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QUAKER*

Recibido el 30 de mayo de 2008

Recuerdo ese día; su cara colorada, los dientes subiendo y bajando, y el pelo blanco esponjoso y a la vez curiosamente rígido.

Entré aturdida  al aula a mi clase de geografía, luego de un rato pude descifrar el contenido de sus palabras, mejor dicho: gritos.

-Yo estar en  guerra, afuera caer bombas y yo seguir en  iglesia tocando órgano -decía nuestra portera, para todos “La Alemana”, derecha, con pose de sargento y enfundada en  un traje gris. Junto a mis hermanas tuvimos que soportar más de una vez su furia descontrolada como consecuencia de haber llegado  diez minutos tarde a la escuela.

Una de ellas, Emilia,  era muy flaca, lo es  hasta hoy; su delgadez preocupaba sobremanera a esta robusta mujer. Un día, a la salida,  mirándola de arriba abajo, le dijo : —Emilia estar muy flaca, tener que comer más, dígale a  mamá que venga a verme mañana.

Así fue como mamá que siempre nos llevaba hasta  la puerta del colegio entró ese día a hablar con La Alemana. Al mediodía nos contó que la portera le había hablado de desnutrición y repetido  con insistencia: Dele quaker, quaker , quaker.

Mamá compró el quaker y comenzó a prepararnos sopas; Emilia revolvía el plato hasta que se le enfriaba mientras yo le ponía mucho queso y me servía otro plato más. Hacía tiempo que no lo probaba, desde que mis hermanos eran chicos y colaboraba con mamá dándoles la papilla.

Así fue como  Emilia continuó flaca pero fuerte y a mí comenzó a apretarme la ropa.

Cuando las cuatro entrábamos a la escuela, la portera pasaba inspección y siempre se detenía en mi pobre hermana  que rápidamente se cerraba bien el tapado para disimular su flacura.

La segunda vez que llegamos tarde también nos gritó,  contando con  lenguaje entrecortado que ella había escapado de Alemania por unas cañerías con sus dos hijas pequeñas y que su marido y su hermano habían muerto en la guerra. Ese día entramos al aula temblando y tuve tan mala suerte que me tomaron lección de zoología.

Supimos que las monjas le habían dado  apoyo y a cambio  de eso, se había ofrecido  para "cuidar  puerta".

Cuando estaba en cuarto año conocí a sus hijas, las dos ya eran monjas, hermosas mujeres, hasta diría  angelicales, de  una calidez difícil de imaginar  conociendo a su madre.

Mis hermanas y yo  fuimos dejando la escuela, una cada año y nuestras vidas tomaron otros rumbos. No supimos más de la Alemana. La universidad, el trabajo  y los novios nos distanciaron del barrio.

Años después el  Quaker reapareció en mi vida con la llegada de mis hijos volví a hacer esas sopas nutritivas.  Muchas cosas han cambiado pero el envase permanece igual,  todavía hoy cuando miro a ese hombre canoso de  sombrero negro no dejo de evocar la cara de la Alemana y sus palabras: ¡Dele quaker, quaker, quaker!.

 *Autora: Lic. María Isabel Bameule - Psicóloga -                            

 - San Martín de los Andes

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