|
|
|
LO INCONCIENTE
Sigmund Freud - 1915
I. Justificación de lo inconsciente
Desde muy diversos sectores se nos ha discutido el derecho de aceptar la
existencia de un psiquismo inconsciente y de laborar científicamente
con esta hipótesis. Contra esta opinión podemos argüir,
que la hipótesis de la existencia de lo inconsciente es necesaria
y legítima, y además, que poseemos múltiples pruebas
de su exactitud. Es necesaria, porque los datos de la conciencia son altamente
incompletos. Tanto en los sanos como en los enfermos, surgen con frecuencia,
actos psíquicos, cuya explicación presupone otros de los que
la conciencia no nos ofrece testimonio alguno. Actos de este género
son, no sólo los fallos y los sueños de los individuos sanos,
sino también todos aquellos que calificamos de síntomas y
de fenómenos obsesivos en los enfermos.
Nuestra cotidiana experiencia personal nos muestra ocurrencias, cuyo origen
desconocemos, y resultados de procesos mentales, cuya elaboración
ignoramos. Todos estos actos conscientes resultarán faltos de sentido
y coherencia si mantenemos la teoría de que la totalidad de nuestros
actos psíquicos ha de sernos dada a conocer por nuestra conciencia
y, en cambio, quedarán ordenados dentro de un conjunto coherente
e inteligible si interpolamos entre ellos los actos inconscientes, deducidos.
Esta adquisición de sentido y coherencia constituye, de por sí,
motivo justificado para traspasar los límites de la experiencia directa.
Y si luego comprobamos, que tomando como base la existencia de un psiquismo
inconsciente podemos estructurar una actividad eficacísima, por medio
de la cual influímos adecuadamente sobre el curso de los procesos
conscientes, tendremos una prueba irrebatible de la exactitud de nuestra
hipótesis. Habremos de situarnos, entonces, en el punto de vista
de que no es sino una pretensión insostenible el exigir que todo
lo que sucede en lo psíquico haya de ser conocido a la conciencia.
También podemos aducir, en apoyo de la existencia de un estado psíquico
inconsciente, el hecho de que la conciencia sólo integra en un momento
dado, un limitado contenido, de manera que la mayor parte de aquello que
denominamos conocimiento consciente tiene que hallarse, de todos modos,
durante extensos períodos, en estado de latencia, vale decir, en
un estado de inconsciencia psíquica. La negación de lo inconsciente
resulta incomprensible en cuanto volvemos la vista a todos nuestros recuerdos
latentes. Se nos opondrá aquí la objeción de que estos
recuerdos latentes no pueden ser considerados como psíquicos, sino
que corresponden a restos de procesos somáticos, de los cuales puede
volver a surgir lo psíquico. No es difícil argüir a esta
objeción, que el recuerdo latente es, por lo contrario, un indudable
residuo de un proceso psíquico. Pero es aún más importante
darse cuenta de que la objeción discutida reposa en una asimilación
de lo consciente a lo psíquico. Y esta asimilación es, o una
petición de principio, que no deja lugar a la interrogación
de si todo lo psíquico tiene también que ser consciente, o
una pura convención. En este último caso resulta, como toda
convención, irrebatible, y sólo nos preguntamos si resulta
en realidad tan útil y adecuada, que hayamos de agregarnos a ella.
Pero podemos afirmar, que la equiparación de lo psíquico con
lo consciente es por completo inadecuada. Destruye las continuidades psíquicas,
nos sume en las insolubles dificultades del paralelismo psicofísico,
sucumbe al reproche de exagerar sin fundamento alguno la misión de
la conciencia, y nos obliga a abandonar prematuramente el terreno de la
investigación psicológica, sin ofrecernos compensación
ninguna en otros sectores.
Por otra parte, es evidente que la discusión de si hemos de considerar
como estados anímicos inconscientes o como estados físicos
los estados latentes de la vida anímica, amenaza convertirse en una
mera cuestión de palabras. Así, pues, es aconsejable situar
en primer término aquello que de la naturaleza de tales estados nos
es seguramente conocido. Ahora bien los caracteres físicos de estos
estados nos son totalmente inaccesibles; ninguna representación fisiológica
ni ningún proceso químico pueden darnos una idea de su esencia.
En cambio, es indudable que representan amplio contacto con los procesos
anímicos conscientes. Una cierta elaboración permite incluso
transformarnos en tales procesos o sustituirlos por ellos y pueden ser descritos
por medio de todas las categorías que aplicamos a los actos psíquicos
conscientes tales como representaciones, tendencias, decisiones, etc. De
muchos de estos estados podemos incluso decir, que sólo la ausencia
de la conciencia los distingue de los conscientes. No vacilaremos, pues,
en considerarlos como objetos de la investigación psicológica,
íntimamente relacionados con los actos psíquicos conscientes.
La tenaz negativa a admitir el carácter psíquico de los actos
anímicos latentes se explica por el hecho de que la mayoría
de los fenómenos de referencia no han sido objeto de estudio fuera
del psicoanálisis. Aquellos que desconociendo los hechos patológicos,
consideran como casualidad los actos fallidos y se agregan a la antigua
opinión de que «los sueños son vana espuma», no
necesitan ya sino pasar por alto algunos enigmas de la psicología
de la conciencia, para poder ahorrarse el reconocimiento de una actividad
psíquica inconsciente. Además, los experimentos hipnóticos,
y especialmente la sugestión posthipnótica, demostraron ya,
antes del nacimiento del psicoanálisis, la existencia y la actuación
de lo anímico inconsciente.
La aceptación de lo inconsciente es además perfectamente legítima,
en tanto en cuanto al establecerla no nos hemos separado un ápice
de nuestro método deductivo, que consideramos correcto. La conciencia
no ofrece al individuo más que el conocimiento de sus propios estados
anímicos. La afirmación de que también los demás
hombres poseen una conciencia es una conclusión que deducimos «per
analogiam», basándonos en sus actos y manifestaciones perceptibles
y con el fin de hacernos comprensible su conducta. (Más exacto, psicológicamente,
será decir que atribuimos a los demás, sin necesidad de una
reflexión especial, nuestra propia constitución, y, por lo
tanto, también nuestra conciencia, y que esta identificación
es la premisa de nuestra comprensión.) Esta conclusión -o
esta identificación- hubo de extenderse antiguamente desde el Yo,
no sólo a los demás hombres, sino también a los animales,
plantas, objetos inanimados y al mundo en general, y resultó utilizable
mientras la analogía con el Yo individual fue suficientemente amplia,
dejando luego de ser adecuada conforme «lo demás» fue
separándose del Yo. Nuestra crítica actual duda en lo que
respecta a la conciencia de los animales, la niega a las plantas y relega
al misticismo la hipótesis de una conciencia de lo inanimado. Pero
también allí donde la tendencia originaria a la identificación
ha resistido el examen crítico, esto es, en nuestros semejantes,
la aceptación de una conciencia reposa en una deducción y
no en una irrebatible experiencia directa como la de nuestro propio psiquismo
consciente.
El psicoanálisis no exige sino que apliquemos también este
procedimiento deductivo a nuestra propia persona, labor en cuya realización
no nos auxilia, ciertamente, tendencia constitucional alguna. Procediendo
así, hemos de convenir en que todos los actos y manifestaciones que
en nosotros advertimos, sin que sepamos enlazarlos con el resto de nuestra
vida activa, han de ser considerados como si pertenecieran a otra persona
y deben ser explicados por una vida anímica a ella atribuida. La
experiencia muestra también que, cuando se trata de otras personas,
sabemos interpretar muy bien, esto es, incluir en la coherencia anímica,
aquellos mismos actos a los que negamos el reconocimiento psíquico
cuando se trata de nosotros mismos. La investigación es desviada,
pues, de la propia persona, por un obstáculo especial, que impide
su exacto conocimiento.
Este procedimiento deductivo aplicado no sin cierta resistencia interna,
a nuestra propia persona, no nos lleva al descubrimiento de un psiquismo
inconsciente sino a la hipótesis de una segunda conciencia reunida
en nosotros, a la que nos es conocida. Pero contra esta hipótesis
hallamos en seguida justificadísimas objeciones. En primer lugar,
una conciencia de la que nada sabe el propio sujeto, es algo muy distinto
de una conciencia ajena, y ni siquiera parece indicado entrar a discutirla,
ya que carece del principal carácter de tal. Aquellos que se han
resistido a aceptar la existencia de un psiquismo inconsciente, menos podrán
admitir la de una conciencia inconsciente. Pero además, nos indica
el análisis, que los procesos anímicos latentes deducidos,
gozan entre sí de una gran independencia, pareciendo no hallarse
relacionados ni saber nada unos de otros. Así, pues, habríamos
de aceptar no sólo una segunda conciencia, sino toda una serie ilimitada
de estados de conciencia, ocultos a nuestra percatación e ignorados
unos a otros. Por último, ha de tenerse en cuenta -y éste
es el argumento de más peso- que según nos revela la investigación
psicoanalítica, una parte de tales procesos latentes posee caracteres
y particularidades que nos parecen extraños, increíbles y
totalmente opuestos a las cualidades por nosotros conocidas, de la conciencia.
