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FUENTES DE LA SEXUALIDAD INFANTIL
Del texto “Tres ensayos para una teoria
sexual ” Freud –1905 -
En la labor de perseguir los orígenes de la pulsión sexual hemos
encontrado hasta ahora que la excitación sexual se origina:
a) Como formación consecutiva a una satisfacción experimentada
en conexión con otros procesos orgánicos.
b) Por un apropiado estímulo periférico de las zonas erógenas.
c) Como manifestación de ciertos pulsiones cuyo origen no nos
es totalmente conocido, tales como el pulsión de contemplación y el
de crueldad.
La investigación psicoanalítica regresiva, que descubre la niñez
del adulto analizado, y la investigación directa de la vida infantil,
nos han revelado otras fuentes regulares de la excitación sexual. La
observación directa de los niños tiene el inconveniente de trabajar
con objetos en los que fácilmente se incurre en error, y el psicoanálisis
queda dificultado por el hecho de no poder llegar a sus objetos ni a
sus resultados más que por medio de grandes rodeos. Mas con la acción
conjunta de ambos métodos investigativos se consigue un grado satisfactorio
de seguridad de conocimiento.
En la investigación de las zonas eróticas hemos encontrado que
estas partes de la epidermis no muestran más que una especial elevación
de un género de excitabilidad que, en cierto modo, es poseído por toda
la superficie del cuerpo. Por tanto, no nos maravillemos de ver que
determinadas excitaciones generales de la epidermis poseen afectos erógenos
muy definidos. Entre ellas debemos hacer resaltar las producidas por
la temperatura, hecho que nos ayuda a comprender los efectos terapéuticos
de los baños calientes.
Excitaciones mecánicas.- Debemos añadir aquí la producción de
la excitación sexual por conmociones mecánicas rítmicas del cuerpo,
las cuales producen tres clases de efectos estimulantes, a saber: sobre
el aparato sensorial de los nervios vestibulares, sobre la piel y sobre
partes más profundas; esto es, los músculos y las articulaciones.
Antes de analizar las sensaciones de placer producidas por las
excitaciones mecánicas haremos observar que en lo que sigue emplearemos
indistintamente los términos «excitación» y «satisfacción», reservándonos
para más adelante precisar el sentido de cada uno. El que el niño guste
tanto de juegos en los que se produce un movimiento pasivo, como el
de mecerse, y demande continuamente su repetición constituye una prueba
del placer producido por ciertos movimientos mecánicos. Sabido es lo
mucho que se usa el mecer a los niños de carácter inquieto para lograr
hacerles conciliar el sueño. El movimiento producido por los viajes
en coche y más tarde en ferrocarril ejerce un efecto tan fascinador
sobre el niño ya de alguna edad, que todos los muchachos tienen alguna
vez en su vida el deseo de llegar a ser conductores o cocheros. Abrigan
un misterioso interés de extraordinaria intensidad por todo lo referente
a los viajes en ferrocarril y los convierten, en la época de la actividad
fantástica (poco antes de la pubertad), en nódulo central de un simbolismo
exquisitamente sexual. La obsesiva conexión del viaje en ferrocarril
con la sexualidad procede sin duda del carácter de placer de las sensaciones
de movimiento. Si aparece una represión a este respecto, represión que
transforma gran parte de las preferencias infantiles en objetos de desagrado,
estos niños, cuando llegan a ser adultos, reaccionan con malestar y
náuseas a todos los movimientos de carácter de columpio o vaivén, quedan
agotados extraordinariamente por un viaje en ferrocarril o tienen ataques
de angustia durante el viaje y se defienden contra la repetición de
la experiencia penosa por medio de aquella neurosis cuyo síntoma es
el miedo al ferrocarril.
Aquí se agrega (sin que aún haya podido llegarse a su comprensión)
el hecho de que por la coincidencia del miedo al movimiento mecánico,
con una conmoción mecánica, quede producida la grave neurosis traumática
histeriforme. Debe suponerse, por lo menos, que estas influencias, que
cuando son de pequeña intensidad devienen fuentes de excitación sexual,
hacen surgir, cuando actúan en grado elevado, una profunda perturbación
del mecanismo sexual.
Actividad muscular.- La actividad muscular es para los niños
una necesidad de cuya satisfacción extraen un placer extraordinario.
Que este placer tenga algo que ver con la sexualidad, ya entrañando
una satisfacción sexual, ya originando una excitación de tal carácter,
es una hipótesis que podrá sucumbir a las objeciones críticas que se
alcen contra ella y que no dejarán de oponerse asimismo a la afirmación
antes expuesta de que el placer producido por sensaciones de movimientos
pasivos es de naturaleza sexual o actúa como excitante sexual. Pero
el hecho es que muchos individuos nos han comunicado que los primeros
signos de excitabilidad de sus genitales aparecieron durante un cuerpo
a cuerpo con sus compañeros de juego, situación en la cual, además del
esfuerzo muscular general, actúa el contacto de la piel del niño con
la de su contrincante. La tendencia a la lucha muscular con determinada
persona, así como, en años posteriores, la tendencia a la lucha oral,
pertenece a los signos claros de la elección de objeto orientada hacia
dicha persona. En la producción de la excitación sexual por la actividad
muscular se hallará quizá una de las raíces de la pulsión sádico. Para
muchos individuos la conexión entre la lucha y la excitación sexual
codetermina la posterior orientación preferida de su pulsión sexual.
Procesos afectivos.- Menos dudas aparecen en la observación de
las restantes fuentes de excitación sexual de los niños. Es fácil fijar,
por observaciones directas o por investigaciones posteriores, que todos
los procesos afectivos intensos, hasta las mismas excitaciones aterrorizantes,
se extienden hasta el dominio de la sexualidad, hecho que puede constituir
asimismo una aportación a la inteligencia del efecto patógeno de tales
emociones. En los colegiales, el miedo al examen o la tensión ante un
deber de difícil solución pueden tener gran importancia, tanto para
la aparición de manifestaciones sexuales como para su conducta en la
escuela, pues en tales circunstancias aparece con frecuencia una sensación
de excitación que lleva al tocamiento de los genitales o a un proceso
análogo a la polucián, con todas sus consecuencias perturbadoras. La
conducta del niño en la escuela, que tantos problemas plantea a los
profesores, debe relacionarse, en general, con su naciente sexualidad.
El efecto sexualmente excitante de algunos afectos desagradables en
sí; el temor, el miedo o el horror, se conserva en gran cantidad de
hombres a través de toda la vida adulta y constituye la explicación
de que tantas personas busquen la ocasión de experimentar tales sensaciones
cuando determinadas circunstancias accesorias, esto es, la pertenencia
de tales sensaciones a un mundo aparente, como el de la lectura o el
del teatro, mitigan la gravedad de las mismas.
Si pudiera suponerse que también las sensaciones intensamente
dolorosas poseen igual efecto erógeno, sobre todo cuando el dolor es
mitigado o alejado por una circunstancia accesoria, podría hallarse
en esta situación una de las raíces principales de la pulsión sádico-masoquista,
en cuya heterogénea composición vamos penetrando poco a poco.
Trabajo intelectual.- Es, por último, innegable que la concentración
de la atención en un trabajo intelectual, y en general toda tensión
anímica, tienen por consecuencia una coexcitación sexual en muchos hombres,
tanto adolescentes como adultos, excitación que es probablemente el
único fundamento justificado para la de otra manera tan dudosa atribución
de las perturbaciones nerviosas al «surmenage» psíquico.
Volviendo a considerar, después de estas indicaciones y pruebas,
no expuestas aquí en su totalidad ni de un modo completo, las fuentes
de la excitación sexual infantil, pueden sospecharse o reconocerse las
siguientes generalidades: parece existir un especial cuidado en que
el proceso de la excitación sexual, cuya esencia nos es cada vez más
misteriosa, sea puesto en marcha, cuidando de ella ante todo, de un
modo más o menos directo, las excitaciones de las superficies sensibles
-tegumentos y órganos sensoriales- y de un modo inmediato los efectos
excitantes ejercidos sobre determinadas partes consideradas como zonas
erógenas. En estas fuentes de la excitación sexual, el elemento regulador
es la calidad de la excitación, aunque el elemento intensidad (en el
dolor) no sea por completo indiferente. Pero, además, existen disposiciones
orgánicas cuya consecuencia es la de hacer surgir la excitación sexual
como efecto accesorio de una numerosa serie de procesos interiores en
cuanto la intensidad de estos procesos ha traspasado determinadas fronteras
cuantitativas. Los que hemos denominado pulsiones parciales de la sexualidad
se derivan directamente de estas fuentes internas de la excitación sexual
o se componen de aportaciones de tales fuentes y de las zonas erógenas.
