|
|
|
UNA MUERTE ADMINISTRADA*
Recibido el 30 de marzo de 2008
Julian S. está en la plenitud de la vida:
cincuenta años y pico. Es rico, ejerce una profesión liberal
en la que ha triunfado plenamente y que le procura confortables ingresos.
Tiene varios hijos, entre los que se cuenta una mujer, casada y madre
de pequeños; ella es mi fiel clienta y ha incitado vivamente a
su padre a consultarme.
Su historia es trivial: sufre de una ciática bastante tenaz que
le causa dolores intensos pero a fin de cuentas tolerables, ya que me
visita apoyado en sus dos piernas y en ningún momento ha interrumpido
sus actividades. No atribuye eficacia alguna a los remedios que se le
indicaron o que se indicó él mismo. En cambio, está
persuadido de que sólo podrá curarse con una operación
quirúrgica. Más aún cuando presenta ciertos signos
que hablarían de la existencia de una hernia de disco.
Por eso, pasando de largo por la opinión
del primer médico consultado, ha hecho una recorrida por todos
los cirujanos que, según oyera decir, son competentes en este campo.
Ya ha visto cuatro. Ninguno aceptó operarlo de inmediato, todos
propusieron ingresarlo en una clínica para tenerlo un tiempo en
observación y efectuar otros exámenes antes de operarlo,
siempre y cuando la indicación se confirmara.
Julian S. no me pide más que una cosa: que le encuentre el cirujano
de sus sueños. Está seguro, absolutamente seguro de que
sólo puede curarlo una operación, e intenta hacerme compartir
su certeza. Buen ejemplo de esas certezas subjetivas a las que ya me referí,
pero esta vez es el "enfermo" el que está seguro y convencido.
Yo, evidentemente, no puedo compartir su certeza, pero finalmente me digo
que no se la debe contradecir de frente y que al fin y al cabo quizá
sea cierto que una operación lo curará. Pero una operación
así, de entrada, me parece inconcebible.
La consulta es difícil, prolongada. Intento en vano hacerle hablar
de otra cosa que de su enfermedad. Finalmente le hago una propuesta, tras
explicarle que en una ciática, aparte de la eventual hernia de
un disco, hay siempre una parte funcional ligada a contracturas musculares
que es conveniente eliminar, aunque sólo sea para preparar adecuadamente
una intervención quirúrgica. Le propongo, pues, no interrumpir
su trabajo —que él puede proseguir en parte por teléfono—,
pero hacer reposo, acostado, en su casa, durante una o dos semanas, sin
levantarse más que para tomar un baño y hacer sus necesidades.
Que sus comidas también las tome en la cama. Si al cabo de ocho
o diez días la indicación operatoria se confirma, le prometo
encontrarle un cirujano competente que lo operará con toda rapidez.
Choco con una pared (de la que admitiría plenamente que se dijera
que es la pared del miedo): quiere que lo operen ya mismo. Hay algo angustiante
en la obstinación de este hombre inteligente pero que, en su modo
de encarar su enfermedad, se sitúa fuera de su racionalidad consciente.
Yo cometo el error de replicarle que no encontrará un cirujano
que acepte hacer lo que él pide: ingresar en la clínica
una noche y operarse al otro día.
Doble error: primero porque no hay que desafiar a la gente cuando se ve
impulsada, por necesidades interiores imperiosas que escapan a nuestra
lógica ordinaria; y después porque él mismo encontró
uno, un cirujano de renombre, que lo hospitalizó el sábado
y lo operó el lunes.
Conocí por su hija el epílogo de
la historia. Técnicamente la operación salió bien
(había, en efecto, una hernia de disco) y las derivaciones inmediatas
de la operación, vigiladas de cerca como convenía, no pudieron
ser más satisfactorias. Pero la noche del martes murió súbitamente,
en un instante, sin haber sido posible emitir un diagnóstico sobre
la causa de esta muerte. Se mencionó, por supuesto, sin ninguna
prueba valedera, una brusca complicación cardíaca.
Todo hombre tiene una vida secreta, que es doble:
la vida secreta personal, que tiene tendencia a ocultar: así, por
ejemplo, lo que por eufemismo, llaman una doble vida; pero también
una vida secreta que se esconde de uno mismo; es en cierto modo impersonal,
impersonal en el sentido de que es propia de todos los hombres y al mismo
tiempo está situada muy lejos de la conciencia.
Nada de la primera (vida personal) salió
a la luz durante la única consulta de Julian S. Es una lástima,
pienso que con un poco más de experiencia hubiera podido ayudarlo
a que me confiara algún dato y quizá...
En cuanto a la segunda vida secreta, está
dominada por una representación inconsciente — que a veces,
en ciertos psicoanálisis, sale a la luz—.
Estas representaciones inconscientes pueden conducir al individuo a poner
en cuestión la integridad de tal o cual parte de su cuerpo.
Por eso, en nuestra sociedad, el cirujano no es solamente un técnico
que debe paliar las deficiencias y avatares del organismo. Lo quiera él
o no, su práctica recoge también algo de la herencia —caída
en desherencia— de los sacrificadores de antaño.
Estoy totalmente convencido de que Julian S. demandaba
en realidad una operación, más que quirúrgica, ritual.
Esto lo percibí de inmediato, pero en esa época no sabía
qué conjunciones malignas pueden producirse entre las dos clases
de vidas secretas que he mencionado. Existe el riesgo de que el cuestionamiento
de la integridad de una parte del cuerpo se vea desplazado a la integridad
de la vida misma del sujeto.
La vida de un ser humano puede ser salvada durante un tiempo merced a
una intervención quirúrgica de carácter sacrificial,
esto es, de fuerte carga simbólica e imaginaria, dirigida a tal
o cual parte del cuerpo. Asimismo, de una intervención con carga
simbólica e imaginaria puede resultar la muerte, para un ser que
en cierto modo ha elegido precisamente esto.
Los etnólogos han descripto, en ciertas
tribus aborígenes, muertes que se producen en pocos días
y sin ninguna violencia, cuando uno de sus miembros, a raíz de
cierta transgresión, es advertido por un signo — la presentación
ritual de un hueso, por ejemplo— de que en su seno ya no hay lugar
para él.
En mi opinión, Julian S. murió un poco así. Algo
que ignoro le indicaba que debía morir. Hay muertes que uno recibe
y hay muertes que uno da. Hay también muertes que uno se administra
a sí mismo sin perpetrar por ello un acto homicida: administrarse
la muerte no es matarse
*Pierre Benoit
info@enigmapsi.com
|