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Juventudes
conect@das*
Autor/-a: Roberto Balaguer Prestes** Recibido el 30 de julio de 2006
Algo en la juventud está cambiando.
Hay que reconocer que ésta no parece ser una afirmación original, pero
aún así hay cosas que se observan como distintas en esta juventud globalizada.
Por definición, los códigos de comunicación juveniles siempre han diferido
de los de sus padres. Es parte de lo joven, una pieza necesaria para
diferenciarse de la generación precedente. De cualquier modo, hay cuestiones
que resultan novedosas y tienen mucho que ver con los usos de la tecnología
y las posibilidades que ésta brinda. Los jóvenes fluyen por los distintos
ámbitos en los que participan estando y a la vez no estando en los lugares.
El “refugio” ya no es sólo la fantasía, sino muchas veces
la tecnología y el nuevo espacio psicosocial que se crea con ella.
La tecnología provee a los jóvenes
de una “salida” de lo terrenal, del código del mundo adulto.
Encontrarse físicamente en un mismo lugar material no es hoy garantía
de cercanía, emocionalmente hablando. Los jóvenes pueden estar en diferentes
lugares, pero manteniendo contacto con sus pares emocionales en cualquier
otro espacio.
El prójimo deja de ser aquel
que comparte el mismo territorio, deja de estar definido por la proximidad
física, para poder ser cualquiera, redefinido por la proximidad tecnológica
y su conectividad. La proximidad deja de ser material para pasar a ser
virtual, enmarcándose dentro de los fenómenos de desterritorialización
(De Kerckhove, 1995) impulsados por las nuevas tecnologías. Cualquiera
sabe que se puede estar en un lugar sin verdaderamente estarlo. La tecnología
opera a favor de esta suerte de “como si”.
Una escena cada vez más frecuente
es la de ver jóvenes enviándose en forma permanente mensajes de texto
(SMS) unos a otros, aun en medio de reuniones familiares, acontecimientos,
fiestas, etc. Los celulares suenan constantemente anunciando la llegada
ya sea de una llamada o de un mensaje de texto.
El mensaje de texto es un medio
veloz, instantáneo, que requiere de síntesis, abreviaciones e ingenio
comunicativo. Todo eso no es poca cosa. Este es un punto que debe rescatarse,
ya que ser sintético hoy es una virtud y casi una necesidad vital de
supervivencia cognitiva. Los SMS son el paradigma de eso, de la capacidad
comunicativa, de la síntesis, de lo conciso, aunque también puedan serlo
de lo banal.
Por otro lado, los SMS se manejan
en general con las personas cercanas, es una forma de contactar, sin
hablar, sin ser intrusivo, a diferencia de la llamada telefónica. Las
propias fotos que se envían (todo un capítulo aparte) son formas de
compartir con los seres queridos, cercanos, experiencias vitales, momentos
que solo pueden ser “dichos” y compartidos así. A pesar
de muchas críticas, más que una cuestión narcisista, es un tema de vínculos,
claro está que diferentes a los que estábamos acostumbrados, ya que
esta forma de vincularse surge mediatizada.
La
mirada adulta
Como a través de toda la historia, la mirada adulta difiere de la del joven. Para los adultos esas escenas de “conexión“ de los jóvenes representan una pérdida de lo que acontece, mientras que para los jóvenes significan todo lo contrario. Para el adulto estar “enchufado” le impide al joven disfrutar de lo que pasa aquí y ahora en lo material. Para el joven desconectarse es perderse de lo que está pasando en la conexión, en ese otro mundo de las redes, el mundo juvenil. Dos mundos coexisten, dos mundos paralelos regidos por códigos similares, pero con formas de acceso distintos. Por esto, dos lógicas distintas coexisten en una misma escena: fluidez y materialidad, conexión y cuerpo-presencia. Vivir en ambos mundos no es sencillo para nadie, ni para el nacido en la materialidad que no conoce de flujos, ni para el joven líquido que se queja y se aburre al estar “sola y simple-mente” aquí. Un
refugio contra el desarraigo y las soledades
Resulta curioso ver cómo en los
aeropuertos los pasajeros (jóvenes y adultos también) bajan del avión
y lo primero que hacen es retomar contacto, conectarse, hablar por teléfono
celular. Es una necesidad casi compulsiva, cargada de ansiedad, una
cosa prácticamente instintiva que casi todos hacen, como mecanismo no
conciente de retomar contacto… ¿con qué, con quién?