Es posible que nada importante suceda en el organismo que no contribuya
con sus componentes a la excitación de la pulsión sexual.
No me parece posible, por ahora, lograr mayor claridad y seguridad
en estas deducciones generales, y de esta imposibilidad hago responsable
a dos factores. Es el primero, la novedad de este modo de considerar
la cuestión, y el segundo, el hecho de que la esencia de la excitación
sexual no es aún totalmente desconocida. Sin embargo, no quiero renunciar
a hacer constar dos observaciones que permiten ampliar nuestro horizonte:
Diversas constituciones sexuales.- Así como antes vimos la posibilidad
de fundamentar una diversidad de las constituciones sexuales innatas
en la diversa formación y desarrollo de las zonas erógenas, podemos
también intentar algo análogo con relación a las fuentes indirectas
de la excitación sexual. Podemos aceptar que estas fuentes producen
aportaciones en todos los individuos, pero no en todos de igual intensidad,
y que en el mayor desarrollo de determinadas fuentes de la excitación
sexual se halla un nuevo dato para la diferenciación de las diversas
constituciones sexuales.
Caminos de influjo recíproco.- Dejando aparte la expresión figurada
en la que durante tanto tiempo hablamos de «fuente» de excitación sexual,
podemos llegar a la hipótesis de que todos los caminos de enlace que
nos conducen a la sexualidad partiendo de otras funciones pueden ser
recorridos también en sentido inverso. Si, por ejemplo, la dualidad
de funciones de la zona labial es el fundamento de que en la alimentación
surja simultáneamente una satisfacción sexual, el mismo factor nos permitiría
también llegar a la comprensión de las perturbaciones de las funciones
alimenticias cuando las funciones erógenas de la zona común estén perturbadas.
Sabiendo que la concentración de la atención puede hacer surgir una
excitación sexual, podemos llegar a la hipótesis de que por una actuación
en el mismo camino, pero en dirección opuesta, el estado de excitación
sexual puede influir en nuestra disponibilidad sobre la atención susceptible
de ser dirigida. Gran parte de la sintomatología de aquellas neurosis
que yo derivo de las perturbaciones de los procesos sexuales se manifiesta
en la perturbación de otras funciones físicas no sexuales, y esta influencia,
hasta ahora incomprensible, se hace menos misteriosa cuando no representa
más que la parte correspondiente en sentido opuesto a las influencias,
entre las cuales se halla la producción de la excitación sexual.
Los mismos caminos por los que las perturbaciones sexuales se
extienden a las restantes funciones físicas tienen también que servir
a otras funciones importantes en estados normales. Por estos mismos
caminos tienen que tener lugar la orientación de la pulsión sexual;
esto es, la sublimación de la sexualidad.
Debemos cerrar este capítulo con la confesión de que sobre estos
caminos, que existen ciertamente y que probablemente pueden recorrerse
en ambos sentidos, existe muy poco seguramente conocido. 3.- LA METAMORFOSIS DE LA PUBERTAD
CON el advenimiento de la pubertad comienzan las transformaciones
que han de llevar la vida sexual infantil hacia su definitiva constitución
normal. El instinto sexual, hasta entonces predominantemente autoerótico,
encuentra por fin el objeto sexual. Hasta este momento actuaba partiendo
de instintos aislados y de zonas erógenas que, independientemente unas
de otras, buscaban como único fin sexual determinado placer. Ahora aparece
un nuevo fin sexual, a cuya consecución tienden de consumo todos los
instintos parciales, al paso de las zonas erógenas se subordinan a la
primacía de la zona genital. Dado que el nuevo fin sexual determina
funciones diferentes para cada uno de los dos sexos las evoluciones
sexuales respectivas divergirán considerablemente. La del hombre es
la más consecuente y la más asequible a nuestro conocimiento mientras
que en la de la mujer aparece una especie de regresión. La normalidad,
de la vida sexual se produce por la confluencia de las dos corrientes
dirigidas sobre el objeto sexual y el fin sexual, la de ternura y la
de sensualidad, la primera de las cuales acoge en sí lo que resta del
florecimiento infantil de la sexualidad, constituyendo este proceso
algo como la perforación de un túnel comenzada por ambos extremos simultáneamente.
El nuevo fin sexual, consistente, en el hombre, en la descarga
de los productos sexuales, no es totalmente distinto del antiguo fin
que se proponía tan sólo la consecución del placer, pues precisamente
a este acto final del proceso sexual se enlaza un máximo placer. El
instinto sexual se pone ahora al servicio de la función reproductora;
puede decirse que se hace altruista. Para que esta transformación quede
perfectamente conseguida tiene que ser facilitada por la disposición
original y por todas las peculiaridades del instinto.
Como siempre que en el organismo han de establecerse nuevas síntesis
y conexiones para formar un complicado mecanismo, aparece también aquí
el peligro de perturbaciones morbosas por defectuosa constitución de
estos nuevos órdenes. Todas las perturbaciones morbosas de la vida sexual
pueden considerarse justificadamente como inhibición del desarrollo.
(1) PRIMACÍA DE LAS ZONAS GENITALES Y PLACER
PRELIMINAR
Ante nuestros ojos aparecen claramente el punto inicial y el
final del proceso evolutivo descrito; pero las transiciones merced a
las cuales va constituyéndose este desarrollo permanecen todavía en
la oscuridad y tendremos que dejar sin resolver más de un problema con
ellas ligado.
Se ha escogido como lo esencial en los procesos de la pubertad
lo más singular de los mismos; esto es, el manifiesto crecimiento de
los genitales exteriores que durante el período de latencia de la niñez
había quedado interrumpido hasta cierto punto. Simultáneamente, el desarrollo
de los genitales internos ha avanzado tanto que pueden ya ser capaces
de proporcionar productos sexuales, o, en el sexo femenino, acogerlos
para la formación de un nuevo ser. De esta manera queda constituido
un complicado aparato que espera su utilización.
Este aparato debe ser puesto en actividad por estímulos apropiados,
los cuales pueden llegar a él por tres caminos diferentes: partiendo
del mundo exterior, por excitación de las zonas erógenas que ya conocemos;
del interior orgánico, por caminos que aún han de ser investigados,
y de la vida anímica, que constituye un almacén de impresiones exteriores
y una estación receptora de estímulos internos. Por todos estos tres
caminos puede surgir la misma cosa: un estado que se denomina «excitación
sexual» y se manifiesta por signos de dos géneros: anímicos y somáticos.
Los signos anímicos consisten en una peculiar sensación de tensión,
de un carácter altamente apremiante. Entre los diversos signos físicos
aparece, en primer término, una serie de transformaciones de los genitales
que tienen un sentido indudable, el de hallarse éstos dispuestos al
acto sexual; o sea, preparados para su ejecución (erección del miembro
viril y lubricación de la vagina).
La tensión sexual.- El carácter de tensión de la excitación sexual
plantea un problema, cuya solución se muestra tan difícil como importante
sería para la inteligencia de los procesos sexuales. A pesar de la diversidad
de opiniones reinante sobre esta cuestión en la Psicología moderna,
he de mantener mi aserto de que una sensación de tensión tiene que ser
de carácter displaciente. Prueba de ello es que tal sensación trae consigo
un impulso a modificar la situación psicológica, cosa totalmente opuesta
a la naturaleza del placer. Pero si se cuenta la tensión de la excitación
sexual entre las sensaciones displacientes se tropieza en seguida con
que dicha tensión es sentida como un placer. La tensión provocada por
los procesos sexuales aparece siempre acompañada de placer, e incluso,
las modificaciones preparatorias del aparato genital traen consigo una
especie de satisfacción. ¿Cómo conciliar, entonces, la tensión displaciente
con la sensación de placer?
