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INSOLITA HUMEDAD
Publicado el 24 de abril de 2003
por Jorge Oscar Rossi*
Si alguna vez se han arrastrado por el barrio
de Palermo, probablemente conocen la pizzeria "Tía Pepina di Capri", esa
que está al dos mil y pico de Julián Alvarez. Hace pocos años, en ese
mismo lugar donde ahora la muzzarella es dueña y diosa, existía un feo,
viejo y delicadamente sucio edificio.
Llegué a conocer muy bien su frente grisáceo, de tanto apreciarlo en esos
agradables paseitos que tenía por costumbre disfrutar años atrás.
Era pleno invierno, pero todas las noches me lanzaba a caminar. Revivo
esto y me envuelve la nostalgia, cual mortaja usada. Recuerdo que esas
noches me excretaba de frío, de soledad y de hastío. Pero el insomnio
era más fuerte. La absoluta certeza de que una existencia tan intrascendente
como la mía estaba condenada a durar mucho tiempo era algo que me espantaba.
Angustiaba y asqueaba, todo junto y finamente envuelto en papel de diario
con olor a pescado podrido. Este cóctel de sensaciones no hace bien a
los nervios.
Hoy día estoy mucho mejor. Casi me siento una persona normal. No veo la
hora de ser como todo el mundo, es decir, un completo tarado. Tan tarado
que ni siquiera sé de cuenta de lo tarado que es.
En fin, lo cierto es que conocí el edificio, con esas dos oxidadas puertas
de hierro y aquel derruido balcón que prometía una muerte dolorosa a quien
tuviera la estúpida idea de usarlo.
Solo el piso superior estaba habitado. Empecé a saberlo una noche en que
un hombre que salía del lugar chocó conmigo. Era una criatura alta y enfermizamente
delgada. Su cabeza semejaba una calavera recubierta con piel de palidez
nada aristocrática. Jehová lo había infradotado con un casi inexistente
mentón. No contento con eso, también le obsequió un tajo ligeramente oblicuo
que hacía las veces de boca. Los ojos saltones de mirada asustada completaban
el elenco de razones por las cuales este infeliz jamás llegaría a Mister
Universo y, simultanea y desafortunadamente, le daban ese matiz entre
repugnante y caricaturesco que debe tener cualquiera que quiera parecerse
a mí. Como era de esperar, trabamos conversación y así se inició una cosa
que con buena voluntad podría asemejarse a la amistad.
A las pocas semanas, este nuevo integrante de mi reducidisimo círculo
social se animó y me invitó a entrar a su casa, lo cual revelaba sin dejar
lugar a dudas el grado de desesperante soledad en que se encontraba. Como
no tenía nada mejor que hacer y era una noche demasiado fría para caminar
y hablar pavadas, que era lo que veníamos haciendo últimamente; acepté
con el mismo entusiasmo que uno pone cuando trabaja en algo que odia.
El pobre desgraciado se dio cuenta de mi estado de ánimo e intentó mostrarse
más alegre y jovial que de costumbre, es decir que trató dejar por un
momento de parecer un enfermo terminal con absoluto conocimiento de que
le quedan seis meses, todavía, de dolorosa vida.
Supongo que su pretendido cambio de actitud tenía por objeto lograr una
mejor predisposición de mi parte. Sin embargo, solo consiguió desanimarme
del todo. Es que, cuando una calavera sonríe, abriendo su torcida boca
y mostrando dientes desparejos, solo se puede sentir repulsión.
En fin, la cuestión es que entramos en la casa. No bien traspusimos la
puerta, dimos a un angosto y corto pasillo cubierto. Cubierto por techo
y por roña. Al final del mismo había otra puerta. Esta era de madera y
vidrio. La madera estaba hinchada y descascarada. El vidrio hacía juego
con sus rajaduras. La suciedad hermanaba, unía y sostenía ambos elementos.
Una vez que dejamos atrás toda esa basura, subimos por una cuasiblanca,
gastada y sinuosa escalera.
De las siete amplías habitaciones, descontando baño y cocina, de que se
componía la gran pocilga en que me encontraba, solo las dos del fondo
tenían mobiliario. El cuadro se completaba con una pieza situada en la
terraza, la cual llegué a conocer tras un curioso acontecimiento.