En los embotellamientos se da
otro fenómeno: se transforman es un lugar apropiado para no “perder”
ese tiempo que debiera ser de espera. La espera no forma parte del paradigma
posmoderno. A la espera se la combate con conexión y comunicación. A
la soledad también. Tocar tierra y llamar es un reaseguro, muchas veces
sin una razón concreta o válida para realizar la llamada compulsiva.
Ir al cybercafé, chatear, chequear el correo electrónico son actividades
que cumplen también esa misma función de reencuentro, de regreso a lo
seguro.
Los no-lugares (Augé, 2000) del
aeropuerto, de los lugares de espera desaparecen automáticamente al
huir a ese lugar de la conexión, del contacto con los otros. No hay
soledad aparente tras retomar contacto, sino la seguridad de estar “cerca”
de los seres amados o al menos conocidos. Quizás sea consecuencia de
la urbanización y sus vacíos. Los desapegos y desarraigos se desvanecen
en la conexión. El bienestar y el reaseguro retornan a los cuerpos de
los usuarios conectados, como pequeño infante que vuelve a los brazos
de su madre. El desarraigo y la atomización social están dadas no por
la tecnología, sino por un sinnúmero de factores socioculturales que
la favorecen. Jóvenes que fueron niños de la televisión, actuales niños
que piden celulares para sus cumpleaños conforman una nueva generación
fuertemente identificada y atravesada por lo tecnológico. La tecnología
se ha transformado en dadora de identidades y garantía de apegos.
Los jóvenes han crecido frente
a pantallas como forma de sostén y de dejar transcurrir el tiempo. Para
ellos, las pantallas brindan seguridad, estabilidad, compañía fiel,
a diferencia de los vínculos actuales tan inestables como superficiales
y cambiantes. Esa arista es muchas veces descuidada cuando se condena
el sobreuso de la tecnología por parte de los jóvenes. No se entiende
que ése es su mundo habitual, familiar, conocido, estable. El escaso
tiempo familiar, comunicacional, vincular, es en todo caso el responsable
de esta relación dependiente con y de la tecnología.
Por otro lado, pareciera haber
una huída al estar simplemente ahí, con el otro, el que simplemente
está al lado. La lectura, la radio, los walkman, la televisión nos “sacan”,
nos transportan del espacio físico que nos circunda.
Las redes y sus conexiones permiten
escapar; el cuerpo se abandona, y se traslada a los distintos lugares
donde se desarrolla otra acción. El cuerpo queda en automático, suspendido,
tan presente como ausente, tal cual lo ficcionara la saga Matrix. Los
requerimientos del mundo material son vividos como intrusismos, como
molestias que vienen a desarticular una relación inmersiva en la conexión.
Cuando algo llama la atención del joven y lo invita a “regresar”
a lo mundano, se genera irritación, fastidio y se observa lo difícil
que resulta la desconexión.
Los niños demoran en apagar sus
Playstation, los adolescentes se resisten a terminar de enviar y recibir
SMS y los adultos a apagar sus celulares. Es que el mundo digital ofrece
una sensación de conexión y fluidez de la cual es difícil desasirse.
Por eso se puede volver adictiva la navegación por las redes donde los
desencuentros, las soledades, los golpes de la vida material pueden
ser eludidos con un joystick o un simple click del mouse.
Referencias bibliográficas
1. Augé, M. (2000) “Sobremodernidad.Del mundo de hoy al mundo de mañana” 2. Balaguer, R. (2003) Internet: un nuevo espacio psicosocial, Montevideo: Ed. Trilce 3. Balaguer, R. (2005) vidasconect@das.com. La Pantalla, lugar de encuentro, juego y educación en el siglo XXI, Montevideo: Ed. Frontera 4. De Kerckhove, D. (1995) La piel de la Cultura, Barcelona: Gedisa, 1999 *Publicacion Original:
http://www.cibersociedad.net/recursos/art_div.php?id=124 ** Roberto Balaguer Prestes - 2006 - Email: rbalaguer@prored.com.uy
E-mail: info@enigmapsi.com.ar |
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