
y la identificación con el padre implica el riesgo de desfeminización.
La sumisión femenina replica la actitud materna. Luego de discutir las teorías que sustentan el sometimiento
femenino en el aprendizaje social, y postular la necesidad de encontrar
articulaciones entre cultura y subjetividad, Benjamin afirma que la
percepción que los niños tienen acerca de la carencia de subjetividad
de la madre, crea una propensión hacia el masoquismo femenino y el sadismo
masculino. Como vemos, la madre moderna ha sido una creación problemática,
como lo propuse en un trabajo anterior sobre el tema de la madre fálica
(Meler, 1991). Para complicar la situación, la autora
considera que la diferenciación falsa que algunas mujeres modernizadas
comparten con los varones, no es garantía eficaz contra el sometimiento,
ya que al crear una sensación de soledad, se busca romper el aislamiento
mediante la entrega al poder de un Amo. Este es un tema complejo, que
merece desarrollos ulteriores. Otra autora; Louise Kaplan,(op. cit.) coincide en que
el origen infantil de las perversiones se refiere a duelos inaceptables,
a sentimientos de pérdida y abandono no elaborados. Se busca repetir
un trauma, y en esa repetición se aúna el intento de superarlo y un
"más allá" que induce a la repetición compulsiva. El abandono
es significado como culpa propia, y la autoestima se ve socavada profundamente.
Kaplan retoma una clasificación de Von Kraft Ebbing, quien consideró
que mientras el masoquismo sexual es más común en los varones,
la servidumbre sexual es característica de las mujeres.
Recordemos que Freud utiliza esa denominación en "El tabú de la
virginidad"(1918), y la refiere al dominio que logra sobre un sujeto,
quién aparece como el único ser capaz de proporcionarle placer erótico.
Casualmente, esta actitud era frecuente entre las mujeres inexpertas
respecto de su iniciador sexual. Algunos hombres se posicionaban de
un modo semejante en relación con mujeres con quienes habían podido
superar una impotencia sexual. La servidumbre erótica, implicaba un
sometimiento no sólo sexual, sino que el criterio y la voluntad del
otro pasan a ser hegemónicos en todos los ámbitos de la existencia.
Según cita Freud, se requiere por parte del sujeto dominante un egoísmo
extremo, mientras que la contraparte dominada se caracteriza por una
gran debilidad de carácter. Kaplan refiere algunos casos de la versión contemporánea de
la servidumbre erótica, que, dada la menor censura social respecto de
la sexualidad de las mujeres, es efectivamente erótica y no solo amorosa.
Se trata de mujeres que soportan malos tratos por parte de amantes expertos
en hacerlas gozar. La autora opina que buscan su sufrimiento porque
el falicismo atribuído al amante es compartido cuando él la elige. Al
cabo de un tiempo, las relaciones sexuales se espacian y hasta desaparecen,
pero el vínculo continúa. La estima de sí lesionada por traumas precoces,
se repara a través de la unión con el hombre idealizado. Elige a alguien
a quien percibe como todo lo que ella quiso ser, y desmiente su percepción
acerca de que generalmente es un hábil estafador, que manipula su vulnerabilidad.
Kaplan agrega: "Si el hombre no posee realmente esas cualidades,
el orden social cuenta con imágenes fetichistas suficientes para que
cualquier hombre se convierta en el falo perfecto de cualquier mujer".
De todos modos, los roles se reparten de acuerdo a las prescripciones
de género, pero ya que la estrategia perversa tiende a borrar los límites
entre los sexos y las generaciones, existe un goce cruzado por identificación
con el otro, donde quién se somete se identifica con el poder del amo
y éste satisface su ansia de entrega sumisa por delegación. Los planteos que han buscado brindar una visión de la complejidad
de los procesos intrapsíquicos e interpersonales que se producen en
las relaciones de dominación, oponiéndose a las relaciones simplistas
entre cultura y personalidad, deben sin embargo articularse con las
características del orden simbólico de la cultura. De otro modo,
para no caer en la sartén del culturalismo, nos arrojamos a las brasas
del subjetivismo familiarista. Emilce Dio Bleichmar y Louise Kaplan,
coinciden en referirse no sólo a la interacción intersubjetiva, sino
al impacto de las representaciones colectivas transmitidas a través
de los textos, los medios masivos, la institución escolar etc.. Sólo
la referencia a este contexto transubjetivo permite comprender por qué,
siendo los duelos y traumas infantiles patrimonio común de la especie,
se facilita que los hombres sean ubicados en posición de Amos, y las
mujeres tiendan, en una proporción decreciente pero aún muy significativa,
a enajenar su agencia depositándola en manos de la figura masculina
idealizada, cuya supuesta protección y la participación en su aparente
poder, pagan con frecuencia con el daño, la humillación y a veces, hasta
con la vida. El problema de las relaciones de dominio - sumisión es muy
pertinente para el campo de los estudios de género, pero su interés
se extiende a todas las relaciones sociales. Se requiere una perspectiva
interdisciplinaria, y quienes aportamos algunas herramientas propias
de nuestro campo de trabajo, en este caso el Psicoanálisis, debemos
realizar un proceso previo de actualización, que no es más que una parte
de la vasta empresa deconstructiva de los discursos de las ciencias
sociales y humanas. Es posible pensar que la jerarquía establecida entre los géneros
sexuales, al igual que otras modalidades de delegación y acumulación
de poder, constituyen recursos colectivos y a la vez subjetivos para
enfrentar las profundas ansiedades ante el desamparo. La renuncia al
poder de un Amo, a la vez que produce un efecto liberador, requiere
el enfrentamiento con la orfandad como parte de la condición humana.
La recomposición de lazos de solidaridad y reciprocidad entre semejantes,
puede constuir modelos de asistencia donde se favorezca la renuncia
a la omnipotencia, en beneficio de la adquisición de potencialidades
limitadas. *Email: iremeler@fibertel.com.ar Bibliografía Baker Miller, Jean: Hacia una Nueva Psicología de la Mujer.
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E-mail: info@enigmapsi.com
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