Todo esto nos hace modificar la conclusión del procedimiento deductivo
que hemos aplicado a nuestra propia persona, en el sentido de no admitir
ya en nosotros la existencia de una segunda conciencia, sino la de actos
carentes de conciencia. Asimismo, habremos de rechazar, por ser incorrecto
y muy susceptible de inducir en error, el término «subconciencia».
Los casos conocidos de«double conscience» (disociación
de la conciencia) no prueban nada contrario a nuestra teoría, pudiendo
ser considerados como casos de disociación de las actividades psíquicas
en dos grupos, hacia los cuales se orienta alternativamente la conciencia.
El psicoanálisis nos obliga, pues, a afirmar, que los procesos psíquicos
son inconscientes y a comparar su percepción por la conciencia con
la del mundo exterior por los órganos sensoriales. Esta comparación
nos ayudará, además, a ampliar nuestros conocimientos. La
hipótesis psicoanalítica de la actividad psíquica inconsciente,
constituye, en un sentido, una continuación del animismo, que nos
mostraba por doquiera, fieles imágenes de nuestra conciencia, y en
otro, la de la rectificación llevada a cabo por Kant, de la teoría
de la percepción externa. Del mismo modo que Kant nos invitó
a no desatender la condicionalidad subjetiva de nuestra percepción
y a no considerar nuestra percepción idéntica a lo percibido
incognoscible, nos invita el psicoanálisis a no confundir la percepción
de la conciencia con el proceso psíquico inconsciente, objeto de
la misma. Tampoco lo psíquico necesita ser en realidad tal como lo
percibimos. Pero hemos de esperar que la rectificación de la percepción
interna no oponga tan grandes dificultades como la de la externa y que el
objeto interior sea menos incognoscible que el mundo exterior.
II. La multiplicidad de sentido de lo inconsciente y el punto de vista tópico
Antes de continuar, queremos dejar establecido el hecho, tan importante
como espinoso, de que la inconsciencia no es sino uno de los múltiples
caracteres de lo psíquico, no bastando, pues, por sí solo,
para formar su característica. Existen actos psíquicos de
muy diversa categoría, que, sin embargo, coinciden en el hecho de
ser inconscientes. Lo inconsciente comprende, por un lado actos latentes
y temporalmente inconscientes, que fuera de esto, en nada se diferencian
de los conscientes, y por otro, procesos tales como los reprimidos, que
si llegaran a ser conscientes presentarían notables diferencias con
los demás de este género.
Si en la descripción de los diversos actos psíquicos pudiéramos
prescindir por completo de su carácter consciente o inconsciente,
y clasificarlos atendiendo únicamente a su relación con los
diversos instintos y fines, a su composición y a su pertenencia a
los distintos sistemas psíquicos subordinados unos a otros, lograríamos
evitar todo error de interpretación. Pero no siéndonos posible
proceder en esta forma, por oponerse a ello varias e importantes razones,
habremos de resignarnos al equívoco que ha de representar el emplear
los términos «consciente» e «inconsciente»
en sentido descriptivo unas veces, y otras, cuando sean expresión
de la pertenencia a determinados sistemas y de la posesión de ciertas
cualidades, en sentido sistemático. También podríamos
intentar evitar la confusión, designando los sistemas psíquicos
reconocidos, con nombres arbitrarios que no aludiesen para nada a la conciencia.
Pero antes de hacerlo así, habríamos de explicar en qué
fundamos la diferenciación de los sistemas, y en esta explicación
nos sería imposible eludir el conocimiento, que constituye el punto
de partida de todas nuestras investigaciones. Nos limitaremos, pues, a emplear
un sencillo medio auxiliar consistente en sustituir, respectivamente, los
términos «conciencia» e «inconsciente», por
las fórmulas Cc. e Inc., siempre que usemos estos términos
en sentido sistemático.
Pasando ahora a la exposición positiva, afirmaremos que según
nos demuestra el psicoanálisis, un acto psíquico pasa generalmente
por dos estados o fases, entre los cuales se halla intercalada una especie
de examen (censura). En la primera fase, es inconsciente y pertenece al
sistema Inc. Si al ser examinado por la censura es rechazado, le será
negado el paso a la segunda fase, lo calificaremos de «reprimido»
y tendrá que permanecer inconsciente. Pero si sale triunfante del
examen, pasará a la segunda fase y a pertenecer al segundo sistema,
o sea al que hemos convenido en llamar sistema Cc. Sin embargo, su relación
con la conciencia no quedará fijamente determinada por tal pertenencia.
No es todavía consciente, pero sí capaz de conciencia (según
la expresión de J. Breuer). Quiere esto decir, que bajo determinadas
condiciones, puede llegar a ser sin que a ello se oponga resistencia especial
alguna, objeto de la conciencia. Atendiendo a esta capacidad de conciencia,
damos también al sistema Cc. el nombre de «preconciente».
Si más adelante resulta que también el acceso de lo preconciente
a la conciencia se halla codeterminado por una cierta censura, diferenciaremos
más precisamente entre sí los Prec. y Cc. Mas por lo pronto,
nos bastará retener que el sistema Prec. comparte las cualidades
del sistema Cc. y que la severa censura ejerce sus funciones en el paso
desde el Inc. al Prec. (o Cc.).
Con la aceptación de estos (dos o tres) sistemas psíquicos,
se ha separado el psicoanálisis un paso más de la psicología
descriptiva de la conciencia, planteándose un nuevo acervo de problemas
y adquiriendo un nuevo contenido. Hasta aquí se distinguía
principalmente de la psicología por su concepción dinámica
de los procesos anímicos, a la cual viene a agregarse ahora su aspiración
a atender también a la tópica psíquica y a indicar
dentro de qué sistema o entre qué sistemas se desarrolla un
acto psíquico cualquiera. Esta aspiración ha valido al psicoanálisis
el calificativo de psicología de las profundidades (Tiefenpsychologie).
Más adelante hemos de ver cómo todavía integra otro
interesantísimo punto de vista.
Si queremos establecer seriamente una tópica de los actos anímicos,
habremos de comenzar por resolver una duda que en seguida se nos plantea.
Cuando un acto psíquico (limitándonos aquí a aquellos
de la naturaleza de una representación), pasa del sistema Inc. al
sistema Cc. ¿hemos de suponer que con este paso se halla enlazada
una nueva fijación, o como pudiéramos decir, una segunda inscripción
de la representación de que se trate, inscripción que de este
modo podrá resultar integrada en una nueva localidad psíquica,
y junto a la cual continúa existiendo la primitiva inscripción
inconsciente? ¿O será más exacto admitir que el paso
de un sistema a otro consiste en un cambio de estado, que tiene efecto en
el mismo material y en la misma localidad? Esta pregunta puede parecer abstrusa,
pero es obligado plantearla si queremos formarnos una idea determinada de
la tópica psíquica, esto es, de la tercera dimensión
psíquica. Resulta difícil de contestar, porque va más
allá de lo puramente psicológico y entra en las relaciones
del aparato anímico con la anatomía. La investigación
científica ha demostrado irrebatiblemente la existencia de tales
relaciones, mostrando que la actividad anímica se halla enlazada
a la función del cerebro como a ningún otro órgano.
Más allá todavía -y aún no sabemos cuánto-,
nos lleva al descubrimiento del valor desigual de las diversas partes del
cerebro y sus particulares relaciones con partes del cuerpo y actividades
espirituales determinadas. Pero todas las tentativas realizadas para fijar,
partiendo del descubrimiento antes citado, una localización de los
procesos anímicos, y todos los esfuerzos encaminados a imaginar almacenadas
las representaciones en células nerviosas, y trasmitidos los estímulos
a lo largo de fibras nerviosas, han fracasado totalmente. Igual suerte correría
una teoría que fijase el lugar anatómico del sistema Cc.,
o sea de la actividad anímica consciente en la corteza cerebral,
y transfiriese a las partes subcorticales del cerebro los procesos inconscientes.
Existe aquí una solución de continuidad, cuya supresión
no es posible llevar a cabo, por ahora, ni entra tampoco en los dominios
de la psicología. Nuestra tópica psíquica no tiene,
de momento, nada que ver con la anatomía, refiriéndose a regiones
del aparato anímico, cualquiera que sea el lugar que ocupen en el
cuerpo, y no a localidades anatómicas.
Nuestra labor, en este aspecto es de completa libertad y puede proceder
conforme vayan marcándoselo sus necesidades. De todos modos, no deberemos
olvidar que nuestras hipótesis no tienen, en un principio, otro valor
que el de simples esquemas aclaratorios. La primera de las dos posibilidades
que antes expusimos, o sea la de que la fase consciente de la representación
significa una nueva inscripción de la misma en un lugar diferente,
es, desde luego, la más grosera, pero también la más
cómoda. La segunda hipótesis, o sea la de un cambio de estado
meramente funcional, es desde un principio más verosímil,
pero menos plástica y manejable. Con la primera hipótesis
-tópica- aparecen enlazadas la de una separación tópica
de los sistemas Inc. y Cc., y la posibilidad de que una representación
exista simultáneamente en dos lugares del aparato psíquico,
e incluso pase regularmente del uno al otro, sin perder, eventualmente,
su primera residencia o inscripción.