En efecto, Ignacio, que ese era el nombre de mi casi-amigo; pareció envolverse
en una lucha interior apenas se paró frente a la escalera que llevaba
a la azotea. Sus feas facciones se contraían, las manos se retorcían una
con otra y el cuerpo se bamboleaba rítmicamente hacía adelante y hacía
atrás, como le pasa a ciertos locos. Los ojos, en cambio, estaban completamente
abiertos y fijos hacia la subida.
Finalmente terminó el numerito de circo y, ya recuperado, mi buen compañero
de juerga me indicó que fuéramos a la terraza. Por mi parte, aparenté
no darme cuenta del espectáculo ofrecido, quiero decir que no aplaudí
ni me reí. Me limité a seguirlo pensando una que otra obscenidad.
La pieza de la terraza estaba destinada a guardar trastos viejos, pero
como toda la casa era un inmenso trasto viejo, en realidad carecía de
utilidad. Estaba repleta de muebles antiguos, polvorientos, rotos y coquetamente
apolillados. Ignoro si eran cosas finas. En todo caso, sabían disimularlo.
Solo se encontraba libre un ángulo de la habitación. Allí se podía admirar
una preciosa e irregularmente redonda mancha, adulta por su tamaño y con
ese inconfundible aspecto de fresca decadencia que tienen todas las manchas
de humedad.
Mi guía clavó su mirada en ella y, por unos segundos, se repitió la escena
de un rato antes.
Hay que arreglar eso- Le dije. Ignacio me miró. -Eh...la mancha, digo-
Sé que es una sucesión de frases idiotas, pero mí conversación no se caracteriza
por la originalidad. En eso siempre fui un tipo muy normal.
Ignacio se tranquilizó un poco al darse cuenta que no me estaba refiriendo
a él y, mientras se daba vuelta y me hacía seña de que bajásemos; se contentó
con decirme: Así es como debe estar.-
Por fin terminó la encantadora visita y, días más tarde, sonó el timbre
de mi casa, suceso notabilisimo por lo inusual. Más raro aún era el visitante.
Ignoro como Ignacio averiguó mi dirección, tal vez se la mencioné sin
querer, pero no tuve tiempo de preguntárselo porque este dilecto camarada
se metió en mi covacha sin saludarme, se desparramó en mi mejor silla
y empezó a hablar, con la misma paz espiritual de un demente furioso.
Tengo que contarle algo,- me escupió- que me pasó hace tres días. Quiero
que me dé su opinión para tomar una decisión.
Debo aclarar que con Ignacio y con cualquiera me trato exclusivamente
de usted. Hay que mantener las distancias con los extraños. Por eso, no
me tuteo ni a mí.
Hable- le respondí.- Tengo todo el tiempo del mundo.- era una de las más
completas verdades que había dicho en mi vida.
Un poco más tranquilo, el objeto de mi forzada hospitalidad inició su
relato.
Toda mi vida la pasé en la casa que usted conoce. Claro que en mi infancia
era un lugar alegre y feliz, principalmente por mi madre. Ella quedó viuda
a poco de nacer yo. Soy hijo único y no teníamos parientes, así que toda
esa inmensa casa había quedado para nosotros dos. Cuando niño acostumbraba
correr por las habitaciones y meterme en todos los recovecos. El único
lugar prohibido era la pieza de la azotea. Recién al ser adolescente mi
madre me dejó entrar, y entonces vi lo mismo que usted hace unos días,
es decir, nada raro. Si ya estaba muy intrigado, esto no hizo más que
aumentar mi curiosidad porque, ¿cuál había sido el objeto de la prohibición?.
Mi madre me dio respuestas evasivas. Por un tiempo llegué a pensar que
el tema tuviera conexión con la muerte de mi padre. Papá falleció a causa
de una caída accidental desde la azotea a la calle, es todo lo que sé.
Pero, en todo caso, me hubiera prohibido subir a la terraza. Sin embargo,
la cosa se limitaba exclusivamente a la pieza. Así que, apenas pude, examiné
todo el lugar detenidamente. Como habrá notado, no hay mucho que ver.
Lo único que me llamó un poco la atención fue la mancha de humedad que
usted me sugirió eliminar. Permanece siempre igual, sea verano o invierno.
Algo en mí me decía que tenía que evitarla. Nunca hablé de eso con mi
madre, pero me parecía que a ella también le resultaba algo desagradable.
En fin, hace un poco más de un año, mamá murió. Seis meses después, mientras
revolvía un ropero sin tener otra cosa que hacer, encontré unos papeles.