Todo lo que se enlaza al problema del placer y el dolor toca
en uno de los puntos más sensibles de la Psicología moderna. Procuraremos
extraer del examen del caso particular aquí planteado la mayor suma
de datos posibles, sin abarcar el problema en su totalidad. Consideremos
primero la forma en que las zonas erógenas se someten al nuevo orden.
Como ya sabemos, desempeñan en la iniciación de la excitación sexual
un papel muy importante. Los ojos, que forman la zona erógena más alejada
del objeto sexual, son también la más frecuentemente estimulada en el
proceso de la elección por aquella excitación especial que emana de
la belleza del objeto, a cuyas excelencias damos, así, el nombre de
«estímulos» o «encantos». Esta excitación origina, al mismo tiempo que
un determinado placer, un incremento de la excitación sexual o un llamamiento
a la misma. Si a esto se añade la excitación de otra zona erógena, por
ejemplo, de la mano que toca, el efecto es el mismo: una sensación de
placer, incrementada en seguida por el placer producido por las transformaciones
preparatorias, y, simultáneamente, una nueva elevación de la tensión
sexual, que se convierte pronto en un displacer claramente perceptible
cuando no le es permitido producir nuevo placer. Más transparente es
aún otro caso: cuando, por ejemplo, en una persona no excitada sexualmente
se estimula una zona erógena por medio de un tocamiento. Este tocamiento
hace surgir una sensación de placer; pero al mismo tiempo es más apto
que ningún otro proceso para despertar la excitación sexual que demanda
una mayoración de placer. El problema está en cómo el placer experimentado
hace surgir la necesidad de un placer mayor (es tocar el pecho de una
mujer).
Mecanismo del placer preliminar.- Claramente aparece el papel
desempeñado en esta cuestión por la zonas erógenas. Lo que era aplicable
a una puede aplicarse a las demás. Todas ellas son utilizadas para producir,
bajo un estímulo apropiado, determinada aportación de placer, de la
cual surge la elevación de la tensión, que por su parte debe hacer surgir
la energía motora necesaria para llevar a término el acto sexual. La
penúltima fase del mismo es, nuevamente, la apropiada excitación de
una zona erógena, de la zona genital misma en el glans penis, por el
objeto más apropiado para ello; esto es, la mucosa vaginal; bajo el
placer que esta excitación produce se gana ahora, por caminos reflejos,
la energía motora necesaria para hacer brotar la materia seminal. Este
último placer es el de mayor intensidad y se diferencia de los demás
en su mecanismo, siendo producido totalmente por una descarga y constituyendo
un placer de satisfacción, con el cual se extingue temporalmente la
tensión de la libido.
No me parece injustificado fijar por medio de un término especial
esta diferencia esencial entre el placer producido por la excitación
de las zonas erógenas y el producido por la descarga de la materia sexual.
El primero puede ser denominado apropiadamente placer preliminar, en
oposición al placer final o placer satisfactorio de la actividad sexual.
El placer preliminar es el mismo que ya hubieron de provocar, aunque
en menor escala, los instintos sexuales infantiles. El placer final
es nuevo y, por tanto, se halla ligado probablemente a condiciones que
no han aparecido hasta la pubertad. La fórmula para la nueva función
de las zonas erógenas sería la siguiente: son utilizadas para hacer
posible la aparición de mayor placer de satisfacción por medio del placer
preliminar que producen y que se iguala al que producían en la vida
infantil.
Hace poco tiempo he podido explicar otro ejemplo, perteneciente
a un sector psíquico totalmente distinto, y en el cual un mayor efecto
de placer era conseguido por medio de una sensación menor, que actuaba
como cebo. También allí teníamos ocasión de aproximarnos a la esencia
del placer.
Peligros del placer preliminar.- La conexión del placer preliminar
con la vida sexual infantil queda corroborada por la función patógena
que el primero puede ejercer. El mecanismo en que está incluido el placer
preliminar entraña un peligro para la consecución del fin sexual normal;
peligro que aparece cuando en un momento cualquiera de los procesos
sexuales preparatorios resulta el placer preliminar demasiado grande,
y su parte de tensión, demasiado pequeña. En este caso desaparece la
energía instintiva necesaria para llevar a cabo o continuar el proceso
sexual; el camino se acorta, y la acción preparatoria correspondiente
se sustituye al fin sexual normal. La práctica psicoanalítica nos ha
revelado que esta sustitución indeseable tiene como premisa un excesivo
aprovechamiento anterior de la zona erógena o el instinto parcial correspondiente,
para la consecución de placer, durante la infancia. Si a esta premisa
infantil se agregan luego otros factores que tiendan a crear una fijación,
surgirá fácilmente una coerción de carácter obsesivo, que se opondrá
a la inclusión del placer preliminar de que se trate en un nuevo mecanismo.
Muchas perversiones no son, en efecto, sino tal detención en los actos
preparatorios del proceso sexual.
La mejor garantía para este fallo del mecanismo sexual por la
acción del placer preliminar estaría en una preformación infantil de
la primacía de la zona genital. Esta primacía puede comenzar a indicarse
en la segunda infancia (entre los ocho años y la pubertad). Las zonas
genitales se conducen ya en esta época casi del mismo modo que en la
madurez, apareciendo como substracto de excitaciones y de modificaciones
preparatorias al ser experimentado un placer procedente de la satisfacción
de otras zonas erógenas, aunque tales efectos carezcan aún de todo fin;
eso es, no aporten nada conducente a la continuación del proceso sexual.
Así, pues, ya en los años infantiles surge en el placer de satisfacción
una cierta tensión sexual, si bien menos constante y más limitada. Se
nos hace ahora comprensible cómo al tratar de las fuentes de la sexualidad
pudimos afirmar justificadamente que el proceso de que venimos tratando
actuaba produciendo una satisfacción sexual y, al mismo tiempo, como
excitante sexual. Por último, observamos también que en un principio
exageramos las diferencias entre la vida sexual infantil y la del adulto,
debiendo ahora rectificar tales exageraciones. Las manifestaciones infantiles
de la sexualidad no determinan tan sólo las desviaciones, sino también
la estructura normal de la vida sexual del adulto.
(2)
EL PROBLEMA DE LA EXCITACIÓN SEXUAL
Hemos dejado sin aclarar el origen y la esencia de la tensión
sexual, que surge simultáneamente con el placer en la satisfacción de
las zonas erógenas. La hipótesis más próxima, o sea, la de que esta
tensión surja del mismo placer, no sólo es por sí mismo inverosímil,
sino que sucumbe a la observación de que en el máximo placer, o sea,
el ligado a la descarga de los productos sexuales, no se produce tensión
ninguna, sino que, por el contrario, cesa ésta en absoluto. El placer
y la tensión sexuales no pueden, por tanto, estar ligados más que de
un modo indirecto.
Función de las materias sexuales.- Además de que normalmente
sólo la descarga de las materias sexuales pone fin a la excitación sexual,
existen otros puntos de apoyo para relacionar la tensión sexual con
los productos sexuales. En una vida continente acostumbra el aparato
sexual descargarse de la materia sexual en períodos variables, pero
no totalmente irregulares; descarga que va acompañada de una sensación
de placer y tiene lugar durante una alucinación onírica nocturna, cuyo
contenido es el acto sexual. En este proceso -la polución nocturna-es
difícil negarse a reconocer que la tensión sexual, que sabe hallar como
sustitutivo del acto sexual el corto camino alucinatorio, es una función
de la acumulación de semen en el continente de los productos sexuales.
En el mismo sentido testimonian las experiencias hechas sobre el agotamiento
del mecanismo sexual. Cuando el acopio de semen se agota, no sólo es
imposible la ejecución del acto sexual, sino que también falla la excitabilidad
de las zonas erógenas, cuyo apropiado estímulo es incapaz entonces de
producir placer. De este modo vemos que hasta para la excitabilidad
de las zonas erógenas es imprescindible un determinado grado de tensión
sexual.
