¿SUJETOS
DEL VÍNCULO O BLINDADOS EN LA MISMIDAD?*
Recibido el 10 de abril de mayo de 2007
Lucrecia Calderwood, Elena Furer,
Cristina Giannella, Cristina Saviotti y Ombretta Velati, Héctor Krakov**
Introducción
Este trabajo es producto del
interés que nos suscitara, como miembros del Taller de investigación
, la presentación teórico-clínica de uno de nuestros colegas de la AAPPG
sobre el tema “Locura vincular”.
Lo que llamó nuestra atención fue el relato que hacía el analista de
un intercambio fuertemente denigratorio y agresivo entre los miembros
de la pareja que, curiosamente, no ocurría durante las sesiones.
En las mismas, cada miembro de la pareja “denunciaba” el
haber sido insultado o agraviado por el otro, sin que esto fuera desdicho
o convalidado por ninguno de los dos. Los altercados fueron aumentando
en intensidad y frecuencia durante el transcurso del
tratamiento, lo que llevó al analista a considerar que se trataba de
un progresivo deterioro vincular que dificultaba el abordaje clínico.
Tomando estos puntos como referentes, hicimos una lectura grupal detallada
del material clínico, lo que nos llevó a plantearnos líneas alternativas
de comprensión que queremos compartir con ustedes.
Algunos comentarios iniciales.
Una primera diferenciación que
realizamos fue entre ocupar los lugares esposo-esposa, de la institución
matrimonial, y configurar un vínculo.
Si bien son lugares y posiciones que pueden coincidir y superponerse,
en la pareja en cuestión se nos hizo notorio que esto no era así.
Para nosotros vínculo implica necesariamente un trabajo con “la
diferencia”, que no excluye un posible intercambio agresivo entre
los miembros. Dejamos así planteado que no adherimos a una versión edulcorada
o idealizada del vínculo. De allí que compartimos la idea que el resultado
“del trabajo” puede ser positivo, en la línea de lo creativo
y subjetivante, como también de un mayor deterioro, cuyo resultado puede
devenir en una pérdida de la complejidad vincular y de la subjetividad
de sus integrantes.
Un segundo aspecto que discutimos fue las diferencias existentes entre
transformación, marca y efecto.
Partimos de la idea que el trabajo vincular supone la incidencia
del otro en la mismidad del sujeto. Es en ese sentido que para nosotros
todo vínculo implica transformación de la subjetividad. De ese modo
instituye a los miembros de la pareja como sujetos de ese
vínculo en particular, y les otorga marca de pertenencia.
Efecto refiere, a nuestro entender, al impacto de “lo otro”
en la subjetividad, que podrá o no devenir en transformación. Cuando
la transformación no ocurre, es posible que el efecto sea de rechazo
a lo otro, en línea con la resistencia a lo vincular.
Pensado el efecto de este modo, se abriría un amplio espacio teórico
para dar cuenta de lo que se da en llamar “fenómenos anti-vínculo”.
Sobre el material clínico
El terapeuta realiza una presentación
inicial del material con la descripción de los miembros de la pareja
en la quedan ubicados en polos antagónicos. Él provenía de una familia
aristocrática y ella era de origen humilde, si bien su apariencia correspondía
al mundo del marido. Vivían en un barrio privado, por elección de él,
aunque para ella “ese era un lugar odiado”.
En la entrevista, frente a cualquier
comentario de su mujer la respuesta de él era “no es así, no es
así”. Mientras que ella, si el terapeuta la interrogaba sobre
temas conflictivos, cambiaba hábilmente el sentido de sus respuestas
o decía “de eso no voy a hablar”.
Las hijas que en el momento de la consulta tenían cinco años, habían
nacido por fertilización asistida. Ella dijo en la entrevista inicial:
“son mis hijas, y solo mías, porque yo las tuve sin él...vos sólo
pusiste el esperma y la plata”.
Aparentemente, la fertilización
debió realizarse porque la pareja no tenía relaciones sexuales desde
hacía mucho tiempo, sin que pudieran recordar desde cuando. Como dato
relevante, después del nacimiento de las mellizas ella no volvió a la
habitación matrimonial; tiró un colchón en el piso en una habitación
vacía de la casa, cercana a la pieza de las hijas.
Acerca del intercambio agresivo y descalificador, las frases que utilizaban eran: “Yo te saqué del
villorio del Camino negro”.
“Callate epiléptico de mierda, impotente, a lo mejor sos
medio puto y por eso no me cogés”. “Vos sos incogible, desagradecida,
así
me pagás”.
El material señala dos momentos en que la situación matrimonial hizo
crisis y la separación parecía inminente. En el primero ella denuncia ante el pediatra de las hijas situaciones de abuso
sexual del marido, si bien luego retira la denuncia.
El segundo fue consecuencia de
haberse hecha público que ella mantenía una relación extramatrimonial,
lo cual tenía un cierto carácter de comidilla social.
Nos interesa pasar ahora a las
reacciones y ocurrencias que tuvo el analista frente a este material.
Inicialmente su impresión era que los comenzaba a ver sin saber muy
bien para qué. Un poco más adelante, ya confrontado con las reiteradas
amenazas y reproches mutuos de la pareja, tuvo la sensación permanente
de que el espacio terapéutico era inútil.
Finalmente luego de cinco meses, en “una sesión tremenda”, decidió poner fin al tratamiento porque,
les dijo, “el tratamiento estaba impotentizado como la pareja”.
Agregó que tenían que tomar una decisión que “inexorablemente
pasaba por una
separación, aunque fuera transitoria, para ver recién después si podían
o no seguir juntos”.