Uno de ellos es esta carta escrita por mi madre. La traje para leérsela...
Espere- le arrebaté la carta de un manotazo desganado. Estaba escrita
con una letra redonda y enfermizamente prolija. Iba dirigida a Ignacio,
para que la leyera después de la muerte de la vieja y, eliminando frases
sensibleras de mal gusto, le decía a su hijito que, si quería vender la
casa, primero tenía que demoler la pieza de la terraza. También le pedía
que hiciera lo mismo si se quedaba viviendo allí o, por lo menos, que
no entrara a ese lugar. La vieja alegaba poderosas razones, que no detallaba,
para pedir semejante cosa. Había un párrafo que me quedó grabado hasta
hoy: "Si llegaran a cumplirse tus deseos, no podrías resistir el sufrimiento.
No puedo poermitirtelo, aunque antes pensara distinto."
Le devolví la carta a Ignacio y me quedé mirándolo. Entonces prosiguió
su cantinela.
Como supondrá, estas líneas me dejaron lleno de perplejidad. La muerte
había sorprendido a mamá antes que pudiera encontrar la forma de que la
carta me llegara después de su partida, así que la encontré de casualidad
y gracias al aburrimiento. Eso era lo único claro. Ahora, ¿por qué destruir
esa pieza?, ¿Por qué no la hizo demoler ella misma? Y, sobre todo, ¿qué
deseos me pueden causar tanto sufrimiento?.
Le confieso que, al principio, pensé que mi madre había perdido la razón,
pero es innegable que esa habitación estuvo rodeada de un halo de misterio
toda mi vida. Por otro lado, no acababa de comprender la conveniencia
de escribirme esa carta. Suponiendo que realmente hubiera algún peligro,
¿no era peor avisarme?. ¿No hubiera sido más lógico no escribir nada y,
de esa manera no incitar aún más mi curiosidad?. Tenía la impresión que
mi madre en verdad quería que yo "usara" la pieza para "cumplir mis deseos".
Pero esto era una tontería. Ella nunca intentaría perjudicarme.
Lo cierto es que, desde ese momento he estado luchando contra mis propias
dudas. No entendía nada y me sentía incapaz de hacer algo.
Tiempo, después, una noche entré en la maldita pieza y, como en muchas
otras ocasiones, me puse a mirar la mancha de humedad. No sé si fue porque
vez miré durante más tiempo o porque estaba muy nervioso, pero ocurrió
que la mancha empezó a agrandarse, o a venir hacía mí, o yo ir hacía ella.
Parecía la entrada de un túnel. Por el viento, la puerta de la pieza se
cerró violentamente y ese ruido me volvió a la realidad, o eso creo.
Desde ese día, las cosas empeoraron. Estaba asustado, convencido de mi
locura y pensaba en mamá constantemente.
Hace tres días no pude aguantar más. Tenía que ver si todo había sido
o no una ilusión. Estaba dispuesto a pasar todo el día en ese cuarto mirando
esa mancha, a ver que pasaba. No tuve que esperar tanto. Apenas unos momentos
bastaron para que todo volviera a repetirse. La mancha era un enorme túnel
oscuro que me invitaba a entrar. No sé como explicarlo, pero lo siento
así.
Finalmente entré y empecé a caminar por entre esa negrura. No necesité
entrar mucho para encontrarme frente a mi propia casa. No me sorprendí.
En ese momento parecía saber o querer todo lo que iba a pasar. Así que
ingresé a mi casa, subí y llegué a mi dormitorio, el que tengo desde mi
juventud. Allí se encontraba una mujer joven. Era hermosa. Apenas me vio,
pareció conocerme y empezó a sacarse la ropa. Yo...hice lo mismo y...tuvimos
relaciones sexuales, usted me entiende. Yo...jamás la había pasado tan
bien con una mujer.
Cuando todo terminó, me vestí y la deje ahí en la... cama. En pocos minutos
de desandar el camino, me encontré nuevamente en la pieza de la azotea.
Recién allí comencé a darme cuenta de lo ocurrido aunque...¿alguien medianamente
normal puede darse cuenta de algo en un caso así.?
Desde entonces, no duermo, no como ni nada. Cuando la cabeza estaba por
explotarme decidí venir a verlo. Usted es la única persona con la que
me trato y quiero que me dé su opinión: Para usted, ¿Esto tiene alguna
explicación lógica o se trata de simple locura?.