Nos vemos, pues, impulsados a aceptar la hipótesis -que si no
me equivoco está muy generalmente difundida- de que la acumulación de
las materias sexuales crea y mantiene la tensión sexual quizá por el
hecho de que la presión de estos productos sobre las paredes de los
continentes actúa como estímulo sobre un centro medular, el cual transmite
su excitación a centros superiores, surgiendo entonces en la consciencia
la sensación de tensión. Si la excitación de las zonas erógenas eleva
la tensión, ello tiene que suceder en razón a que dichas zonas están
en una previa conexión anatómica con estos centros, en los que elevan
el grado de la excitación, poniendo en marcha el acto sexual cuando
la excitación es suficiente o estimulando cuando no lo es la producción
de las materias sexuales.
El punto débil de esta teoría, aceptada por Krafft-Ebing en su
descripción de los procesos sexuales, está en que, habiendo sido construida
para explicar la actividad sexual del hombre adulto, dedica escasa atención
a tres circunstancias, cuya explicación debería igualmente proporcionar.
Son estas circunstancias las que se dan en la mujer, en el niño y en
el castrado masculino. En estos tres casos no existe, en el mismo sentido
que en el hombre, una acumulación de productos sexuales, lo cual quita
valencia general a la teoría. Quizá puedan encontrarse, sin embargo,
datos que permitan incluir en ellas estos casos. De todos modos queda
indicado que no se debe atribuir al efecto de la acumulación de productos
sexuales funciones para las que parece incapaz.
Valoración de los órganos sexuales internos.- De observaciones
verificadas en algunos castrados masculinos, en los que excepcionalmente
la libido no había experimentado modificación ninguna tras de la castración,
parece poder deducirse que la excitación sexual puede ser en un grado
importante independiente de la producción de materiales sexuales. Además,
es ya muy conocido que enfermedades que han destruido la producción
de células sexuales masculinas han dejado intactas la libido y la potencia
del individuo, no produciendo en el mismo más efecto que la esterilidad.
No es tan maravilloso, como supone C. Rieger, el que la pérdida de las
glándulas seminales masculinas en la edad madura pueda tener lugar sin
producir influencia ninguna sobre la conducta psíquica del individuo.
La castración efectuada en épocas anteriores a la pubertad se acerca,
en cambio, en sus resultados, a una desaparición de los caracteres sexuales;
mas, también en esto pudiera influir, además de la pérdida de las glándulas
sexuales, una detención en el desarrollo de otros factores, ligado con
la desaparición de aquéllas.
Teoría química.- Los experimentos verificados en animales vertebrados,
efectuando la ablación de las glándulas seminales (testículos y ovarios),
y el correspondiente injerto de nuevos órganos de este género (Lipschütz,
1919, locus citato, pág. 13) han aclarado, por fin, parcialmente el
origen de la excitación sexual, rechazando aún más la importancia de
una supuesta acumulación de los productos sexuales celulares. Ha sido
posible realizar así el experimento (E. Steinach) de transformar un
macho en hembra, y viceversa, experimento en el cual la conducta psicosexual
del animal se transforma al mismo tiempo y en igual sentido que sus
caracteres sexuales somáticos. Esta influencia determinante sexual no
es sin embargo, atribuible a la glándula seminal, que produce las células
específicas sexuales (espermatozoo-óvulo), sino al tejido intersticial
de la misma, el cual ha sido denominado «glándula de la pubertad». Es
muy posible que investigaciones subsiguientes descubran que la glándula
de la pubertad posee normalmente una disposición hermafrodita, con la
cual quedaría fundamentada automáticamente la teoría de la bisexualidad
de los animales superiores, y ya es, por el momento muy verosímil que
no sea esta glándula el único órgano relacionado con la producción de
la excitación sexual y los caracteres sexuales. De todos modos, este
nuevo descubrimiento biológico se relaciona con el anteriormente verificado
sobre la significación de la glándula tiroides para la sexualidad. Debemos,
pues, creer que en la parte intersticial de las glándulas seminales
se producen materias químicas especiales, que son acogidas por la corriente
sanguínea, produciendo la carga de tensión sexual de determinadas partes
del sistema nervioso central. Nos son ya conocidos varios ejemplos de
tal transformación de una excitación tóxica, producida por sustancias
tóxicas, introducidas en el organismo, en una excitación especial de
un órgano. Cómo se origina la excitación sexual por estimulación de
las zonas erógenas, dada una previa carga de los aparatos centrales,
y qué mezcla de efectos excitantes, puramente tóxicos o fisiológicos,
aparecen en estos procesos sexuales, es cosa de la que no podemos tratar
ni siquiera hipotéticamente, pues no constituye una labor que pueda
emprenderse por ahora. Como esencial para esta concepción de los procesos
sexuales nos bastará por el momento la hipótesis de la existencia de
materias especiales derivadas del metabolismo sexual. Esta concepción,
aparentemente caprichosa, está apoyada por un conocimiento poco tenido
en cuenta pero muy digno de que se le dé mayor importancia: aquellas
neurosis que sólo pueden ser referidas a perturbaciones de la vida sexual
muestran la mayor analogía clínica con los fenómenos de intoxicación
y abstinencia, consecutivos a la ingestión habitual de materias tóxicas
productoras de placer (alcaloides).
(3)
LA TEORÍA DE LA LIBIDO(*)
Estas hipótesis sobre el fundamento químico de la excitación
sexual se hallan de perfecto acuerdo con las representaciones auxiliares
que hubimos de crear para llegar a la comprensión de las manifestaciones
psíquicas de la vida sexual. Hemos fijado el concepto de la libido como
una fuerza cuantitativamente variable, que nos permite medir los procesos
y las transformaciones de la excitación sexual. Separamos esta libido,
por su origen particular, de la energía en que deben basarse los procesos
anímicos, y, por tanto, le atribuimos también un carácter cualitativo.
En la distinción entre energías psíquicas libidinosas y otras de carácter
distinto expresamos la suposición de que los procesos sexuales del organismo
se diferencian, por un quimismo particular, de los procesos de la nutrición.
El análisis de las perversiones y psiconeurosis nos ha llevado al conocimiento
de que esta excitación sexual no es producida únicamente por los órganos
llamados sexuales, sino por todos los del cuerpo. Construimos, por tanto,
la idea de un libidoquantum, cuya representación psíquica denominamos
«libido del yo» (ichlibido), y cuya producción, aumento, disminución,
distribución y desplazamiento deben ofrecernos las posibilidades de
explicación de los fenómenos psicosexuales observados.
Esta libido del yo no aparece cómodamente asequible al estudio
analítico más que cuando ha encontrado su empleo psíquico en el revestimiento
de objetos sexuales; esto es, cuando se ha convertido en «libido del
objeto». La vemos entonces concentrarse en objetos, fijarse en ellos,
o en ocasiones abandonándolos trasladándose de unos a otros, y dirigiendo
desde estas posiciones la actividad sexual del individuo, que conduce
a la satisfacción; esto es, a la extensión parcial y temporal de la
libido. El psicoanálisis de las llamadas neurosis de transferencia (histeria
y neurosis obsesiva) nos permite hallar aquí un fijo y seguro conocimiento.
De los destinos de la libido del objeto podemos aún averiguar
que es retirada de los objetos, quedando flotante en determinados estados
de tensión, hasta recaer de nuevo en el yo, de manera a volver a convertirse
en libido del yo. Esta libido del yo la denominamos, en oposición a
la del objeto, libido «narcisista». Desde el psicoanálisis miramos como
desde una frontera, cuya transgresión no nos está permitida, la actuación
de la libido narcisista y nos formamos una idea de su relación con la
del objeto. La libido del yo o libido narcisista aparece como una gran
represa de la cual parten las corrientes de revestimiento del objeto
y a la cual retornan. El revestimiento del yo por la libido narcisista
se nos muestra como el estado original, que aparece en la primera infancia
y es encubierto por las posteriores emanaciones de la libido, pero que
en realidad permanece siempre latente detrás de las mismas.
La misión de una teoría de las perturbaciones neuróticas y psicóticas,
fundada en el concepto de la libido, debe ser expresar todos los fenómenos
y procesos observados en los términos de la economía de la misma. Es
fácil adivinar que los destinos de la libido del yo alcanzarán en tal
teoría la máxima importancia, especialmente en aquellos casos en que
se trate de la explicación de las más profundas perturbaciones psicóticas.