Esto parece extraño, pero podemos alegar en su apoyo determinadas
impresiones que recibimos durante la práctica psicoanalítica.
Cuando comunicamos a un paciente una representación por él
reprimida en su día y adivinada por nosotros, esta revelación
no modifica en nada, al principio, su estado psíquico. Sobre todo,
no levanta la represión ni anula sus efectos, como pudiera esperarse,
dado que la representación antes inconsciente ha devenido consciente.
Por el contrario, sólo se consigue al principio una nueva repulsa
de la representación reprimida. Pero el paciente posee ya, efectivamente,
en dos distintos lugares de su aparato anímico y bajo dos formas
diferentes, la misma representación. Primeramente posee el recuerdo
consciente de la huella auditiva de la representación tal y como
se la hemos comunicado, y además tenemos la seguridad de que lleva
en sí, bajo su forma primitiva, el recuerdo inconsciente del suceso
de que se trate. El levantamiento de la represión no tiene efecto,
en realidad, hasta que la representación consciente entra en contacto
con la huella mnémica inconsciente después de haber vencido
las resistencias. Sólo el acceso a la conciencia de dicha huella
mnémica inconsciente puede acabar con la represión. A primera
vista parece esto demostrar que la representación consciente y la
inconsciente son diversas inscripciones, tópicamente separadas, del
mismo contenido. Pero una reflexión más detenida nos prueba
que la identidad de la comunicación con el recuerdo reprimido del
sujeto es tan sólo aparente. El haber oído algo y el haberlo
vivido, son dos cosas de naturaleza psicológica totalmente distinta,
aunque posean igual contenido.
No nos es factible, de momento, decidir entre las dos posibilidades indicadas.
Quizá más adelante hallemos factores que nos permitan tal
decisión, o descubramos que nuestro planteamiento de la cuestión
ha sido insuficiente y que la diferenciación de las representaciones
consciente e inconsciente ha de ser determinada en una forma completamente
distinta.
III. Sentimientos inconscientes
Habiendo limitado nuestra discusión a las representaciones, podemos
plantear ahora una nueva interrogación, cuya respuesta ha de contribuir
al esclarecimiento de nuestras opiniones teóricas. Dijimos que había
representaciones conscientes e inconscientes. ¿Existirán también
impulsos instintivos, sentimientos y sensaciones inconscientes, o carecerá
de todo sentido aplicar a tales elementos dichos calificativos?
A mi juicio, la antítesis de «consciente» e «inconsciente»
carece de aplicación al instinto. Un instinto no puede devenir nunca
objeto de la conciencia. Únicamente puede serlo la idea que lo representa.
Pero tampoco en lo consciente puede hallarse representado más que
por una idea. Si el instinto no se enlazara a una idea ni se manifestase
como un estado afectivo, nada podríamos saber de él. Así,
pues, cuando empleando una expresión inexacta, hablamos de impulsos
instintivos, inconscientes o reprimidos no nos referimos sino a impulsos
instintivos, cuya representación ideológica es inconsciente.
Pudiera creerse igualmente fácil, dar respuesta a la pregunta de
si, en efecto, existen sensaciones, sentimientos y afectos inconscientes.
En la propia naturaleza de un sentimiento, está el ser percibido,
o sea, conocido por la conciencia. Así, pues, los sentimientos, sensaciones
y afectos, carecerían de toda posibilidad de inconsciencia. Sin embargo,
en la práctica psicoanalítica, acostumbramos a hablar de amor,
odio y cólera inconscientes, e incluso empleamos la extraña
expresión de «conciencia inconsciente de la culpa», o
la paradójica de «miedo inconsciente». Habremos, pues,
de preguntarnos, si con estas expresiones no cometemos una inexactitud mucho
más importante que la de hablar de «instintos inconscientes».
Pero la situación es, aquí, completamente distinta. Puede
suceder, en primer lugar, que un afecto o sentimiento sea percibido, pero
erróneamente interpretado. Por la represión de su verdadera
representación, se ha visto obligado a enlazarse a otra idea, y es
considerado, entonces, por la conciencia, como una manifestación
de esta última. Cuando reconstituimos el verdadero enlace, calificamos
de «inconsciente» el sentimiento primitivo, aunque su afecto
no fue nunca inconsciente y sólo su representación sucumbió
al proceso represivo. El uso de las expresiones «afecto inconsciente»
y «sentimiento inconsciente», se refiere, en general, a los
destinos que la represión impone al factor cuantitativo del movimiento
instintivo. (Véase nuestro estudio de la represión). Sabemos
que tales testimonios son en número de tres: el afecto puede perdurar
total o fragmentariamente como tal; puede experimentar una transformación
en otro montante de afecto, cualitativamente distinto, sobretodo en angustia,
o puede ser reprimido, esto es, coartado en su desarrollo. (Estas posibilidades
pueden estudiarse más fácilmente quizá, en la elaboración
onírica, que en las neurosis). Sabemos también, que la coerción
del desarrollo de afecto es el verdadero fin de la represión, y que
su labor queda incompleta cuando dicho fin no es alcanzado. Siempre que
la represión consigue impedir el desarrollo de afecto, llamamos inconscientes
a todos aquellos afectos que reintegramos a su lugar al deshacer la labor
represiva. Así, pues, no puede acusársenos de inconsecuentes
en nuestro modo de expresarnos. De todas maneras, al establecer un paralelo
con la representación inconsciente surge la importante diferencia
de que dicha representación perdura, después de la represión
y en calidad de producto real, en el sistema Inc., mientras que al afecto
inconsciente, sólo corresponde, en este sistema, una posibilidad
de agregación, que no pudo llegar a desarrollarse. Así, pues,
aunque nuestra forma de expresión sea irreprochable, no hay estrictamente
hablando, afectos inconscientes, como hay representaciones inconscientes.
En cambio, puede haber muy bien en el sistema Inc. productos afectivos que,
como otros, llegan a ser conscientes. La diferencia procede, en su totalidad,
de que las representaciones son cargas psíquicas y en el fondo cargas
de huellas mientras que los afectos y los sentimientos corresponden a procesos
de descarga cuyas últimas manifestaciones son percibidas como sensaciones.
En el estado actual de nuestro conocimiento de los afectos y sentimientos
no podemos expresar más claramente esta diferencia.
La comprobación de que la represión puede llegar a coartar
la transformación del impulso instintivo en una manifestación
afectiva, presenta para nosotros un particular interés. Nos revela,
en efecto, que el sistema Cc. regula normalmente la afectividad y el acceso
a la motilidad, y eleva el valor de la represión, mostrándonos,
que no sólo excluye de la conciencia a lo reprimido, sino que le
impide también provocar el desarrollo de afecto y estimular la actividad
muscular. Invirtiendo nuestra exposición, podemos decir que mientras
el sistema Cc. regula la afectividad y la motilidad, calificamos de normal
el estado psíquico de un individuo. Sin embargo, no puede ocultársenos
una cierta diferencia entre las relaciones del sistema dominante con cada
uno de los dos actos afines de descarga. En efecto, el dominio de la motilidad
contingente por el sistema Cc. se halla firmemente arraigado; resiste los
embates de la neurosis y sólo sucumbe ante la psicosis. En cambio,
el dominio que dicho sistema ejerce sobre el desarrollo de afecto, es mucho
menos consistente. Incluso en la vida normal, puede observarse una constante
lucha de los sistemas Cc. e Inc., por el dominio de la afectividad, delimitándose
determinadas esferas de influencia y mezclándose las energías
actuantes.
La significación del sistema Cc. (Prec.) con respecto al desarrollo
de afecto y a la acción, nos descubre la de la representación
sustitutiva en la formación de la enfermedad. El desarrollo de afecto
puede emanar directamente del sistema Inc., y en este caso, tendrá
siempre el carácter de angustia, la cual es la sustitución
regular de los afectos reprimidos. Pero con frecuencia, el impulso instintivo
tiene que esperar a hallar en el sistema Cc. una representación sustitutiva,
y entonces se hace posible el desarrollo de afecto, partiendo de dicha sustitución
consciente cuya naturaleza marcará al afecto su carácter cualitativo.
Hemos afirmado que en la represión queda separado el afecto, de su
representación, después de lo cual, sigue cada uno de estos
elementos su destino particular. Esto es indiscutible desde el punto de
vista descriptivo, pero, en realidad, el afecto no surge nunca hasta después
de conseguida una nueva representación en el sistema Cc.
IV. Tópica y dinámica de la represión
Hemos llegado a la conclusión de que la represión es un proceso
que recae sobre representaciones y se desarrolla en la frontera entre los
sistemas Inc. y Cc. (Prec.) Vamos ahora a intentar describirlo más
minuciosamente. Tiene que efectuarse en él una sustracción
de carga psíquica, pero hemos de preguntarnos en qué sistema
se lleva a cabo esta sustracción y a qué sistema pertenece
la carga substraída.
La representación reprimida conserva en el sistema Inc., su capacidad
de acción; debe, pues, conservar también su carga. Por lo
tanto, lo substraído habrá de ser algo distinto. Tomemos el
caso de la represión propiamente dicha, tal y como se desarrolla
en una representación preconciente o incluso consciente. En este
caso, la represión no puede consistir sino en que la carga (pre)
consciente, perteneciente al sistema Prec., es substraída a la representación.
