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LA PARED
María Isabel Bameule*
Recibido el 8 de abril de 2011
Acomodé mi almohada y miré cómo el gorrión picoteaba los ladrillos del muro
en busca de alimento. Desde el accidente no salía a la calle, el tedio hizo que registrara detalladamente todo lo que pasaba en la medianera lindante con la casa vecina y a la que no tenía más remedio que mirar.
A través de la ventana, incorporándome apenas, podía distraerme observando la enamorada del muro expandiéndose como una estrella verde. A su alrededor, las manchas de humedad y las grietas delineaban arabescos.
Todo parecía distinto, hacía tanto que no venía a casa de mamá, ahora veía las cosas con otros ojos, y mis párpados más arrugados.
Desolado, a veces arrojaba el libro al piso, rendido de ver sólo letras, negro sobre blanco y nadie allí. Las piernas continuaban sordas a mis deseos.
“Con los ejercicios vas a mejorar”, “Tené paciencia, fue una desgracia con suerte” o algo por el estilo eran algunos de los cumplidos que empapelaban el aire, y yo ahí, tieso, mirando el techo o la ventana.
Hace unos días, mientras veía girar con el viento el gallito oxidado que está en el techo de la casa vecina, percibí una gran picazón en el dedo gordo; rascarme fue imposible y pude atenuarla pensando en cualquier otra cosa; dice la enfermera que es un buen síntoma pero yo a esta altura no sé si creerle.
—Marisa, alcánzame el otro balde que hoy no hay humedad y seguro se va a secar pronto.
—Ya voy mamá, esperá que busco los broches.
Ansioso esperaba que salieran al patio –lo que no ocurría todos los días– para ver qué podía escuchar. Con la ayuda del bastón que usaba para mis ejercicios, trataba
de entreabrir un poco la ventana. Mamá había dicho que eran gente nueva, que ella no se daba, que se remitía al buenos días y al buenas tardes y con la bolsa del mercado a casa.
Estirándome un poco, a veces llegaba a descubrir la cabeza de la madre, un manojo de paja hubiese sido más seductor que ese enredo seco atravesado por cientos de horquillas que parecían pelearse por un lugar. A la chica nunca la pude ver bien, sólo un borrón trepando a veces a la rosa china pero desapareciendo abruptamente ante los alaridos de su mamá.
—Hoy pinté una jaula con monos, le gustó mucho a mi seño, ¿sabés?
—No sé que tiene que hacer tu padre que viene tan tarde; dame otro broche. Por favor Marisa, estate atenta.
—¿Te acordás que este saquito era mío? ¿Lo lavás para Mariano, no? La abuela me lo ponía para ir a la plaza, tenía un elefante pero se borró... bueno, pero un poquito se ve. Me sigue gustando...
—Cállate querés, ya creciste y no es cuestión de guardar pavadas, además tu tía no tiene ni para comprarle leche al chico.
—Sabes mamá que el lunes van a hacer un picnic en la escuela, tengo que llevar algo.
—Siempre pidiendo y pidiendo en esa escuela, por qué no se ocuparán de enseñarles mejor.
La madre siguió despotricando; otras veces no escuchaba tan clarito como hoy y tenía que adivinar, aunque por el tono de la mujer y sus malos modos podía deducir las respuestas. Buscaba entretenerme con cualquier cosa porque no tenía muchas visitas.
Ayer vino a verme Jaime; luego de las disculpas esperadas y estirándose el pulóver –el de siempre - se sentó tímidamente al borde de la silla.
—Che, no es contagioso, acercáte.
—Bueno, es que no quería molestarte, debes estar sumamente incómodo por todo esto ¿no?
—Ahora no es nada, el yeso fue insoportable, pero ya pasó. ¿Qué noticias traés de la oficina?
—Está todo complicado, mucho trabajo, estamos de balance y al cadete lo echaron. Tuvieron problemas porque casi se agarra a piñas con uno de los jefes; con el que le daba órdenes y contraórdenes, bueno... lo hartó al chico.
—Y Laura, ¿está yendo o sigue con licencia?
—Vino ayer pero trabajó menos horas, está muy flaca y no quiso hablar con nadie.
Tragué saliva, me costaba hacerle esa pregunta, pensé si ella sabría de mi accidente, nunca había llamado... Jaime me miró a los ojos, percibió el silencio interrumpido por mi tos y adivinando lo que pensaba dijo:
—Bueno... yo le conté lo tuyo pero ella no quiso hablar mucho. Sandra dijo que la encontró al mediodía llorando en el baño, está muy rara últimamente.
Mientras Jaime revolvía con insistencia el té y yo aspiraba el último sahumerio de la tarde, esta vez con olor a sándalo, el cielo se oscurecía más y más sepultando el día.
Así como vino, Jaime se fue; con un “hasta pronto viejo que te mejores”, se despidió. Bajó lentamente la escalera, oí que se quedó hablando unas palabras con mi madre en la planta baja. Seguramente le habrá mostrado sus begonias y Jaime,
respetuoso como a ella le gustaban, habrá perdido unos minutos poniendo su característica sonrisa pero sin pensar en nada, después de todo, esa era la cara de Jaime; mejor dicho, todo su ser.