La dificultad aparece en el hecho de que el instrumento de nuestras
investigaciones -el psicoanálisis-no nos proporciona, por lo pronto,
datos seguros más que sobre las transformaciones de la libido del objeto,
pero no es capaz de separar la libido del yo de las otras energías actuantes
en el mismo. Una continuación de la teoría de la libido es en consecuencia
sólo posible, por lo pronto, en un camino especulativo; pero sería renunciar
a todo lo ganado por medio de la observación psicoanalítica si, conforme
a lo expuesto por C. G. Jung, se huyese del concepto mismo de la libido,
haciéndola coincidir con la fuerza instintiva psíquica.
La separación de las emociones instintivas sexuales de las demás
y, por tanto, la limitación de las primeras del concepto de la libido,
encuentra fuerte apoyo en la hipótesis antes discutida de un quimismo
especial de la función sexual.
(4)
DIFERENCIACIÓN DE LOS SEXOS
Sabido es que hasta la pubertad no aparece una definida diferenciación
entre el carácter masculino y el femenino, antítesis que influye más
decisivamente que ninguna otra sobre el curso de la vida humana. Sin
embargo, las disposiciones masculina y femenina resultan ya claramente
reconocibles en la infancia. El desarrollo de los diques sexuales (pudor,
repugnancia, compasión, etc.) aparece en las niñas más tempranamente
y encontrando una resistencia menor que en los niños. Asimismo, es en
las niñas mucho mayor la inclinación a la represión sexual, y cuando
surgen en ellas instintos parciales de la sexualidad escogen con preferencia
la forma pasiva. La actividad autoerótica de las zonas erógenas es en
ambos sexos la misma, y por esta coincidencia falta en los años infantiles
una diferenciación sexual tal y como aparece después de la pubertad.
Con referencia a las manifestaciones sexuales autoeróticas y masturbaciones
pudiera decirse que la sexualidad de las niñas tiene un absoluto carácter
masculino, y si fuera posible atribuir un contenido más preciso a los
conceptos «masculino» y «femenino», se podría también sentar la afirmación
de que la libido es regularmente de naturaleza masculina, aparezca en
el hombre o en la mujer e independientemente de su objeto, sea éste
el hombre o la mujer.
Desde que llegamos al conocimiento de la teoría de la bisexualidad
consideramos este factor como el que aquí ha de darnos la pauta, y opinamos
que sin tener en cuenta la bisexualidad no podrá llegarse a la inteligencia
de las manifestaciones sexuales observables en el hombre y en la mujer.
Zonas directivas en el hombre y en la mujer.- Sentado esto, sólo
añadiremos las siguientes observaciones: en la niña, la zona erógena
directiva es el clítoris, localización homóloga a la de la zona erógena
directiva masculina en el glande. Todo lo que he podido investigar sobre
la masturbación en las niñas se refería exclusivamente al clítoris y
no a las otras partes de los genitales exteriores, importante para las
funciones sexuales posteriores. Dudo que la niña, bajo la influencia
de la seducción o de la corrupción, llegue a otra cosa que a la masturbación
clitoridiana, y si esto sucede alguna vez, ello constituye una rara
excepción. Las descargas espontáneas de la excitación sexual, tan frecuentes
en las niñas, se manifiestan en contracciones del clítoris, y las frecuentes
erecciones del mismo hacen posible a la niña el juzgar acertadamente
y sin indicación alguna exterior las manifestaciones sexuales del sexo
contrario, transfiriendo simplemente al sexo masculino las sensaciones
de sus propios procesos sexuales.
Si se quiere comprender la evolución que convierte a la niña
en mujer tiene que seguirse el camino recorrido por esta excitabilidad
del clítoris. La pubertad, que produce en el niño aquel grave avance
de la libido de que ya tratamos, se caracteriza en la niña por una nueva
ola de represión que recae precisamente sobre la sexualidad clitoridiana.
Lo que sucumbe a la represión es un trozo de vida sexual masculina.
La fortificación de los obstáculos sexuales creada por esta represión
de la pubertad en la mujer constituye después un estímulo más para la
libido del hombre y obliga a la misma a elevar sus rendimientos. Con
el grado de la libido se eleva entonces también la sobrevaloración sexual,
que recae con toda su fuerza en la mujer que se niega al hombre y rechaza
su propia sexualidad. El clítoris conserva entonces el papel de cuando
es excitado en el por fin consentido acto sexual, transmitir esta excitación
a los órganos femeninos vecinos, así como una astilla de pino es utilizada
para transmitir el fuego a la demás leña, más difícil de prender. Con
frecuencia es necesario determinado tiempo para que llegue a verificarse
por completo esta transferencia, y durante esta época la joven permanece
totalmente anestésica. Esta anestesia puede ser duradera cuando la zona
clitoridiana se niega a transmitir su excitabilidad, cosa que sucede
cuando durante los años infantiles ha sido excesiva su actividad erógena.
Conocido es que la anestesia en la mujer es, con frecuencia, sólo aparente
y local. Son anestésicas en la entrada de la vagina, pero en ningún
modo inexcitables en el clítoris y hasta en otras zonas. A estas causas
erógenas de la anestesia se juntan después las psíquicas, igualmente
determinadas por represión.
Cuando la transferencia de la excitabilidad erógena desde el
clítoris a la entrada de la vagina queda establecida, ha cambiado la
mujer la zona directiva de su posterior actividad sexual, mientras que
el hombre conserva la suya sin cambio alguno desde la niñez. En este
cambio de las zonas erógenas directivas así como en el avance represivo
de la pubertad que, echa a un lado la virilidad infantil, yacen las
condiciones principales para la facilidad de adquisición de la neurosis
por la mujer, especialmente de la histeria. Estas condiciones están
ligadas, por tanto, íntimamente con la esencia de la femineidad. (5)
EL HALLAZGO DE OBJETO
Mientras que por los procesos de la pubertad queda fijada la
primacía de las zonas erógenas, y la erección del miembro viril indica
apremiantemente al sujeto el nuevo fin sexual, esto es, la penetración
en una cavidad excitadora de la zona genital, tiene lugar en los dominios
psíquicos el hallazgo de objeto, momento que se ha venido preparando
desde la más temprana niñez. Cuando la primitiva satisfacción sexual
estaba aún ligada con la absorción de alimentos, el instinto sexual
tenía en el pecho materno un objeto sexual exterior al cuerpo del niño.
Este objeto sexual desaparece después, y quizá precisamente en la época
en que fue posible para el niño construir la representación total de
la persona a la cual pertenecía el órgano productor de satisfacción.
El instinto sexual se hace en este momento autoerótico, hasta que, terminado
el período de latencia, vuelve a formarse la relación primitiva. No
sin gran fundamento ha llegado a ser la succión del niño del pecho de
la madre modelo de toda relación erótica. El hallazgo de objeto no es
realmente más que un retorno al pasado.
Objeto sexual de la época de lactancia.- De estas primeras y
más importantes relaciones sexuales queda gran parte como resto, después
de separada la actividad sexual, de la alimentación. Este resto prepara
la elección del objeto; esto es, ayuda a volver a constituir la felicidad
perdida. Durante todo el período de latencia aprende el niño a amar
a las personas que satisfacen sus necesidades y le auxilian en su carencia
de adaptación a la vida. Y aprende a amarlas conforme al modelo y como
una continuación de sus relaciones de lactancia con la madre o la nodriza.
Quizá no se quiera aceptar el hecho de que el tierno sentimiento y la
estimación del niño hacia las personas que le cuidan haya de identificarse
con el amor sexual; pero, en mi opinión, una investigación psicológica
cuidadosa fijará siempre y sin dejar lugar a dudas esta identidad. La
relación del niño con dichas personas es para él una inagotable fuente
de excitación sexual y de satisfacción de las zonas erógenas. La madre,
sobre todo, atiende al niño con sentimiento procedente de su propia
vida sexual, y le acaricia, besa y mece tomándole claramente como sustitutivo
de un completo objeto sexual.