Después que mi visitante concluyó su largo relato, balbuceado con ese
estilo suyo tan pomposo, anacrónico y pacato de expresarse que estoy tratando
con esfuerzo de imitar, había llegado mi momento de hablar.
El problema es que no tenía ganas. Estaba lo suficientemente decepcionado
de la vida antes de conocer a Ignacio. El presente discurso no había hecho
más que aumentar mi decepción. Quería, en cambio, hacer algún despliegue
físico. Por ejemplo, sacar a patadas de mi cuchitril a ese pelotudo.
Sin embargo, el tarado ese tenía cierto parecido conmigo, como ya dije,
así que me contuve y le respondí:
Bueno, esto ha ocurrido otras veces. Tal vez en realidad le paso a usted.
Yo escuché y leí de casos semejantes. -Lo que no significa nada, pensaba
para mí, pues de toda idiotez hay precedentes. -Tranquilícese, indudablemente
hay una explicación. Tal vez se trate de un agujero tempoespacial, que
lo comunica a una dimensión paralela a la nuestra, como dicen algunos.-
todo esto no deja de ser nada más que una necedad expresada en forma pseudocientifica.
Lo mío era realmente la presuntuosa ignorancia de los que quieren aparentar
conocimientos o, por lo menos, justificar un criterio muy amplio, porque
en definitiva no hablaba para ayudar, sino para parecer sabio.
A esta altura, no me interesa una explicación. Me conformaría con saber
si lo que me pasó, pasó en realidad o no. Pero no sé de que manera probarlo.-
me dijo Ignacio.
Vaya a su casa y trate de repetir la operación que me contó. Asegúrese
de estar bien despierto.- Sugerí.
Increíblemente, estas palabras que podían tomarse como una burla, y en
realidad lo eran, agradaron a mi compañerito.
Si, tiene razón. Antes que perder la salud pensando en esto, mejor es
ver si se produce de nuevo.- Acto seguido, Ignacio se despidió de manera
casi efusiva.
Antes de irme a dormir me quedé pensando en la expresión del tipo cuando
le di mi "idea". Parecía como sí le hubieran quitado un gran peso de encima,
como sí otro hubiera tomado una decisión que lo complacía pero que no
se atrevía a tomar por su cuenta.
El tiempo pasó y no volví a saber de Ignacio sino cuando me enteré de
su muerte por el diario.
Fue un hecho singular. Por regla general no leo periódicos, pero en los
últimos días estaba comprando uno de los de la mejor prensa sensacionalista.
Me gustaba el despliegue de sangre que hacía. Como toda persona civilizada,
disfruto con una buena descripción de in suceso violento, cruel o bestial.
Por supuesto que, en público, la mayoría de la gente lo niega, pero esa
es otra de las pequeñas mentiritas que sazonan nuestra maravillosa vida
en sociedad.
Así pues, leía el diario y, al lado de un título que daba cuenta de la
forma en que un gentil señor se había almorzado a sus tres hijos, luego
de matarlos y carnearlos prolijamente, figuraba una pequeña información.
todavía hoy conservo el recorte:
SUICIDIO EXITOSO
En la madrugada de ayer, los vecinos de la calle
Julián Alvarez al dos mil, en el populoso barrio de Palermo de esta Capital,
fueron despertados por un fuerte ruido proveniente de la calle. Lo había
provocado el cuerpo de un individuo joven, quien yacía sin vida en medio
de un impresionante charco de sangre, frente a lo que posteriormente se
determinó fuera su vivienda. Se cree que esta persona, a la que se identificó
como Ignacio Díaz, soltero de treinta y cinco años de edad, de nacionalidad
argentina; se arrojó del balcón o la terraza de su casa. El fallecido,
según sus vecinos, era una persona hosca y de extrañas costumbres, tal
vez desequilibrado mentalmente."
Hacía tres semanas que había visto a Ignacio por última vez y su muerte
me extrañó.
Siempre admiré a los suicidas. Me parecen gente valiente. Yo no lo soy.
Pero jamás hubiera pensado que Ignacio se mataría. Hasta ese momento lo
consideraba uno de esos seres destinados a andar lloriqueando perpetuamente
de aquí para allá, buscando un alma compasiva o idiota que los escuchara
y consolara. A partir de ese momento, le tuve un poco más de respeto.
El respeto que se le tiene a alguien que no es como uno, sino mejor.