Cené muy poco esa noche pese a las solicitudes de mamá. Mientras escarbaba la gelatina mi mirada se detuvo en el ángulo superior de la ventana; una mosca zumbaba ruidosamente y yo era su único espectador. Con un aleteo enloquecido dibujaba círculos distrayéndome de Laura, de la nena de al lado, de Jaime, de mamá. Así terminaba otro día, sin radio. Ya no estaba el programa que escuchaba hasta tarde y con el que muchas veces me dormía.
Me despertaron las ganas de orinar, había llegado Margarita y me acompañó al baño; ella no era una mujer para mí y creo que tampoco me veía como un hombre, después de todos estos meses asistiéndome, compartíamos una relación muy aséptica, de enfermera y paciente. Me recosté pensando que lo único que diferenciaría hoy de ayer sería la revista A Todo Motor y quizá algunos grados más de temperatura, a no ser que llamara Laura. Sin proponérmelo, estaba alerta al teléfono.
Era abril cuando conocimos a Laura. Había venido una tarde nublada a entrevistarse con el Contador, recuerdo que esperó bastante; cada tanto, desde mi escritorio, la veía acomodarse un saco verde sobre los hombros o recorrer los bordes de la cartera con las yemas de los dedos.
En pocos días comenzó a trabajar, y le delegaron a Jaime la orientación e información, como él siempre estaba tan dispuesto. Llamaba la atención su palidez extrema, hablaba muy bajo, sobre todo los primeros días. Los papeles pasaban por sus
manos delgadas y volvían exhalando perfume. Ese aroma cítrico que lo impregnaba todo y que nos hacía saber de su presencia aún en los días en que distraídamente nos enfrascábamos en el escritorio casi sin saludar, pocillo de café por delante y pilas de papeles esperándonos.
A las doce y media el ascensor bajaba cargado, había que dejar pasar algunos viajes para poder subir. Aquel día la esperé, ella demoraba acomodando el escritorio y aproveché a fumarme un cigarrillo en el hall. Bajamos juntos, me dijo que no almorzaba, que prefería caminar o ir a la plaza. Ante mi insistencia, decidió acompañarme, solo aceptó un jugo de naranja que tomó mientras yo esperaba los sánguches de pan árabe. Me contó de su perro, de los hermanos con quienes vivía, de lo mal que viajaba desde Temperley. Yo, que estaba a veinte minutos del centro me sentía un privilegiado. Traía en la mano un libro de poesías, por si queda algún banco libre en la plaza, me dijo. Varias veces aceptó acompañarme...Yo me perdía en sus sueños y proyectos, la escuchaba silencioso, sin discriminar por momentos si eran de ella o míos. Recorrer el mundo con una mochila se puede, no se necesita tanto dinero, decía; para mí, que no conocía más allá de Montevideo, era todo un atrevimiento.
Dormitaba cuando me interrumpieron las risas de las chicas.
— ¿Piedra, papel o tijera? Tijera, ¿Piedra, papel o tijera? Piedra.
Hoy no salió la madre, aunque emitió sus alaridos, que parecían venir de la cocina, “cuidado con las plantas, no se embarren”. Marisa estaba con una amiga de voz más apagada que la suya, que yo suponía bastante inquieta. Eran dos manchones en la rosa china, por momentos podía ver entre las hojas verdes y lustrosas unos rulos que se balanceaban junto con las ramas.
Recuerdo la conversación de aquella tarde. —Sabés Cecilia que yo tengo otra mamá, una mamá que me quiere, la encontré en una revista. Ella no me pega, me perdona. Me dijo que un día me va a venir a buscar, y sino, yo la voy a encontrar. Algunas noches hablo con ella y siento a veces que me acaricia la cabeza mientras mamá, mamá Sara, grita en la cocina porque papá vino tarde, la plata no alcanza, o porque yo no la ayudo.
Me sentía debilitado pero deseoso de estar de vuelta en casa. Fue difícil para mamá escuchar las palabras del doctor y aceptar que ya estaba recuperado, en realidad, que ya me podía ir. Insistió bastante en que me acompañara Margarita por unos días, no sé aún cómo pude convencerla de que me arreglaría bien solo.
Ya en mi departamento, frente a la computadora, todavía algo tambaleante, escribo otro poema para Laura, a los anteriores los hice desaparecer. Pensaba el por qué del fracaso con Laura, su frialdad en los últimos tiempos; las ideas giraban como un trompo sin encontrar respuesta.
Como es habitual, el llamado de mamá interrumpe la tarde colándose en mi casa, “Sí, Francisco, te digo que es la chica de al lado, salió la madre en el noticiero averiguando su paradero, está desesperada pobre mujer, pensar que el marido estaba afuera todo el día y ella vivía solamente para esa hija”. Creo que a mamá la descolocó mi indiferencia.
Marisa buscando a su otra mamá... Recuerdo su último juego en el jardín finalizando el otoño, después vino el frío y ya no le permitieron salir.
Desconecto el teléfono me preparo un té con miel y vuelvo a sentarme frente a la computadora. Ahora, escribo unos versos para ella; al terminar creo ver por primera vez su cara resplandeciente mirándome desde la rosa china.
*Autora: Lic. María Isabel Bameule
San Martín de los Andes
Email: mariaisabel@smandes.com.ar
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