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LA VUELTA* Lic. María Isabel Bameule ** Recibido el 18 de agosto de 2007
Miró por la cerradura y no la vio. Hacía tiempo que no pisaba ese porche, hoy lo notaba descolorido y gastado. Los separaban años de desencuentros, de sentimientos confusos. Intentó retroceder, pero silenciosamente algo arcaico lo impulsaba hacia la puerta; sabía que ya nada sería igual al atravesar el umbral. Los macetones de la entrada, descascarados, seguían conteniendo los mismos malvones más desaliñados que en otras épocas. Recordó aquel último abrazo, la despedida, sus manos empapadas sosteniendo las valijas y la garganta cerrada; esa necesidad de correr, de fugarse, de cortar ese hilo invisible que a la vez que los unía, los asfixiaba. La tía Blanca ya le había contado en su última carta, que ahora, ella estaba en silla de ruedas, apenas si podía arreglárselas sola. Rehuía ese calor que tanto buscó de niño y que luego llegó a odiar. Algún día tenía que volver, se repetía. Respiró hondo y como en cámara lenta acercó su mano al llamador de bronce. El beso en la frente rugosa, el silencio partiéndole los huesos, nuevamente empapadas, las manos empujando la silla y sus palabras, las únicas, “Luis, al fin estás de vuelta”. Vertiginosamente y sin darse cuenta se sumergió en la rutina de la casa. Regar las plantas por la mañana, cambiar el agua a los peces y cumplir estrictamente los horarios, siempre esos malditos horarios: a las doce en punto el almuerzo, la cena temprano para luego escuchar música o leer, y su madre, su madre, cada vez asfixiándolo más, cada día más insoportable. -Luisito, le dije a Margarita que viniera solamente los viernes para hacer limpieza general, total como ahora estas vos. Sintió que las palabras se quedaban atravesadas en su garganta; pensó contarle, decirle, hablarle de su vida en Uruguay, de Beatriz, de la casa que alquilaban, del trabajo, de Batuque, su perro, pero no pudo, una vez más, no pudo. Se acomodó en el cuarto de servicio en planta baja porque estaba más desocupado; quedó atónito al ver su dormitorio. Su madre había acomodado allí todos los juguetes que estaban hacía años en el desván. Unos cuantos portarretratos alineados cronológicamente ocupaban la cómoda. Desde la foto en el andador hasta la de graduación; en otro estante, estaban las fotografías de todos los conciertos que él había dado en los últimos años. La misma colcha escocesa de flecos sólo que algo desteñida, el escalextric sobre la alfombra y hasta el fuerte con los soldaditos -algunos descabezados- que le evocaban aquellos años. “Todo está como antes” le había dicho ella , antes que subiera. Beatriz insistía con sus llamados, ya que había pasado una semana sin tener noticias de él; sistemáticamente Luis cortaba, siempre estaba su madre allí como una estatua pero oyéndolo todo hasta el más mínimo ruido, hasta el más mínimo suspiro. Hoy sería el día, se dijo, hoy le hablaría de ella y de sus compromisos en Montevideo; sería duro, pero debería entender que él no había venido para quedarse. Tres años de su vida no podrían borrarse de un plumazo. Le ayudaría la visita de tía Cata, con su presencia sería más fácil, aunque ahora viuda, seguro no había perdido su espíritu de casamentera y esa veta romántica, ella sí entendería. Pasó la tarde, Luis iba y venía con la tetera, compartían un partido de canasta haciendo comentarios sobre las tres sobrinas y sus desgraciados casamientos. Luis ajeno a la conversación miraba inquieto el reloj una y otra vez. Trataba de hilvanar sus pensamientos cuando era interrumpido por un: “Luisito, entrá la gata”, “Traéme una aspirina por favor”, “Aunque es otoño prendé igual la estufa un ratito, hay humedad”, él asentía obedeciendo mientras la humedad penetrante de Buenos Aires, lo traspasaba, lo envolvía pesándole como nunca. Llegó la hora en que tía Cata se levantó para pedir un remise, y Luis, no había hablado. Le fue imposible dormir bien esa noche, estuvo revolviéndose en las sábanas, finalmente se trasladó al cuarto de arriba; pensó en escribirle en esos días a Beatriz, en explicarle la situación y su demora; recordaba la insistencia de ella para acompañarlo, en aquél último diálogo. -Luis, puedo pedir unos días en el trabajo... te extraño, sé que esto es difícil para vos, además me gustaría conocerla. -Te agradezco Beatriz, pero esto es tema mío, ya pasaron tres años y es complicado volver, no te puedo explicar... no entenderías. A la mañana siguiente tuvo que poner un banquito para llegar a las alacenas, sentía su cuerpo distinto, más flexible, lo envolvió una sensación de extrañeza. Habían pasado semanas, meses, sin noticias de Luis, ella le envió un telegrama que él rompió oportunamente. Ya cansada de llamar sin lograr comunicarse, Beatriz empacó rápidamente y sacó un pasaje en el primer vuelo de la mañana. Llegó a Buenos Aires; se sintió confundida, hacía diez años que no venía, ¡todo estaba tan cambiado! Leyó con dificultad la letra borroneada de la servilleta que Luis había escrito a las apuradas aquel día en el aeropuerto; “Yerbal 1241”, le dijo al conductor, mientras el taxi se tambaleaba por los empedrados. -Ya llegamos señorita, ¿necesita que la ayude con la valija? Beatriz aceptó agradecida aunque con cierto remordimiento al notar la renguera del chofer. La casona cubierta por una maraña de hiedras y otros arbustos la estremeció. Sin saber mucho qué decirle a Luis, llamó a la puerta. Demoraron en atender. Al rato abrieron lentamente; aturdido, un muchachito de unos doce años con tiradores y gorra gris, la saludaba. -Hola Beatriz... vení que te presento a mamá -dijo con voz temblorosa.
*Primera mención en el Concurso de la revista de Villa la Angostura "Espejos del alma" - San Martín de los Andes - Neuquén - Argentina **Email: mariaisabel@smandes.com.ar
E-mail: info@enigmapsi.com.ar
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2002-2008 Editor Responsable: Lic Sonia Cesio ISSN 1853-1849 |