Esa misma noche me encaminé hacía su casa. No sabía bien para que, pero
quería verla. Todavía no habían limpiado la sangre de la vereda. Supongo
que los vecinos querían conservar el recuerdo de un divertido y excitante
tema de conversación.
Al lado de la casa de mi ex casi-amigo había, y aún hay, un edificio de
departamentos. Tiene tres pisos, pero como se trata de una construcción
moderna y, por lo tanto, mezquina, su altura total era apenas un poco
mayor que la de la casa de Ignacio.
En ese momento salía una persona del edificio, una gordita mofletuda y
lustrosa. Antes que cerrara la puerta, me acerqué a ella y le dije con
un tono que no admitía replica:
Aquí vive el señor Pérez, ¿verdad?-
La gorda me miró, palideció ante mi total ausencia de belleza y gorgoteó:
Sup...supongo que...si...¡Siii!...creo que...en el...tercero B.-
Antes que pudiera agregar nada y medio atropellando a ese chancho con
rouge, me metí en el edificio. Hasta el día de hoy dudo que viva un Pérez
en el tercero B. Creo que lo mío, más que del ingenio o de la suerte,
fue obra del terror.
Inmediatamente enfilé para la terraza. No tuve problemas en llegar. La
única puerta que me lo impedía solo tenía un pasador.
Más difícil fue pasarme de una azotea a la otra. La razón es que no soy
precisamente un atleta. Trepar una pared y lanzarme desde allí para caer
en el techo de la casa de Ignacio me resultó particularmente doloroso.
Como sea, con paso rengueante me encaminé hacía la pieza. Me parecía increíble
que una construcción tan vulgar, cuatro paredes de material y techo de
chapa, pudiera contener alguna cosa fantástica o misteriosa.
La puerta estaba cerrada con llave o atrancada, pero se trataba de una
madera vieja, delgada y medio podrida.
No me importó hacer ruido. Nadie saldría de su cueva para ver que pasa.
Eso solo ocurre en las películas. Los humanos somos muy cagones, que se
le va a hacer.
La cuestión es que cargué con mis poco desarrolladas fuerzas contra la
dichosa puerta. Al primer intento, ambos nos vinimos abajo. Ahora mi hombro
derecho acompañaba a mi tobillo izquierdo en el dolor.
En fin, como pude me levanté solo para comprobar que, o habían cortado
la luz, o la lamparita estaba quemada. Por supuesto, no tenía una linterna,
ni encendedor, ni fósforos, ni una luciérnaga. Por suerte, con la luz
de la luna se veía bastante. En realidad, solo me interesaba distinguir
la bendita mancha de humedad.
Paseé la mirada por todo el cuarto y vi una cosa que brillaba débilmente.
Estaba sobre una mesita. Me acerqué y la agarré. Parecía un pequeño portarretrato,
pero no pude distinguir la imagen de la foto. La luz no daba para tanto.
Sin saber que hacer con el, me lo guardé en el bolsillo de la campera.
Me gusta robar, siempre que no corra ningún peligro. En eso también soy
igual a todos. A veces me deprime ser tan masificado, pero enseguida se
me pasa porque enseguida la reemplazo por otras depresiones más interesantes.
Consumado el robo, dirigí mi vista hacía la mancha. Recordaba que el "suicida
exitoso" me había dicho que la estaba observando fijamente cuando "sucedió
todo". Así que eso, precisamente, es lo que me puse a hacer.
Cuando la mancha empezó a agrandarse tuve la sensación de que algo dentro
de mí se rompía. Supongo que eran mis estructuras mentales. En un momento
dado, estaba completamente a oscuras. Me puse a caminar hacía adelante
a ciegas, esperando chocar enseguida con la pared. A los cien pasos, no
me quedó más remedio que admitir que algo raro pasaba. Sin embargo, no
estaba asustado. Para nada. En realidad, sabía lo que iba a suceder, solo
que me resistía a creerlo.
El dormitorio de Ignacio se me apareció de improviso, como cuando vuelve
la luz después de un apagón. Era el mismo dormitorio que conociera en
vida de este. Pero ahora tenía más muebles y estaba en mejor estado. Todo
lucía más nuevo. Pero lo realmente interesante se veía encima de la cama.
Ahí estaban Ignacio y una mujer. Cogían como animales. Ni se habían dado
cuenta de mi presencia.