Ésta queda entonces descargada, recibe una carga emanada del sistema
Inc., o conserva la carga Inc. que antes poseía. Así, pues,
hallamos, aquí, una sustracción de la carga preconciente,
una conservación de la inconsciente, o una sustitución de
la primera por la segunda. Vemos, además, que hemos basado, sin intención
aparente, esta observación, en la hipótesis de que el paso
desde el sistema Inc. a otro inmediato, no sucede por una nueva inscripción,
sino por un cambio de estado, o sea, en este caso, por una transformación
de la carga. La hipótesis funcional ha derrotado aquí, sin
esfuerzo, a la tópica.
Este proceso de la sustracción de la libido, no es, sin embargo,
suficiente, para explicarnos otro de los caracteres de la represión.
No comprendemos por qué la representación que conserva su
carga o recibe otra nueva, emanada del sistema Inc., no habría de
renovar la tentativa de penetrar en el sistema Prec., valiéndose
de su carga. Habría, pues, de repetirse en ella, la sustracción
de libido, y este juego continuaría indefinidamente, pero sin que
su resultado fuese el de la represión. Este mecanismo de la sustracción
de la carga preconciente fallaría también si se tratase de
la represión primitiva, pues en ella nos encontramos ante una representación
inconsciente, que no ha recibido aún carga ninguna del sistema Prec.
y a la que, por lo tanto, no puede serle substraída una tal carga.
Necesitaríamos, pues, aquí, de otro proceso, que en el primer
caso, mantuviese la represión, y en el segundo, cuidase de constituirla
y conservarla, proceso que no podemos hallar sino admitiendo una contracarga
por medio de la cual se protege el sistema Prec. contra la presión
de la representación inconsciente. En diversos ejemplos clínicos,
veremos cómo se manifiesta esta contracarga, que se desarrolla en
el sistema Prec. y constituye, no sólo la representación del
continuado esfuerzo de una represión primitiva, sino también
la garantía de su duración. La contracarga es el único
mecanismo de la represión primitiva. En la represión propiamente
dicha, se agrega a él la sustracción de la carga Prec. Es
muy posible, que precisamente la carga substraída a la representación
sea la empleada para la contracarga.
Poco a poco, hemos llegado a introducir, en la exposición de los
fenómenos psíquicos, un tercer punto de vista, agregando,
así, al dinámico y al tópico, el económico,
el cual aspira a perseguir los destinos de las magnitudes de excitación
y a establecer una estimación, por lo menos relativa, de los mismos.
Considerando conveniente distinguir con un nombre especial, este último
sector de la investigación psicoanalítica, denominaremos «metapsicológica»
a aquella exposición en la que consigamos describir un proceso psíquico
conforme a sus relaciones dinámicas, tópicas y económicas.
Anticiparemos, que dado el estado actual de nuestros conocimientos, sólo
en algunos lugares aislados, conseguiremos desarrollar una tal exposición.
Comenzaremos por una tímida tentativa de llevar a cabo una descripción
metapsicológica del proceso de la represión en las tres neurosis
de transferencia conocidas. En ella, podemos sustituir el término
«carga psíquica» por el de «libido», pues
sabemos ya, que dichas neurosis dependen de los destinos de los instintos
sexuales.
En la histeria de angustia, se desatiende, con frecuencia, una primera fase
del proceso, perfectamente visible, sin embargo, para un observador cuidadoso.
Consiste esta fase en que la angustia surge sin que se haya percibido el
objeto que la origina. Hemos de suponer, pues, que en el sistema Inc. existía
un sentimiento erótico, que aspiraba a pasar al sistema Prec., pero
la carga de que tal sentimiento fue objeto, por parte de este sistema, se
retiró de él, como en un intento de fuga, y la carga inconsciente
de libido de la representación rechazada fue derivada en forma de
angustia.
Al repetirse, eventualmente, el proceso, se dio un primer paso hacia el
vencimiento del penoso desarrollo de angustia. La carga en fuga pasó
a una representación sustitutiva, asociativamente enlazada a la representación
rechazada, pero substraída, por su alejamiento de ella, a la represión
(sustitución por desplazamiento) y permitió una racionalización
del desarrollo de angustia, aún incoercible. La representación
sustitutiva desempeña entonces, para el sistema Cc., (Prec.), el
papel de una contracarga, asegurándolo contra la emergencia de la
representación reprimida, en el sistema Cc., y constituyendo, por
otro lado, el punto de partida de un desarrollo de angustia, incoercible
ya. La observación clínica nos muestra, por ejemplo, que el
niño enfermo de zoofobia siente angustia en dos distintas condiciones:
primeramente, cuando el impulso erótico reprimido experimenta una
intensificación, y en segundo lugar, cuando es percibido el animal
productor de angustia. La representación sustitutiva se conduce en
el primer caso, como un lugar de transición desde el sistema Inc.
al sistema Cc., y en el otro, como una fuente independiente de la génesis
de angustia. La extensión del dominio del sistema Cc. suele manifestarse
en que la primera forma de excitación de la representación
sustitutiva deja su lugar, cada vez más ampliamente, a la segunda.
El niño acaba, a veces, por conducirse como si no entrañara
inclinación ninguna hacia su padre, se hubiese libertado de él
en absoluto, y tuviera realmente miedo al animal. Pero este miedo, alimentado
por la fuente instintiva inconsciente, se muestra superior a todas las influencias
emanadas del sistema Cc. y delata, de este modo, tener su origen en el sistema
Inc.
La contracarga emanada del sistema Cc. lleva, pues, en la segunda fase de
la histeria de angustia, a la formación de un sustitutivo.
Este mismo mecanismo encuentra poco después una distinta aplicación.
Como ya sabemos, el proceso represivo no termina aquí, y encuentra
un segundo fin en la coerción del desarrollo de angustia emanado
de la sustitución. Esto sucede en la siguiente forma: todos los elementos
que rodean a la representación sustitutiva y se hallan asociados
con ella, reciben una carga psíquica de extraordinaria intensidad,
que les confiere una especial sensibilidad. De este modo, la excitación
de cualquier punto de la muralla defensiva formada en torno de la representación
sustitutiva, por tales elementos, provoca, por el enlace asociativo de los
mismos con dicha representación, un pequeño desarrollo de
angustia, que da la señal para coartar, por medio de una nueva fuga,
la continuación de dicho desarrollo. Cuanto más lejos de la
sustitución temida se hallan situadas las contracargas sensibles
y vigilantes, más precisamente puede funcionar el mecanismo que ha
de aislar a la representación sustitutiva y protegerla contra nuevas
excitaciones. Estas precauciones no protegen, naturalmente, más que
contra aquellas excitaciones que llegan desde el exterior y por el conducto
de la percepción, a la representación sustitutiva, pero no
contra la excitación instintiva, que partiendo de la conexión
con la representación reprimida, llega a la sustitutiva. Comienzan,
pues, a actuar cuando la sustitución se ha arrogado por completo
la representación de lo reprimido y nunca constituyen una plena garantía.
A cada intensificación de la excitación instintiva, tiene
que avanzar un tanto la muralla protectora que rodea a la representación
sustitutiva. Esta construcción, queda establecida también,
de un modo análogo, en las demás neurosis, y la designamos
con el nombre de «fobia». Las precauciones, prohibiciones y
privaciones, características de la histeria de angustia, son la expresión
de la fuga ante la carga consciente de la representación sustitutiva.
Considerando el proceso en su totalidad, podemos decir, que la tercera fase
repite con mayor amplitud la labor de la segunda. El sistema Cc. se protege
ahora, contra la actividad de la representación sustitutiva, por
medio de la contracarga de los elementos que le rodean, como antes se protegía,
por medio de la carga de la representación sustitutiva, contra la
emergencia de la representación reprimida. La formación de
sustitutivos por desplazamiento, queda continuada en esta forma. Al principio,
el sistema Cc. no ofrecía sino un único punto -la representación
sustitutiva- accesible al impulso instintivo reprimido; en cambio, luego,
toda la construcción fóbica constituye un campo abierto a
las influencias inconscientes. Por último, hemos de hacer resaltar
el interesantísimo punto de vista de que por medio de todo el mecanismo
de defensa puesto en actividad, queda proyectado al exterior el peligro
instintivo. El Yo se conduce como si la amenaza del desarrollo de angustia
no procediese de un impulso instintivo sino de una percepción y puede,
por lo tanto, reaccionar contra esta amenaza exterior, por medio de las
tentativas de fuga que suponen las precauciones de la fobia. En este proceso
represivo, se consigue poner un dique a la génesis de angustia, pero
sólo a costa de graves sacrificios de la libertad personal. Ahora
bien, el intento de fuga ante una aspiración instintiva, es en general,
inútil, y el resultado de la fuga fóbica es siempre insatisfactorio.