La madre se horrorizaría probablemente al conocer esta explicación
y ver que con su ternura despierta el instinto sexual de su hijo y prepara
su posterior intensidad. Considera sus actos como manifestaciones de
«puro» amor asexual, puesto que evita con todo cuidado excitar los genitales
del niño más de los imprescindiblemente necesario al proceder a la higiene
de su cuerpo. Pero el instinto sexual no es tan sólo despertado por
excitaciones de la zona genital. Lo que llamamos ternura exteriorizará
notablemente un día el efecto ejercido sobre las zonas erógenas. Si
la madre comprendiera mejor la alta significación del instinto para
la total vida psíquica y para todas las funciones éticas y anímicas,
no se haría ningún reproche aun cuando admitiera totalmente nuestra
concepción. Enseñando a amar a su hijo, no hace más que cumplir uno
de sus deberes. El niño tiene que llegar a ser un hombre completo, con
necesidades sexuales enérgicas, y llevar a cabo durante su vida todo
aquello a lo que el instinto impulsa al hombre. Un exceso de ternura
materna quizá sea perjudicial para el niño por acelerar su madurez sexual,
acostumbrarle mal y hacerle incapaz, en posteriores épocas de su vida,
de renunciar temporalmente al amor o contentarse con una pequeña parte
de él. Los niños que demuestran ser insaciables en su demanda de ternura
materna presentan con ello uno de los más claros síntomas de futura
nerviosidad. Por otra parte, los padres neurópatas son, en general,
los más inclinados a una ternura sin medida, despertando así en sus
hijos, antes que nadie y por sus caricias, la disposición a posteriores
enfermedades neuróticas. Vemos, pues, que los padres neuróticos disponen
de un camino distinto de la herencia para legar a sus hijos su enfermedad.
Angustia infantil.- Los mismos niños se conducen desde sus años
más tempranos como si su dependencia hacia las personas que los cuidan
fuera de la naturaleza del amor sexual. La angustia
de los niños no es, en un principio, más que una manifestación
de que echan de menos la presencia de la persona querida. Así, experimentan
miedo ante personas desconocidas y se asustan de la oscuridad porque
en ella no ven a la persona amada, tranquilizándose cuando ésta les
coge de la mano. Se exagera el efecto de los relatos terroríficos de
las niñeras cuando se culpa a éstas de originar el miedo en los niños
que tienen a su cuidado. Aquellos niños inclinados a terrores infantiles
son precisamente los que pueden ser influidos por tales relatos, que
no ejercen, en cambio, acción alguna sobre aquellos otros no predispuestos.
Y precisamente al miedo no se inclinan más que los niños que poseen
un instinto sexual exagerado, desarrollado prematuramente o devenido
exigente por un exceso de mimo. El niño se conduce aquí como el adulto,
transformando en angustia su libido cuando no logra satisfacerla, así
como el adulto se conducirá completamente igual que el niño cuando por
insatisfacción de su libido haya llegado a contraer la neurosis, pues comenzará a angustiarse en cuanto esté solo; esto es,
sin una persona de cuyo amor se crea seguro, e intentará hacer desaparecer
este miedo por los procedimientos más infantiles.
Diques contra el incesto.- Cuando la ternura de los padres hacia
el niño ha evitado felizmente desarrollar de una manera prematura el
instinto sexual del mismo; esto es, despertarlo antes de alcanzadas
las condiciones físicas de la pubertad, y despertarlo de tal manera,
que la excitación anímica se abra paso hasta el sistema genital, puede
acabar de cumplir su misión, dirigiendo a este niño en la edad de la
madurez en la elección del objeto sexual. Lo más fácil para el niño
será elegir, como objeto sexual, a aquellas mismas personas a las que
ha amado y ama desde su niñez con una libido que podríamos calificar
de mitigada. Mas por la avanzada época en que tiene lugar la maduración
sexual se ha llegado al momento en que es necesario alzar; al lado de
otros diques sexuales, los que han de oponerse a la tendencia al incesto;
esto es, inculcar al niño aquellos preceptos morales que excluyen de
la elección de objeto a las personas queridas durante la niñez y a los
parientes consanguíneos. El respeto de estos límites es, ante todo,
una exigencia civilizadora de la sociedad, que tiene que defenderse
de la concentración, en la familia, de intereses que le son necesarios
para la constitución de unidades sociales más elevadas, y actúa, por
tanto, en todos, y especialmente en el adolescente, para desatar o aflojar
los lazos contraídos en la niñez con la familia.
La elección de objeto es llevada a cabo al principio tan sólo
imaginativamente, pues la vida sexual de la juventud en maduración tiene
apenas otro campo de acción que el de las fantasías; esto es, el de
las representaciones no destinadas a convertirse en actos.
En estas fantasías resurgen en todos los hombres las tendencias
infantiles; fortificadas ahora por la energía somática, y entre ellas,
con frecuencia, y en primer lugar, la impulsión sexual del niño hacia
sus padres, diferenciada, en la mayoría de los casos, por la atracción
de los sexos; esto es, del hijo por la madre y de la hija por el padre.
Simultáneamente al vencimiento y repulsa de estas fantasías claramente
incestuosas tiene lugar una de las reacciones psíquicas más importantes
y también más dolorosas de la pubertad: la liberación del individuo
de la autoridad de sus padres, por medio de la cual queda creada la
contradicción de la nueva generación con respecto a la antigua, tan
importante para el progreso de la civilización. En todas las estaciones
del proceso evolutivo por las que el sujeto debe pasar quedan fijos
algunos individuos, y así hay personas que no han vencido nunca la autoridad
de los padres y no han conseguido retirar de ellos por completo o en
absoluto su ternura. Estos casos están constituidos en su mayoría por
muchachas que para alegría de sus padres conservan después de la pubertad
todo su amor infantil hacia ellos. Y es muy instructivo comprobar que
tales muchachas repugnan en su ulterior vida matrimonial conceder a
sus maridos lo que les es debido. Llegan a ser esposas frías y permanecen
sexualmente anestésicas. Esto nos muestra que el amor hacia los padres,
aparentemente asexual, y el amor sexual proceden de las mismas fuentes;
esto es, que el primero no corresponde más que a una fijación infantil
de la libido.
Cuanto más se acerca uno a las hondas perturbaciones del desarrollo
psicosexual, más innegable aparece la importancia de la elección de
objeto incestuoso. En los psiconeuróticos queda relegada a lo inconsciente,
a consecuencia de la repulsa sexual, una gran parte o la totalidad de
las actividades psicosexuales de la elección de objeto. Para las muchachas
de una exagerada necesidad de ternura y un horror igualmente exagerado
ante las exigencias reales de la vida sexual, llega a ser una tentación
irresistible asegurarse, por una parte, la idea del amor asexual en
su vida y esconder, por otra, su libido detrás de una ternura que puedan
exteriorizar sin autorreproches, conservando así, durante toda la vida,
su inclinación infantil hacia los padres o hermanos, que volvió a surgir
en ellas al llegar a la pubertad. El psicoanálisis puede demostrar sin
trabajo alguno a estas personas que están enamoradas, en el sentido
corriente de la palabra, de sus parientes consanguíneos, investigando
sus pensamientos inconscientes y atrayéndolos a su consciencia con la
ayuda de los síntomas y de otras manifestaciones de la enfermedad. También
en los casos en que una persona, primitivamente sana, ha enfermado después
de una desgraciada experiencia erótica, puede verse claramente que el
mecanismo de tal aparición de la enfermedad es el retorno de su libido
a las personas que prefirió durante su infancia.
Influencia duradera de la elección infantil de objeto.- Tampoco
aquellos que han evitado la fijación incestuosa de su libido puede decirse
que han escapado por completo a la influencia de la misma. Un claro
eco de esta fase evolutiva está constituido por el hecho de que, como
suele ser muy frecuente, el primer amor del adolescente recaiga en una
mujer ya madura, así como el de la muchacha en un hombre entrado en
años y revestido de autoridad, o sea, en uno y otro sexo, personas que
para el sujeto presentan analogía con la madre o el padre, respectivamente.
La elección de objeto se verifica siempre más o menos libremente conforme
a este patrón. Ante todo, busca el hombre, en su objeto sexual, la semejanza
con aquella imagen de su madre que, en su más temprana edad, quedó impresa
en su memoria. Aquellos casos en los que la madre, viva aún, ve con
hostilidad la elección de objeto realizada por su hijo, constituyen
una afirmación de nuestra hipótesis. Dada esta importancia de las relaciones
infantiles con los padres para la posterior elección del objeto sexual,
es fácil comprender que cada perturbación de estas relaciones infantiles
origine después los más graves resultados para la vida sexual posterior
a la pubertad. Los celos del amante no carecen tampoco nunca de una
raíz infantil o, por lo menos, de algo infantil que eleva su intensidad.