El cuerpo desnudo de Ignacio era coherente con su cara. Era un cuerpo
que emocionaba. Provocaba risa, llanto, asco, odio a Dios por crear una
porquería como esa, etcétera. En cambio, la hembra que estaba con él era
una cosa hermosa, rubia, joven, carnosa, soberbiamente satánica, un viaje
directo al Infierno; algo que dolía al verlo.
Recién un buen rato después de mi llegada, la adorablemente asimétrica
parejita paró la cabalgata y se puso a contemplarme. Aproveché la ocasión
para hacer la única pregunta que, en ese preciso momento supe, venía a
hacer. La contestación que me dio Ignacio, mientras su yegua pura sangre
me miraba con expresión divertida, no me sorprendió.
Me despedí de ambos con una espléndida sonrisa para poder exhibir mis
dientes rotos y, ni bien me di vuelta, volvió el apagón. No sé si esta
vez caminé más o menos que antes, pero, finalmente, llegué de vuelta a
la pieza.
Ahí me agarró la locura.
Primero empecé a temblar, después vomité y luego me largué a correr, a
los tropezones y en círculos, por la azotea. Fue muy patético mientras
duró, supongo. Pero duró poco porque me caí de cara al piso.
Me quedé tirado mientras intentaba calmarme. El paseito a través de la
mancha me había quitado todas las dudas. No solo por la respuesta de Ignacio,
sino porque en todo el recorrido me fui impregnando del asunto. No puedo
explicarlo, pero dentro de la mancha uno consigue saber, o hacer, aquello
que quiere. Incluso aquello que uno quiere inconscientemente, es decir,
que quiere pero no sabe que quiere. No tengo la menor idea de que cosa
significa esta boludez que acabo de decir, pero suena muy intelectual
y moderno.
Finalmente, decidí irme. Me hallaba más o menos recuperado, así que recorrí
como pude el camino inverso hasta encontrarme con la fantástica noticia
de que la puerta de entrada del edificio estaba cerrada con llave.
No sabía que hacer y ya habían pasado como veinte minutos, cuando veo
que se aproxima alguien. ¡Ni más ni menos que la gorda!. Por la cara,
volvería de un velatorio poco concurrido. Recién cuando entró me vio.
Me abalancé sobre ella y, en el momento en que la chancha comenzaba a
disfrutar por anticipado de la violación, la esquivé y salí corriendo.
Es un decir, porque con un tobillo hecho mierda mucho no se puede hacer.
Como a los cien metros me detuve, tomé aire, me di cuenta que nadie me
seguía y por último, asumí plenamente el hecho de que estaba haciendo
el papel de un pelotudo.
Con ese esclarecedor pensamiento en mente, fui andando hasta sentarme
en uno de los bancos de la plaza Güemes, justo debajo de una columna de
alumbrado que, cosa milagrosa, precisamente estaba alumbrando.
Saqué el portarretrato del bolsillo. Era un buen momento para pensar o,
mejor dicho, para recordar. Porque no había nada que recordar: la mancha,
LA MANCHA, me había dicho todo muy claramente. Todos tenemos deseos, ¿verdad?.
Yo quería saber que le había pasado a Ignacio, pero mucho más quería morirme
y terminar esta vida asquerosa. Esa sería mi suprema felicidad. Pues bien,
LA MANCHA elige el deseo a satisfacer.
Y siempre elige uno que joda.
Por eso me había mostrado a Ignacio y a su amante. Por eso me había contado
todo. Para que me atragantara con una historia de mierda que, en el fondo,
no me interesaba un carajo, que solo me da un aumento en las nauseas que
me causan todos los que me rodean.
A Ignacio, y supongo que a su viejo, también les dio lo que querían.
Ignacio deseaba a esa mujer y la tuvo. Esa mujer a la que amó apasionada
e ilimitadamente. Años hacia que quería tenerla, pero eso que llaman conciencia,
o la vergüenza, o el temor o el asco o todo junto se lo impidieron.
Hasta que LA MANCHA le dio una oportunidad.
Entonces, él pudo amarla, más joven y más hermosa de lo que la había conocido
en persona; pero, quizás, igual de perversa. Tan joven y hermosa como
en la foto del portarretrato.
Disfrutó con ella hasta que no pudo soportar la culpa y entonces se mató.
Se llamaba María Luisa y él, como corresponde, siempre le había dicho:
"Mamá".
**Email: jorgeoscar.rossi@gmail.com
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