Gran parte de las circunstancias observadas en la histeria de angustia se
repite en las otras dos neurosis. Podemos, pues, limitarnos a señalar
las diferencias y a examinar la misión de la contracarga. En la histeria
de conversión, es transformada la carga instintiva de la representación
reprimida en una inervación del síntoma. Hasta qué
punto y bajo qué condiciones queda avenada la representación
inconsciente por esta descarga, siéndole ya posible cesar en su aspiración
hacia el sistema Cc., son cuestiones que habremos de reservar para una investigación
especial de la histeria. La función de la contracarga que parte del
sistema Cc. (Prec.) resalta claramente en la histeria de conversión
y se nos revela en la formación de síntomas. La contracarga
es la que elige el elemento de la representación del instinto en
el que ha de ser concentrada toda la carga del mismo. Este fragmento elegido
para síntoma cumple la condición de dar expresión,
tanto al fin optativo del movimiento instintivo como a la aspiración
defensiva o punitiva del sistema Cc. Por lo tanto, es traducido y mantenido
por ambos lados, como la representación sustitutiva de la histeria
de angustia. De esta circunstancia podemos deducir que el esfuerzo represivo
del sistema Cc. no necesita ser tan grande como la energía de carga
del síntoma, pues la intensidad de la representación se mide
por la contracarga empleada, y el síntoma no se apoya solamente en
la contracarga sino también en la carga instintiva condensada en
él y emanada del sistema Inc.
Con respecto a la neurosis obsesiva, bastará añadir una sola
observación a las ya expuestas. En ella se nos muestra más
visiblemente que en las otras neurosis la contracarga del sistema Cc. Esta
contracarga, organizada como una formación reactiva, es que lleva
a cabo la primera represión y en la que tiene efecto, después,
la emergencia de la representación reprimida. Del predominio de la
contracarga y de la falta de derivación, depende, a nuestro juicio,
que la obra de la represión aparezca menos conseguida en la histeria
de angustia y en la neurosis obsesiva que en la histeria de conversión.
V. Cualidades especiales del sistema Inc.
La diferenciación de los dos sistemas psíquicos adquiere una
nueva significación cuando nos damos cuenta de que los procesos del
sistema Inc. muestran cualidades que no volvemos a hallar en los sistemas
superiores inmediatos.
El nódulo del sistema Inc. está constituido por representaciones
de instintos, que aspiran a derivar su carga, o sea por impulsos optativos.
Estos impulsos instintivos se hallan coordinados entre sí y coexisten
sin influir unos sobre otros ni tampoco contradecirse. Cuando dos impulsos
optativos, cuyos fines nos parecen inconciliables, son activados al mismo
tiempo, no se anulan recíprocamente sino que se unen para formar
un fin intermedio, o sea una transacción.
En este sistema no hay negación ni duda alguna, ni tampoco grado
ninguno de seguridad. Todo esto es aportado luego por la labor de la censura
que actúa entre los sistemas Inc. y Prec. La negación es una
sustitución de la represión. En el sistema Inc. no hay sino
contenidos más o menos enérgicamente cargados [«catectizados»
(«besetzt»), (Nota del E.)].
En cambio, reina en él una mayor movilidad de las intensidades de
carga. Por medio del proceso del desplazamiento, puede una representación
transmitir a otra todo el montante de su carga, y por el de la condensación,
acoger en sí toda la carga de varias otras. A mi juicio, deben considerarse
estos dos procesos como caracteres del llamado proceso psíquico primario.
En el sistema Prec. domina el proceso secundario. Cuando un tal proceso
primario recae sobre elementos del sistema Prec., lo juzgamos «cómico»
y despierta la risa.
Los procesos del sistema Inc. se hallan fuera de tiempo, esto es, no aparecen
ordenados cronológicamente, no sufren modificación ninguna
por el transcurso del tiempo y carecen de toda relación con él.
También la relación temporal se halla ligada a la labor del
sistema Cc.
Los procesos del sistema Inc. carecen también de toda relación
con la realidad. Se hallan sometidos al principio del placer y su destino
depende exclusivamente de su fuerza y de la medida en que satisfacen las
aspiraciones de la regulación del placer y el displacer.
Resumiendo, diremos que los caracteres que esperamos encontrar en los procesos
pertenecientes al sistema Inc. son la falta de contradicción, el
proceso primario (movilidad de las cargas), la independencia del tiempo
y la sustitución de la realidad exterior por la psíquica.
Los procesos inconscientes no se nos muestran sino bajo las condiciones
del fenómeno onírico y de las neurosis, o sea cuando los procesos
del sistema Prec., superior al Inc. son transferidos, por una regresión,
a una fase anterior. De por sí, son incognoscibles e incapaces de
existencia, pues el sistema Inc. es cubierto muy pronto por el Prec., que
se apodera del acceso a la conciencia y a la motilidad. La descarga del
sistema Inc. tiene lugar por medio de la inervación somática
y el desarrollo de afecto, pero también estos medios de descarga
le son disputados como ya sabemos, por el sistema Prec. Por sí solo
no podría el sistema Inc. provocar en condiciones normales, ninguna
acción muscular adecuada, con excepción de aquellas organizadas
ya como reflejos.
La completa significación de los caracteres antes descritos del sistema
Inc., se nos revelaría en cuanto los comparásemos con las
cualidades del sistema Prec.; pero esto nos llevaría tan lejos, que
preferimos aplazar dicha comparación hasta ocuparnos del sistema
superior (*). Así, pues, sólo expondremos ahora lo más
indispensable.
Los procesos del sistema Prec. muestran ya, sean conscientes o sólo
capaces de conciencia, una coerción de la tendencia a la descarga
de las representaciones cargadas. Cuando el proceso pasa de una representación
a otra, conserva la primera una parte de su carga, y sólo queda desplazado
un pequeño montante de la misma. Los desplazamientos y condensaciones
quedan excluidos o muy limitados. Esta circunstancia ha impulsado a J. Breuer
a admitir dos diversos estados de la energía de carga en la vida
anímica. Un estado tónicamente fijo y otro libremente móvil
que aspira a la descarga. A mi juicio, representa esta diferenciación
nuestro más profundo conocimiento de la esencia de la energía
nerviosa y no veo cómo podría prescindirse de él. Sería
una urgente necesidad de la exposición metapsicológica, aunque
quizá todavía una empresa demasiado atrevida, proseguir la
discusión partiendo de este punto.
Al sistema Prec. le corresponden, además, la constitución
de una capacidad de relación entre los contenidos de las representaciones,
de manera que puedan influirse entre sí, la ordenación temporal
de dichos contenidos, y la introducción de una o varias censuras
del examen de la realidad y del principio de la realidad. También
la memoria consciente parece depender por completo del sistema Prec. y debe
distinguirse de las huellas mnémicas en las que se fijan los sucesos
del sistema Inc., pues corresponden verosímilmente a una inscripción
especial, semejante a la que admitimos al principio y rechazamos después,
para la relación de la represión consciente con la inconsciente.
Encontraremos también aquí el medio de poner fin a nuestra
vacilación en la calificación del sistema superior, al cual
llamamos ahora tan pronto sistema Prec. como sistema Cc.
No debemos apresurarnos, sin embargo, a generalizar lo que hasta aquí
hemos descubierto sobre la distribución de las funciones anímicas
entre los dos sistemas. Describimos las circunstancias tal y como se nos
muestran en sujetos adultos, en los cuales el sistema Inc. no funciona,
estrictamente considerado, sino como una fase preliminar de la organización
superior. El contenido y las relaciones de este sistema durante el desarrollo
individual, y su significación en los animales, no pueden ser deducidos
de nuestra descripción, sino de una investigación especial.
Asimismo, debemos hallarnos preparados a encontrar en el hombre, condiciones
patológicas, en las cuales los dos sistemas modifican su contenido
y sus caracteres o los cambian entre sí.
«Sigmund Freud: Obras Completas», en «Freud total»
1.0 (versión electrónica)
VI. Relaciones entre ambos sistemas.
Sería erróneo representarse que el sistema Inc. permanece
inactivo y que toda la labor psíquica es efectuada por el sistema
Prec., resultando así, el sistema Inc., un órgano rudimentario,
residuo del desarrollo. Igualmente sería equivocado suponer, que
la relación de ambos sistemas se limita al acto de la represión,
en el cual el sistema Prec. arrojaría a los abismos del sistema Inc.
todo aquello que le pareciese perturbador. Por el contrario, el sistema
Inc. posee una gran vitalidad, es susceptible de un amplio desarrollo y
mantiene una serie de otras relaciones con el Prec., entre ellas la de cooperación.
Podemos, pues, decir, sintetizando, que el sistema Inc. continúa
en ramificaciones, siendo accesible a las influencias de la vida, influyendo
constantemente sobre el Prec. y hallándose, por su parte, sometido
a las influencias de éste.
El estudio de las ramificaciones del sistema Inc. defraudará nuestra
esperanza de una separación esquemáticamente precisa entre
los dos sistemas psíquicos. Esta decepción hará considerar
insatisfactorios nuestros resultados y será probablemente utilizada
para poner en duda el valor de nuestra diferenciación de los procesos
psíquicos. Pero hemos de alegar, que nuestra labor no es sino la
de transformar en una teoría los resultados de la observación
y que nunca nos hemos obligado a construir, de buenas a primeras, una teoría
absolutamente clara y sencilla. Así, pues, defenderemos sus complicaciones
mientras demuestren corresponder a la observación, y continuaremos
esperando llegar con ella a un conocimiento final de la cuestión,
que siendo sencillo en sí, refleje, sin embargo, las complicaciones
de la realidad.