Las diferencias entre los mismos padres, los matrimonios desgraciados,
producen en los hijos la más grave predisposición a un desarrollo sexual
perturbado o a la adquisición de enfermedades neuróticas.
La inclinación infantil hacia los padres es quizá el más importante,
pero no el único de los sentimientos, que, renovados en la pubertad,
marcan después el camino a la elección de objeto. Otros factores del
mismo origen permiten al hombre, siempre en relación con su infancia,
desarrollar más de una única serie sexual y exigir muy diferentes condiciones
para la elección de objeto.
Prevención de la inversión.- Uno de los requisitos de la elección
normal de objeto es el de recaer precisamente en el sexo contrario.
Como hemos visto, no llega a afectuarse así sin alguna vacilación. Los
primeros sentimientos subsiguientes a la pubertad aparecen -sin que
ello constituya una falta duradera como totalmente erróneos. Dessoir
ha llamado muy justificadamente la atención sobre la exagerada inclinación
que aparece regularmente entre los adolescentes por sus compañeros del
mismo sexo. El poder más importante entre los que se oponen a una inversión
duradera del objeto sexual es, ciertamente, la atracción que manifiestan
los caracteres sexuales opuestos, unos por otros. La explicación de
este fenómeno no encuentra lugar apropiado dentro de nuestro estudio;
pero sí haremos constar que tal atracción no alcanza por sí sola a excluir
totalmente la inversión, siendo necesario que aparezcan otros factores
auxiliares. Ante todo, el obstáculo autoritario de la sociedad. En aquellos
países en que la inversión no es considerada como un delito, puede verse
que corresponde por completo a la inclinación sexual de un considerable
número de individuos. Además, debe aceptarse, con respecto al hombre,
el hecho de que los recuerdos infantiles de las ternuras de la madre
y de otras personas femeninas ayudan enérgicamente a dirigir su elección
hacia la mujer y por otro lado; la restricción de las actividades sexuales
tempranamente experimentada por parte del padre y la posición de competividad
con respecto a él desvían al sujeto de las personas de su mismo sexo.
Ambos factores son valederos también con respecto a la muchacha,
cuya actividad sexual se halla bajo la guarda especial de la madre.
De esta manera se constituye una relación hostil con respecto al propio
sexo, que influye decisivamente en la elección de objeto, orientándola
hacia lo normal. La educación del niño por personas masculinas (en la
antigüedad los esclavos) parece favorecer la homosexualidad. En la aristocracia
contemporánea, la frecuencia de la inversión se hace comprensible por
el empleo de servidumbre masculina y por la escasez de cuidados personales
de que la madre hace objeto a sus hijos. En algunos histéricos ha podido
demostrarse que la temprana desaparición de uno de los padres, por muerte
o divorcio, motivando la acumulación de todo el amor del niño en la
persona restante, fue la condición para el sexo de la persona elegida
después como objeto sexual, haciendo posible así la inversión duradera.
SÍNTESIS
HA llegado el momento de intentar resumir lo que he dicho. Partíamos
desde las aberraciones del instinto sexual con relación a sus objetos
y de sus fines y nos hallábamos frente al problema de si dichas aberraciones
nacen de una disposición innata o son adquiridas a resultas de influencias
de la vida. La solución de este problema nos fue dada por el conocimiento
de las características del instinto sexual de los psiconeuróticos; esto
es, de un numeroso grupo de hombres no muy apartados de los sanos. Este
conocimiento lo adquirimos por medio del psicoanálisis, y hallamos que
en tales personas pueden revelarse las tendencias a todas las perversiones
como poderes inconscientes, que actúan en calidad de generadores de
síntomas. Pudimos, pues, decir que la neurosis era el negativo de la
perversión. Ante la gran difusión de las tendencias perversas se nos
impuso la hipótesis de que la disposición a las perversiones era norma
primitiva y general del instinto sexual humano, partiendo de la cual
se desarrollaba la conducta normal sexual a consecuencia de transformaciones
orgánicas y de inhibiciones psíquicas, aparecidas en el curso de la
maduración. La disposición primitiva esperábamos poder hallarla en la
infancia, y entre los poderes limitadores de la dirección del instinto
sexual hicimos resaltar el pudor, la repugnancia, la compasión y las
construcciones sociales de la moral y de la autoridad. De este modo,
tuvimos que considerar en cada una de las aberraciones de la vida sexual
normal algo de obstrucción del desarrollo y algo de infantilismo. Hicimos
resaltar la importancia de las variantes de la disposición primitiva
y aceptamos, entre ellas y las influencias de la vida, una relación
cooperativa y no antitética. Por otro lado, nos aparecía el instinto
sexual mismo, dado que la disposición primitiva tenía que ser compleja,
como algo compuesto de muchos factores, que en las perversiones se separaban
unos de otros. Las perversiones se demostraron así, por un lado, como
inhibiciones y, por otro, como disociaciones del desarrollo normal,
uniéndose ambas concepciones en la hipótesis de que el instinto sexual
del adulto quedaba originado por la reunión de muy diversos impulsos
de la vida infantil, en una unidad, en una tendencia, orientada hacia
un solo y único fin.
Añadimos todavía una explicación del predominio de las inclinaciones
perversas en los psiconeuróticos, reconociéndolo como un llenamiento
colateral de canales accesorios por un desplazamiento del lecho de la
corriente principal, originado por represión, y nos volvimos entonces
hacia el examen de la vida sexual en la infancia. Encontramos muy de
lamentar que se negara a la infancia el instinto sexual, considerándose
las manifestaciones sexuales infantiles, tan frecuentemente observables,
como fenómenos excepcionales. Nos parecía más bien que el niño trae
consigo al mundo gérmenes de actividad sexual, y que ya en la absorción
de alimentos goza accesoriamente de una satisfacción sexual, la cual
intenta luego renovar de continuo con la conocidísima actividad de la
succión. La actividad sexual del niño no se desarrolla paralelamente
a sus otras funciones, sino que después de un corto período de florecimiento,
que se extiende desde el segundo al quinto año, entra en el llamado
período de latencia. En el mismo no cesa de ningún modo la producción
de la excitación sexual, sino que ésta sufre únicamente una detención,
produciendo un acopio de energía, utilizado, en su mayor parte, para
fines distintos de los sexuales; esto es, por un lado, para la cesión
de componentes sexuales destinados a formar sentimientos sociales, y
por otro, mediante la represión y la formación de reacciones, para la
construcción de los posteriores diques sexuales. Así, pues, los poderes
destinados a conservar en un determinado camino el instinto sexual son
construidos en la infancia a costa de impulsos, en su mayor parte perversos,
y con el auxilio de la educación. Otra parte de las emociones sexuales
infantiles escapa a esta utilización, y puede exteriorizarse como una
actividad sexual. Vimos después que la excitación sexual del niño proviene
de muy diversas fuentes. Ante todo, se produciría una satisfacción por
la excitación apropiada de las llamadas zonas erógenas, pudiendo funcionar
como tales cada una de las partes de la piel y cada órgano de los sentidos
-en realidad, todos y cada uno de los órganos-, mientras que existen
determinadas zonas erógenas especiales, cuya excitación queda asegurada
desde un principio por ciertos mecanismos orgánicos. Origínase, además,
una excitación sexual, como producto accesorio, en una amplia serie
de procesos orgánicos, en cuanto éstos alcanzan una determinada intensidad,
y especialmente en todas las emociones intensas, aunque presenten un
carácter penoso. Las excitaciones surgidas de todas estas fuentes no
actuarían todavía conjuntamente, sino que cada una perseguiría su fin
especial, limitado exclusivamente a la consecución de un determinado
placer. Por consiguiente, en la niñez el instinto sexual no está unificado
e inicialmente no tiene objeto, es decir es autoerótico.