Tres meses después, él decidió consultarlo solo. La situación matrimonial
había empeorado. Le narra al analista que la decisión unilateral de
interrumpir el tratamiento le produjo inicialmente mucho enojo, pero
que luego le hizo pensar que él también podía
separarse sin el acuerdo de su mujer. A partir de ese recontacto,
el analista comenzó a ver al paciente en sesiones individuales y el
trabajo estuvo centrado en ayudarlo a llevar adelante un proceso de
separación matrimonial, no beligerante, que resultó exitoso.
Nuestras impresiones acerca del material
Iniciamos nuestras reflexiones
tomando como punto de partida el momento final de este tratamiento.
Nos pareció que un punto de inflexión ocurrió cuando el analista tomó
la decisión de dar por terminada la terapia de pareja. No sólo por la
función de “corte” que supone una decisión de tal estilo,
sino porque pensamos que la intervención estuvo fundada en la
comprensión que el dispositivo había perdido utilidad. En sus propias
palabras: “no veía que nada de lo que ocurría en ese dispositivo
generaba ninguna transformación”.
Consideramos que el sentimiento de impotencia e inutilidad registrado
por el analista era correlativo con la imposibilidad que los pacientes
tenían para vincularse. Coincidimos con el criterio del analista que
el dispositivo no generaba transformación.
Para nosotros, en la pareja en
cuestión el vínculo “no era posible”.
Queremos ser más explícitos. No nos estamos refiriendo a la noción de “imposibilidad vincular”,
desde la perspectiva que sostiene
que “la relación con el otro es imposible” o que “la relación sexual no existe” por condición de estructura.
Nuestra posición al respecto es que el vínculo es posible, subsidiario de un difícil trabajo de construcción
y deconstrucción permanente,
que requiere de la mutua disponibilidad al intercambio e interpenetración.
Postulamos que no todo intercambio
entre sujetos implica necesariamente producción vincular. Cierto tipo
de intercambios, como los que la pareja en cuestión ponían en acto,
se evidenciaban como estrategias inconscientes al servicio de reforzar
el blindaje de la mismidad y por lo tanto el afincamiento en la propia
posición sujeto, evitando que “el vínculo produzca una nueva subjetividad”.
Llamamos blindaje de la mismidad,
como metáfora, al carácter de impenetrabilidad que todo sujeto puede
generar en su espacio vincular.
Tal espacio es a nuestro entender el “lugar” en el que se
mantiene, en calidad de red, el registro psíquico con efecto subjetivo
de los intercambios con otros significativos.
Es desde tal lugar que obtenemos inicialmente la “posición sujeto”
para la interacción con los otros, redes a las que también estamos sujetados.
Todo nuevo vínculo implicará una “dolorosa mudanza” de las
posiciones subjetivas previas, ya establecidas, para que una otra advenga.
Desde esta perspectiva, entendemos que la agresión que desplegaba la
pareja era efecto del rechazo mutuo que promovía el “blindaje”
de ambos. Los “misiles verbales” eran, posiblemente, un
intento violento de “perforar el blindaje del otro”, que
terminaba teniendo como efecto una mayor cerrazón y rechazo recíproco.
Los miembros de la pareja, a nuestro parecer, estaban instalados en
la institución matrimonial sin disposición a que la producción vincular
ocurra, como resultado del trabajo sobre las diferencias. Había
sujetos, pero de vínculos previos; no podían ser dos otros en intercambio.
A modo de conclusión
La línea terapéutica que delineó el analista nos parece que es acorde
a nuestras ideas:
interrumpió el dispositivo de pareja porque consideró que al no producir
transformación terminaba siendo improductivo, y ayudó al paciente a
separarse de su esposa, es decir a disolver la institución matrimonial
en la que sólo estaban ubicados.
BIBLIOGRAFÍA
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del 2006.
ABSTRACT
¿SUJETOS DEL VÍNCULO O BLINDADOS
EN LA MISMIDAD?
Lucrecia Calderwood, Elena Furer, Cristina Giannella, Héctor Krakov,
Cristina Saviotti y Ombretta Velati
En este trabajo los autores, miembros de un Taller de investigación
sobre metapsicología vincular, se ocupan de reflexionar a propósito
de una presentación teórico clínica referida al tema “Locura vincular”.
Centran sus ideas sobre tres ejes:
a) la diferencia entre ocupar
el lugar esposa-esposo de la institución matrimonial y configurar un
vínculo,
b) los bordes conceptuales entre
transformación, marca y efecto, y
c) los llamados “fenomenos
anti-vínculo”.
Partiendo de la idea de un aparato psíquico extendido, a propósito de
la noción de tres espacios, proponen pensar la inscripción de vínculos
con otros significativos. Sugieren que desde “ese lugar”
psíquico estamos subjetivados y sujetados, como consecuencia de lo que
fueron oportunamente vínculos instituyentes con otros.
Los autores piensan que la mismidad es efecto de tal ámbito, por lo
cual la incidencia del otro, vía interpenetración, condicionaría una
modificación subjetiva.
Piensan que en los sujetos podrá haber disponibilidad para una modificación
o una radical negativa a un cambio posible de la mismidad.
En relación a esta última alternativa es que gestaron como metáfora
la idea de “blindaje”.
A propósito de esta idea, y ya en relación con el material clínico,
entienden que los “misiles verbales” que la pareja utilizaba
en el intercambio, eran intentos violentos de perforar el blindaje del
otro que terminaba teniendo como efecto una mayor cerrazón y rechazo
recíproco.
*Trabajo presentado en la Asociación
Argentina de Psicoterapia de grupos - 2005
http://www.aappg.org.ar/
**Email:
hectorkrakov@fibertel.com.ar
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