Entre las ramificaciones de los impulsos inconscientes, cuyos caracteres
hemos descrito, existen algunas que reúnen en sí las determinaciones
más expuestas. Por un lado, presentan un alto grado de organización,
se hallan exentas de contradicciones, han utilizado todas las adquisiciones
del sistema Cc. y apenas se diferencian de los productos de este sistema,
pero en cambio, son inconscientes e incapaces de conciencia. Pertenecen,
pues, cualitativamente, al sistema Prec.; pero efectivamente, al Inc. Su
destino depende totalmente de su origen, y podemos compararlas con aquellos
mestizos, semejantes en general, a los individuos de la raza blanca, pero
que delatan su origen mixto, por diversos rasgos visibles, y quedan así
excluidos de la sociedad y del goce de las prerrogativas de los blancos.
Aquellos productos de la fantasía de los normales y de los neuróticos,
que reconocimos como fases preliminares de la formación de sueños
y de síntomas, productos que a pesar de su alto grado de organización
permanecen reprimidos y no pueden, por lo tanto, llegar a la conciencia,
son formaciones de este género. Se aproximan a la conciencia y permanecen
cercanos a ella, sin que nada se lo estorbe, mientras su carga es poco intensa,
pero en cuanto ésta alcanza una cierta intensidad, quedan rechazados.
Ramificaciones de lo inconsciente, igualmente organizadas, son también
las formaciones sustitutivas, pero éstas consiguen el acceso a la
conciencia merced a una relación favorable, por ejemplo, merced a
su coincidencia con una contracarga del sistema Prec.
Investigando más detenidamente, en otro lugar, las condiciones del
acceso a la conciencia, lograremos resolver muchas de las dificultades que
aquí se nos oponen. Para ello, creemos conveniente invertir el sentido
de nuestro examen, y si hasta ahora hemos seguido una dirección ascendente,
partiendo del sistema Inc. y elevándonos hacia el sistema Cc., tomaremos
ahora a este último, como punto de partida. Frente a la conciencia,
hallamos la suma total de los procesos psíquicos, que constituyen
el reino de lo preconciente. Una gran parte de lo preconciente procede de
lo inconsciente, constituye una ramificación de tal sistema y sucumbe
a una censura antes de poder hacerse consciente. En cambio, otra parte de
dicho sistema Prec. es capaz de conciencia sin previo examen por la censura.
Queda aquí, contradicha, una de nuestras hipótesis anteriores.
En nuestro estudio de la represión, nos vimos forzados a situar entre
los sistemas Inc. y Prec. la censura, que decide el acceso a la conciencia,
y ahora encontramos una censura entre el sistema Prec. y el Cc. Pero no
deberemos ver en esta complicación, una dificultad, sino aceptar
que a todo paso desde un sistema al inmediatamente superior, esto es, a
todo progreso hacia una fase más elevada de la organización
psíquica, corresponde una nueva censura. La hipótesis de una
continua renovación de las inscripciones, queda de este modo anulada.
La causa de todas estas dificultades, es que la conciencia, único
carácter de los procesos psíquicos que nos es directamente
dado, no se presta, en absoluto, a la distinción de sistemas. La
observación nos ha mostrado que lo consciente no es siempre consciente,
sino latente también durante largos espacios de tiempo, y además,
que muchos de los elementos que comparten las cualidades del sistema Prec.
no llegan a ser conscientes. Más adelante, hemos de ver asimismo,
que el acceso a la conciencia queda limitado por determinadas orientaciones
de su atención. La conciencia presenta de este modo, con los sistemas
y con la represión, relaciones nada sencillas.
En realidad, sucede que no sólo permanece ajeno a la conciencia lo
psíquico reprimido, sino también una parte de los sentimientos
que dominan a nuestro Yo, o sea la más enérgica antítesis
funcional de lo reprimido. Por lo tanto, si queremos llegar a una consideración
metapsicológica de la vida psíquica, habremos de aprender
a emanciparnos de la significación del síntoma «conciencia».
Mientras no llegamos a emanciparnos en esta forma, queda interrumpida nuestra
generalización, por continuas excepciones. Vemos, en efecto, que
ciertas ramificaciones del sistema Inc. devienen conscientes, como formaciones
sustitutivas y como síntomas, generalmente después de grandes
deformaciones, pero muchas veces, conservando gran cantidad de los caracteres
que provocan la represión, y encontramos que muchas formaciones preconcientes
permanecen inconscientes, a pesar de que por su naturaleza, podrían
devenir conscientes. Habremos, pues, de admitir, que vence en ellas la atracción
del sistema Inc., resultando así, que la diferencia más importante,
no debe buscarse entre lo consciente y lo preconciente, sino entre lo preconciente
y lo inconsciente. Lo inconsciente es rechazado por la censura al llegar
a los límites de lo preconciente, pero sus ramificaciones pueden
eludir esta censura, organizarse en alto grado y llegar en lo preconciente
hasta una cierta intensidad de la carga, traspasada la cual intentan imponerse
a la conciencia, siendo reconocidas como ramificaciones del sistema Inc.
y rechazadas hasta la nueva frontera de la censura entre el sistema Prec.
y el Cc. La primera censura funciona, así, contra el sistema Inc.,
y la última contra las ramificaciones preconcientes del mismo. Parece
como si la censura hubiera avanzado un cierto estadio en el curso del desarrollo
individual.
En la práctica psicoanalítica, se nos ofrece la prueba irrebatible
de la existencia de la segunda censura, o sea de la situada entre los sistemas
Prec. y Cc. Invitamos al enfermo a formar numerosas ramificaciones del sistema
Inc., le obligamos a dominar las objeciones de la censura contra el acceso
a la conciencia, de estas formaciones preconcientes, y nos abrimos, por
medio del vencimiento de esta censura, el camino que ha de conducirnos al
levantamiento de la represión, obra de la censura anterior. Añadiremos
aún la observación de que la existencia de la censura entre
el sistema Prec. y el Cc. nos advierte que el acceso a la conciencia no
es un simple acto de percepción sino, probablemente, también
una sobrecarga, o sea un nuevo progreso de la organización psíquica.
Volviéndonos hacia la relación del sistema Inc. con los demás
sistemas, y menos para establecer nuevas afirmaciones, que para no dejar
de consignar determinadas circunstancias evidentes, vemos que en las raíces
de la actividad instintiva, comunican ampliamente los sistemas. Una parte
de los procesos aquí estimulados pasa por el sistema Inc. como por
una fase preparatoria y alcanza en el sistema Cc. el más alto desarrollo
psíquico, mientras que la otra queda retenida como Inc. Lo Inc. es
también herido por los estímulos procedentes de la percepción.
Todos los caminos que van desde la percepción al sistema Inc. permanecen
regularmente libres y sólo los que parten del sistema Inc., y conducen
más allá del mismo son los que quedan cerrados por la represión.
Es muy singular y digno de atención, el hecho de que el sistema Inc.
de un individuo pueda reaccionar al de otro, eludiendo absolutamente el
sistema Cc. Este hecho merece ser objeto de una penetrante investigación,
encaminada, principalmente, a comprobar si la actividad preconciente queda
también excluida en tal proceso, pero de todos modos, es irrebatible
como descripción.
El contenido del sistema Prec. (o Cc.) procede, en parte, de la vida instintiva
(por mediación del sistema Inc.), y, en parte, de la percepción.
No puede determinarse hasta qué punto los procesos de este sistema
son capaces de ejercer, sobre el sistema Inc., una influencia directa. La
investigación de casos patológicos muestra con frecuencia
una independencia casi increíble del sistema Inc. La característica
de la enfermedad es, en general, una completa separación de las tendencias
y una ruina absoluta de ambos sistemas. Ahora bien: la cura psicoanalítica
se halla fundada en la influencia del sistema Cc. sobre el sistema Inc.
y muestra, de todos modos, que tal influencia no es imposible, aunque sí
difícil. Las ramificaciones del sistema Inc., que establecen una
medición entre ambos sistemas, nos abren, como ya hemos indicado,
el camino que conduce a este resultado. Podemos, sin embargo, admitir, que
la modificación espontánea del sistema Inc. por parte del
sistema Cc. es un proceso penoso y lento.
La cooperación entre un sentimiento preconciente y otro inconsciente
o incluso intensamente reprimido, puede surgir cuando el sentimiento inconsciente
es capaz de actuar en el mismo sentido que una de las tendencias dominantes.
En este caso, queda levantada la represión y permitida la actividad
reprimida, a título de intensificación de la que el Yo se
propone. Lo inconsciente es admitido por el Yo únicamente en esta
constelación, pero sin que su represión sufra modificación
alguna. La obra que el sistema Inc. lleva a cabo en esta cooperación,
resulta claramente visible. Las tendencias intensificadas se conducen, en
efecto, de un modo diferente al de las normales, capacitan para funciones
especialmente perfectas y muestran ante la contradicción una resistencia
análoga a la de los síntomas obsesivos.