Aun durante los años infantiles comenzaría a hacerse notar la
zona erógena genital, produciendo, como toda otra zona erógena, una
satisfacción ante una estimulación sensible apropiada u originándose
de una manera no del todo comprensible, y simultáneamente a la satisfacción
procedente de otras fuentes, una excitación sexual, relacionada especialmente
con la zona genital. Hemos tenido que lamentar no poder alcanzar una
explicación suficiente de las relaciones entre la satisfacción sexual
y la excitación sexual, así como entre la actividad de la zona genital
y la de las restantes fuentes de la sexualidad.
Por el estudio de las perturbaciones neuróticas hemos observado
que la vida sexual infantil presenta desde un principio indicios de
una organización de los componentes instintivos sexuales. En una primera
fase, muy temprana, se halla en primer término el erotismo oral. Una
segunda de estas organizaciones «progenitales» está caracterizada por
el predominio del sadismo y del erotismo anal, y únicamente en una tercera
fase es codeterminada la vida sexual por la participación de las zonas
genitales propiamente dichas, desarrollándose en los niños solamente
hasta alcanzar la primacía del falo. [Adición de 1924.]
Hemos fijado después como uno de los resultados más sorprendentes
de nuestra investigación el de que este primer florecimiento de la vida
sexual infantil, entre los dos y los cinco años, muestra también una
elección de objeto, con todas sus reacciones anímicas; de manera que
la fase correspondiente, a pesar de la defectuosa síntesis de los componentes
sexuales y de la inseguridad del fin sexual, debe estimarse como antecedente
muy importante de la posterior organización sexual definitiva.
La división de dos períodos del desarrollo sexual del hombre,
esto es, la interrupción de este desarrollo por la época de la latencia,
nos parece digna de una especial atención, pues creemos que contiene
una de las condiciones de la evolución del hombre hacia una civilización,
pero también de su predisposición a las neurosis. En los animales más
próximos al hombre no ha podido demostrarse, que yo sepa, nada análogo.
La derivación del origen de esta cualidad humana habrá de buscarse en
la historia primitiva del género humano.
No podemos decir qué cantidad de manifestaciones sexuales debe
considerarse como normal y no perjudicial a un posterior desarrollo
de la infancia. El carácter de las manifestaciones sexuales se manifiesta
predominante como masturbación, y por experiencia admitimos, además,
que las influencias exteriores la seducción o corrupción pueden hacer
surgir interrupciones temporales del período de latencia y hasta traer
consigo la total cesación del mismo, produciéndose el resultado de conservar
en el niño un instinto sexual polimórficamente perverso. Vemos, asimismo,
que esta prematura actividad sexual del niño influye sobre su educabilidad.
A pesar de lo fragmentario de nuestros conocimientos de la vida
sexual infantil, tuvimos que intentar estudiar las transformaciones
motivadas en ella por la aparición de la pubertad. Como las más importantes
escogimos dos: la subordinación de todos los orígenes de excitación
sexual bajo la primacía de las zonas genitales y el proceso del hallazgo
de objeto. Ambas han quedado ya predeterminadas en la infancia. La subordinación
de las excitaciones sexuales se realiza por medio de un mecanismo, que
utiliza el placer preliminar; de modo que los actos sexuales productores
de placer y excitación, independientes hasta entonces unos de otros,
se convierten en actos preparatorios del nuevo fin sexual -la descarga
de los productos genitales-, cuya consecución, acompañada de intenso
placer, pone fin a la excitación sexual. Hubimos de tener en cuenta,
al ocuparnos de esta cuestión, la diferenciación del ser sexual en hombre
y mujer, y encontrándonos que para la maduración femenina es necesaria
una nueva represión, que hace desaparecer una parte de virilidad infantil
y prepara a la mujer para el cambio de la zona genital directiva. Por
último, encontramos dirigida la elección de objeto por la inclinación
infantil del sujeto, renovada en la pubertad, hacia sus padres o guardadores,
y orientada por la barrera puesta durante esta época, al incesto, hacia
otras personas análogas a éstas, pero distintas de ellas. Añadamos,
por último, que durante el período de transición de la pubertad marchan
inconexos, pero unos junto a otros, los procesos evolutivos somáticos
y psíquicos, hasta que con la aparición de una intensa emoción erótica
psíquica, que produce la inervación de los genitales, queda constituida
la unidad de la función erótica, normalmente necesaria.
Factores perturbadores del desarrollo.- Cada etapa de este largo
período evolutivo puede convertirse en un punto de fijación, y cada
junta de esta síntesis tan complicada, en motivo de disociación del
instinto sexual, como ya hemos visto en el examen de diferentes ejemplos.
Quédanos sólo llevar a cabo un ligero examen de los diversos factores,
internos y externos, perturbadores del desarrollo, y ver qué punto del
mecanismo es atacado por la perturbación de ellos emanada. Estos factores,
que expondremos seguidamente, no son, ni mucho menos, de un igual valor,
y debemos estar preparados a las dificultades que surgirán al tratar
de dar a cada uno de ellos la valoración correspondiente.
Constitución y herencia.- En primer lugar debemos citar aquí
la innata diversidad de la constitución sexual, factor el más importante;
pero que, como puede comprenderse, sólo es deducible de sus manifestaciones
posteriores, y no siempre con seguridad. Bajo el concepto de diversidad
innata de la constitución sexual nos representamos un predominio de
esta o aquella fuente de excitación sexual y creemos que tal diversidad
de las disposiciones tiene que exteriorizarse en el último resultado,
aunque éste consiga mantenerse dentro de los límites de lo normal. Cierto
es que pueden sospecharse variaciones tales de la disposición original
que necesariamente y sin ayuda ninguna conduzcan al desarrollo de una
vida sexual anormal. Estas variaciones pueden denominarse degenerativas,
y considerarse como manifestaciones de una degeneración heredada. Con
respecto a esto debo hacer constar un hecho singular. En más de la mitad
de los casos graves de histeria, neurosis obsesiva, etc., sometidos
por mí a la Psicoterapia, he logrado hallar la prueba de que uno de
los progenitores del sujeto había padecido antes del matrimonio una
infección sifilítica; dato que me ha sido proporcionado ya por confesarme
el sujeto que uno de sus ascendientes había padecido o padecía una tabes
o una parálisis progresiva, ya de otro modo cualquiera en el curso de
la anamnesis. Hago constar especialmente que los niños enfermos de neurosis
por mí tratados no presentaban signo físico alguno de sífilis hereditaria;
de manera que la constitución sexual anormal podía considerarse en ellos
como la última ramificación de la herencia luética. De este modo, hallándome
lejos de considerar como condición etiológica regular o indispensable
para la constitución neuropática la sífilis de los progenitores, tengo
de todas maneras que reconocer como muy importantes, y no sólo debidas
a la casualidad las coincidencias por mí observadas.
Las circunstancias hereditarias de los perversos positivos son
menos conocidas pues estos sujetos saben eludir la investigación. Está,
sin embargo, justificado el aceptar que a las perversiones puede aplicarse
algo análogo a lo que aplicamos a la neurosis. Con frecuencia encontramos
la perversión y la psiconeurosis en la misma familia, y distribuidas
de tal manera con respecto a los sexos, que los miembros masculinos
o uno de ellos son perversos positivos, y, en cambio, los femeninos,
correlativamente a la tendencia de su sexo a la represión, son perversos
negativos o histéricos, cosa que constituye una buena prueba de las
relaciones esenciales halladas por nosotros entre ambas perturbaciones.
Elaboración ulterior.- No puede, sin embargo, afirmarse que con
la agregación de los diversos componentes de la constitución sexual
quede inequívocamente determinado el carácter de la vida sexual. La
condicionalidad continúa y aparecen otras posibilidades según el destino
que corresponda a las diversas agregaciones de sexualidad, procedentes
de cada una de las fuentes. Esta elaboración posterior es claramente
el factor decisivo, mientras que una misma constitución puede conducir
a tres resultados distintos:
a) Cuando todos los componentes se conservan en la interrelación aceptada como anormal y se fortifican con la maduración, el resultado final no puede ser más que una vida sexual perversa. El análisis de tales disposiciones constitucionales anormales no ha sido llevado a cabo seriamente todavía, pero conocemos ya casos que encuentran fácilmente su explicación en esta hipótesis. Ciertos autores opinan, por ejemplo, que toda una serie de perversiones por fijación tiene como condición necesaria una debi |