El contenido del sistema Inc. puede ser comparado a una población
primitiva psíquica. Si en el hombre existe un acervo de formaciones
psíquicas heredadas, o sea algo análogo al instinto animal,
ello será lo que constituya el nódulo del sistema Inc. A esto
se añaden después los elementos rechazados por inútiles
durante el desarrollo infantil, elementos que pueden ser de naturaleza idéntica
a lo heredado. Hasta la pubertad no se establece una precisa y definitiva
separación del contenido de ambos sistemas.
VII. El reconocimiento de lo inconsciente
Todo lo que hasta aquí hemos expuesto sobre el sistema Inc. puede
extraerse del conocimiento de la vida onírica y de la neurosis de
transferencia. No es, ciertamente, mucho; nos parece en ocasiones oscuro
y confuso, y no nos ofrece la posibilidad de incluir el sistema Inc. en
un contexto conocido o subordinado a él. Pero el análisis
de una de aquellas afecciones, a las que damos el nombre de psiconeurosis
narcisistas, nos promete proporcionarnos datos, por medio de los cuales
podremos aproximarnos al misterioso sistema Inc. y llegar a su inteligencia.
Desde un trabajo de Abraham (1908), que este concienzudo autor llevó
a cabo por indicación mía, intentamos caracterizar la «dementia
praecox» de Kraepelin (la esquizofrenia de Bleuler), por su conducta
con respecto a la antítesis del Yo y el objeto. En las neurosis de
transferencia (histerias de angustia y de conversión y neurosis obsesiva)
no había nada que situase en primer término esta antítesis.
Comprobamos que la falta de objeto traía consigo la eclosión
de la neurosis; que ésta integraba la renuncia al objeto real, y
que la libido sustraída al objeto real retrocedía hasta un
objeto fantástico y desde él hasta un objeto reprimido (introversión).
Pero la carga de objeto queda tenazmente conservada en estas neurosis, y
una sutil investigación del proceso represivo, nos ha forzado a admitir
que dicha carga perdura en el sistema Inc., a pesar de la represión,
o más bien, a consecuencia de la misma. La capacidad de transferencia,
que utilizamos terapéuticamente en estas afecciones, presupone una
carga de objeto no estorbada.
A su vez, el estudio de la esquizofrenia nos ha impuesto la hipótesis
de que después del proceso represivo, no busca la libido sustraída
ningún nuevo objeto, sino que se retrae al Yo, quedando así
suprimida la carga de objeto y reconstituido un primitivo estado narcisista,
carente de objeto. La incapacidad de transferencia de estos pacientes, dentro
de la esfera de acción del proceso patológico, su consiguiente
inaccesibilidad terapéutica, su singular repulsa del mundo exterior,
la aparición de indicios de una sobrecarga del propio Yo y, como
final, la más completa apatía, todos estos caracteres clínicos
parecen corresponder, a maravilla, a nuestra hipótesis de la cesación
de la carga de objeto. Por lo que respecta a la relación con los
dos sistemas psíquicos, han comprobado todos los investigadores que
muchos de aquellos elementos que en las neurosis de transferencia nos vemos
obligados a buscar en lo inconsciente, por medio del psicoanálisis,
son conscientemente exteriorizados en la esquizofrenia. Pero al principio,
no fue posible establecer, entre la relación del Yo con el objeto
y las relaciones de la conciencia, una conexión inteligible.
Esta conexión se nos reveló después, de un modo inesperado.
Se observa en los esquizofrénicos, sobre todo durante los interesantísimos
estadios iniciales, una serie de modificaciones del lenguaje, muchas de
las cuales merecen ser consideradas desde un determinado punto de vista.
La expresión verbal es objeto de un especial cuidado, resultando
escogida y «redicha» Las frases experimentan una particular
desorganización de su estructura, que nos las hace ininteligibles,
llevándonos a creer faltas de todo sentido las manifestaciones del
enfermo. En éstas, aparece con frecuencia, en primer término,
una alusión a órganos somáticos o a sus inervaciones.
Observamos, además, que en estos síntomas de la esquizofrenia,
semejantes a las formaciones sustitutivas histéricas o de la neurosis
obsesiva, muestra, sin embargo, la relación entre la sustitución
y lo reprimido, peculiaridades que en las dos neurosis mencionadas, nos
desorientarían.
El doctor V. Tausk (Viena), ha puesto a mi disposición algunas de
sus observaciones de casos de esquizofrenia en su estadio inicial, observaciones
que presentan la ventaja de que el enfermo mismo proporcionaba aún
la explicación de sus palabras. Exponiendo dos de estos ejemplos,
indicaremos cuál es nuestra opinión sobre este punto concreto,
para cuyo esclarecimiento puede cualquier observador acoplar sin dificultad
alguna, material suficiente.
Uno de los enfermos de Tausk, una muchacha que acudió a su consulta
poco después de haber regañado con su novio, exclama:
«Los ojos no están bien, están torcidos», explica
luego, por sí misma, esta frase, añadiendo en lenguaje ordenado,
una serie de reproches contra el novio: «Nunca ha podido comprenderle.
Cada vez se le muestra distinto. Es un hipócrita, que «la ha
vuelto los ojos del revés» haciéndole ver «torcidamente»
todas las cosas».
Estas manifestaciones añadidas por la enferma a su primera frase
ininteligible, tienen todo el valor de un análisis, pues contienen
una equivalencia de la misma en lenguaje perfectamente comprensible, y proporcionan,
además, el esclarecimiento de la génesis y la significación
de la formación verbal esquizofrénica. Coincidiendo con Tausk,
haremos resaltar, en este ejemplo, el hecho de que la relación del
contenido con un órgano del soma (en este caso con el de la visión)
llega a arrogarse la representación de dicho contenido en su totalidad.
La frase es esquizofrénica presenta así un carácter
hipocondríaco, constituyéndose en lenguaje de los órganos.
Otra expresión de la misma enferma: «Está en la iglesia
y siente, de pronto, un impulso a colocarse de otro modo, como si colocara
a alguien, como si la colocaran a ella.
A continuación de esta frase, desarrolla la paciente su análisis,
por medio de una serie de reproches contra el novio: «Es muy ordinario
y la ha hecho ordinaria a ella, que es de familia fina. La ha hecho igual
a él, haciéndola creer que él le era superior, y ahora
ha llegado a ser ella como él, porque creía que llegaría
a ser mejor si conseguía igualarse a él. Él se ha colocado
en un lugar que no le correspondía y ella es ahora como él
(identificación), pues él la ha colocado en un lugar que no
la corresponde».
El movimiento de «colocarse de otro modo», observa Tausk, es
una representación de la palabra «fingir» (sich stellen-colocarse;
verstellen-fingir) y de la identificación con el novio. Hemos de
hacer resaltar aquí, nuevamente, el predominio de aquel elemento
del proceso mental, cuyo contenido es una inervación somática
(o más bien, su sensación). Además, una histérica
hubiera torcido, convulsivamente, los ojos, en el primer caso, y en el segundo,
habría realizado el movimiento indicado, en lugar de sentir el impulso
a realizarlo o la sensación de llevarlo a cabo, y sin poseer, en
ninguno de los dos casos, pensamiento consciente alguno, enlazado con el
movimiento ejecutado, ni ser capaz de exteriorizarlo después.
Estas dos observaciones testimonian de aquello que hemos denominado lenguaje
hipocondríaco o de los órganos, pero, además, atraen
nuestra atención sobre un hecho que puede ser comprobado a voluntad,
por ejemplo, en los casos reunidos en la monografía de Bleuler, y
concretado en una fórmula. En la esquizofrenia, quedan sometidas
las palabras al mismo proceso que forma las imágenes oníricas
partiendo de las ideas latentes del sueño, o sea al proceso psíquico
primario. Las palabras quedan condensadas y se transfieren sus cargas unas
a otras, por medio del desplazamiento. Este proceso puede llegar hasta conferir
a una palabra, apropiada para ello, por sus múltiples relaciones,
la representación de toda la serie de ideas. Los trabajos de Breuler,
Jung y sus discípulos, ofrecen material más que suficiente
para comprobar esta afirmación.
Antes de deducir una conclusión de estas impresiones examinaremos
la extraña y sutil diferencia existente entre las formaciones sustitutivas
de la esquizofrenia y las de la histeria y la neurosis obsesiva. Un enfermo,
al que actualmente tengo en tratamiento, se hace la vida imposible, absorbido
por la preocupación que le ocasiona el supuesto mal estado de la
piel de su cara, pues afirma tener en el rostro multitud de profundos agujeros,
producidos por granitos o «espinillas». El análisis demuestra
que hace desarrollarse, en la piel de su rostro, un complejo de castración.
Al principio no le preocupaban nada tales granitos y se los quitaba apretándolos
entre las uñas, operación en la que, según sus propias
palabras, le proporcionaba gran contento «ver cómo brotaba
algo» de ellos. Pero después, empezó a creer que en
el punto en que había tenido una de estas «espinillas»,
le quedaba un profundo agujero, y se reprochaba duramente haberse estropeado
la piel, con su manía de «andarse siempre tocando». Es
evidente que el acto de reventarse los granitos de la cara, haciendo surgir
al exterior su contenido, es, en este caso, una sustitución del onanismo.
El agujero resultante de este manejo, correspondía al órgano
genital femenino, o sea al cumplimiento de la amenaza de castración
provocada por el onanismo (o la fantasía correspondiente). Esta formación
sustitutiva presenta, a pesar de su carácter hipocondríaco,
grandes analogías con una conversión histérica y, sin
embargo, experimentamos la sensación de que en este caso debe desarrollarse
algo distinto y que una histeria de conversión no podría presentar
jamás tales productos sustitutivos. Un histérico no convertirá
nunca un agujero tan pequeño como el dejado por la extracción
de una «espinilla», en símbolo de la vagina, a la que
comparará, en cambio, con cualquier objeto que circunscriba una cavidad.
Creemos, también, que la multiplicidad de los agujeros le impediría
igualmente tomarlos como símbolo del genital femenino. Lo mismo podríamos
decir de un joven paciente, cuya historia clínica relató el
doctor Tausk hace ya años, ante la Sociedad Psicoanalítica
de Viena. Este paciente se conducía en general, como un neurótico
obsesivo, necesitaba largas horas para asearse y vestirse, etc. Pero presentaba
el singularísimo rasgo de explicar espontáneamente, sin resistencia
alguna, la significación de sus inhibiciones. Así, al ponerse
los calcetines, le perturbaba la idea de tener que estirar las mallas del
tejido, produciendo en él pequeños orificios, cada uno de
los cuales constituía para él el símbolo del genital
femenino. Tampoco este simbolismo es propio de un neurótico obsesivo.
Uno de estos neuróticos, que padecía de igual dificultad al
ponerse los calcetines, halló, una vez vencidas sus resistencias,
la explicación de que el pie era un símbolo del pene y el
acto de ponerse sobre él, el calcetín, una representación
del onanismo, viéndose obligado a ponerse y quitarse una y otra vez
el calcetín, en parte para completar la imagen de la masturbación
y en parte para anularla.
Estos extraños caracteres de la formación sustitutiva y del
síntoma en la esquizofrenia, dependen del predominio de la relación
verbal sobre la objetiva. Entre el hecho de extraerse una «espinilla»
de la piel, y una eyaculación, existe muy escasa analogía,
y menos aún entre los infinitos poros de la piel y la vagina. Pero
en el primer caso «brota» en ambos actos, algo, y al segundo
puede aplicarse la cínica frase de que «un agujero es siempre
un agujero». La semejanza de la expresión verbal y no la analogía
de las cosas expresadas, es lo que ha decidido la sustitución. Así,
pues, cuando ambos elementos -la palabra y el objeto- no coinciden, se nos
muestra la formación sustitutiva esquizofrénica distinta de
la que surge en las neurosis de transferencia.
Esta conclusión nos obliga a modificar nuestra hipótesis de
que la carga de objetos queda interrumpida en la esquizofrenia y a reconocer
que continúa siendo mantenida la carga de las representaciones verbales
de los objetos. La representación consciente del objeto queda así
descompuesta en dos elementos: la representación verbal y la objetiva,
consistente esta última en la carga, no ya de huellas mnémicas
objetivas directas, sino de huellas mnémicas más lejanas,
derivadas de las primeras. Creemos descubrir aquí, cuál es
la diferencia existente entre una representación consciente y una
representación inconsciente. No son, como supusimos, distintas inscripciones
del mismo contenido en diferentes lugares psíquicos, ni tampoco diversos
estados funcionales de la carga, en el mismo lugar. Lo que sucede es que
la representación consciente integra la representación objetiva
más la correspondiente representación verbal, mientras que
la inconsciente es tan sólo la representación objetiva. El
sistema Inc. contiene las cargas objetivas de los objetos, o sea las primeras
y verdaderas cargas de objeto. El sistema Prec. nace a consecuencia de la
sobrecarga de la representación objetiva por su conexión con
las representaciones verbales a ella correspondientes. Habremos de suponer,
que estas sobrecargas son las que traen consigo una más elevada organización
psíquica y hacen posible la sustitución del proceso primario
por el proceso secundario, dominante en el sistema Prec. Podemos ahora expresar
más precisamente qué es lo que la represión niega a
las representaciones rechazadas, en la neurosis de transferencia. Les niega
la traducción en palabras, las cuales permanecen enlazadas al objeto.
La representación no concretada en palabras, o el acto psíquico
no traducido, permanecen entonces, reprimidos, en el sistema Inc.
He de hacer resaltar, que este conocimiento, que hoy nos hace inteligible
uno de los más singulares caracteres de la esquizofrenia, lo poseíamos
hace ya mucho tiempo. En las últimas páginas de nuestra «Interpretación
de los sueños», publicada en 1900, exponíamos ya, que
los procesos mentales, esto es, los actos de carga más alejados de
las percepciones, carecen, en sí, de cualidad y de conciencia, y
sólo por la conexión con los restos de las percepciones verbales,
alcanzan su capacidad de devenir conscientes. Las representaciones verbales,
nacen, por su parte, de la percepción sensorial, en la misma forma
que las representaciones objetivas, de manera que podemos preguntarnos por
qué las representaciones objetivas no pueden devenir conscientes
por medio de sus propios restos de percepción. Pero probablemente,
el pensamiento se desarrolla en sistemas tan alejados de los restos de percepción
primitivos, que no han recibido ninguna de sus cualidades, y precisan, para
devenir conscientes, de una intensificación, por medio de nuevas
cualidades. Asimismo, pueden ser provistas de cualidades, por su conexión
con palabras, aquellas cargas a las que la percepción no pudo prestar
cualidad alguna, por corresponder, simplemente, a relaciones entre las representaciones
de objetos. Estas relaciones concretadas en palabras, constituyen un elemento
principalísimo de nuestros procesos mentales. Comprendemos que la
conexión con representaciones verbales no coincide aún con
el acceso a la conciencia, sino que se limita a hacerlo posible, no caracterizando,
por lo tanto, más que al sistema Prec. Pero observamos, que con estas
especulaciones, hemos abandonado nuestro verdadero tema, entrando de lleno
en los problemas de lo preconciente y lo inconsciente, que será más
adecuado reservar para una investigación especial.
En la esquizofrenia, que solamente rozamos aquí en cuanto nos parece
indispensable para el conocimiento de lo inconsciente, surge la duda de
si el proceso represivo que en ella se desarrolla tiene realmente algún
punto de contacto con la represión de las neurosis de transferencia.
La fórmula de que la represión es un proceso que se desarrolla
entre los sistemas Inc. y Prec. (o Cc.) y cuyo resultado es la distanciación
de la conciencia, precisa ser modificada si ha de comprender también
los casos de demencia precoz y otras afecciones. Pero la tentativa de fuga
del Yo, que se exterioriza en la sustracción de la carga consciente,
sigue siendo un elemento común. La observación más
superficial nos enseña, por otro lado, que esta fuga del Yo es fundamental
en las neurosis narcisistas.
Si en la esquizofrenia consiste esta fuga en la sustracción de la
carga instintiva de aquellos elementos que representan a la idea inconsciente
del objeto, puede parecernos extraño que la parte de dicha representación
correspondiente al sistema Prec. -las representaciones verbales a ella correspondientes-
haya de experimentar una carga más intensa. Sería más
bien de esperar, que la representación verbal hubiera de experimentar,
por constituir la parte preconciente, el primer impulso de la represión,
resultando incapaz de carga una vez llegada la represión a las representaciones
objetivas inconscientes. Esto parece difícilmente comprensible, pero
se explica en cuanto reflexionamos que la carga de la representación
verbal no pertenece a la labor represiva sino que constituye la primera
de aquellas tentativas de restablecimiento o de curación que dominan
tan singularmente el cuadro clínico de la esquizofrenia. Estos esfuerzos
aspiran a recobrar los objetos perdidos, y es muy probable que, con este
propósito, tomen el camino hacia el objeto pasando por la parte verbal
del mismo. Pero al obrar así, tienen que contentarse con las palabras
en lugar de los objetos. Nuestra actividad anímica se mueve generalmente
en dos direcciones opuestas, partiendo de los instintos, a través
del sistema Inc., hasta la labor mental consciente, o por un estímulo
externo, a través de los sistemas Cc. y Prec., hasta las cargas Inc.
del Yo y de los objetos. Este segundo camino tiene que permanecer transitable
a pesar de la represión y se halla abierto hasta un cierto punto
a los esfuerzos de la neurosis por recobrar sus objetos. Cuando pensamos
abstractamente, corremos el peligro de desatender las relaciones de las
palabras con las representaciones objetivas inconscientes, y no puede negarse
que nuestro filosofar alcanza entonces una indeseada analogía de
expresión y de contenido con la labor mental de los esquizofrénicos.
Por otro lado, podemos decir que la labor mental de los esquizofrénicos
se caracteriza por el hecho de manejar lo concreto como abstracto.
Si con las consideraciones que preceden hemos llegado a un exacto conocimiento
del sistema Inc. y a determinar concretamente la diferencia entre las representaciones
conscientes y las inconscientes, nuestras sucesivas investigaciones sobre
otros diversos puntos aún no esclarecidos, habrán de conducirnos
de nuevo a las conclusiones deducidas.
|