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ESTUDIO COMPARATIVO DE LAS PARÁLISIS MOTRICES
ORGÁNICAS E HISTÉRICAS 1888-93 [1893] Sigmund Freud «Quelques considérations pour une étude
comparative des paralysies motrices organiques et hystériques», en francés el
original. [Anch. Neurol., 26 (77), 29-43.] 1888-93 [1893] CHARCOT, cuyo alumno fui en 1885 y 1886, me
confió en esta época la labor de realizar un estudio comparativo de las parálisis motrices
orgánicas e histéricas, basado en las observaciones efectuadas en la Salpêtrière y
encaminado a descubrir algunos caracteres generales de la neurosis y a conducirnos a una
concepción de la naturaleza de tal enfermedad. Causas accidentales y personales me
han impedido durante mucho tiempo obedecer a su inspiración. De este modo no
quiero aportar ahora sino algunos resultados de mis investigaciones, dejando a un lado los
detalles necesarios para una demostración completa de mis opiniones. I. Habremos de comenzar por algunas
observaciones generalmente admitidas sobre las parálisis motrices orgánicas. La clínica
nerviosa reconoce dos clases de parálisis motrices: la parálisis periférico-espinal (o bulbar) y la
parálisis cerebral. Esta distinción armoniza perfectamente con los datos de la anatomía del
sistema nervioso, los cuales nos demuestran que no hay en el recorrido de las
fibras conductoras motrices sino dos segmentos: uno, que va desde la periferia hasta
las células de los cuernos anteriores de la médula, y otro, que va desde ellos hasta la
corteza cerebral. La nueva histología del sistema nervioso, fundada en los trabajos de
Golgi, Ramón y Cajal, Koelliker, etc., traduce estos hechos, diciendo que «el trayecto de las
fibras de conducción motrices se halla constituido por dos neuronas (unidades nerviosas
célulofibrilares), que se encuentran para entrar en relación al nivel de las células
llamadas motrices de los cuernos anteriores». Clínicamente, la diferencia esencial de estas
dos clases de parálisis está en que la parálisis periféricoespinal es una parálisis detallada y
la parálisis cerebral es una parálisis conjunta. El tipo de la primera es la parálisis facial en
la enfermedad de Bell, la parálisis en la poliomielitis aguda de la infancia, etc. Ahora
bien: en estas afecciones cada músculo, e incluso podríamos decir cada fibra muscular,
puede quedar paralizado individual y aisladamente. Ello no depende sino de la
situación y la extensión de la lesión nerviosa, no existiendo regla fija alguna para que uno de los
elementos periféricos escape a la parálisis, mientras otro la padece de un modo constante. Por el contrario, la parálisis cerebral es
siempre una afección que ataca a una gran parte de la periferia, una extremidad, un segmento de
ésta o un complicado aparato motor. Jamás se limita a afectar individualmente a un
músculo, por ejemplo, el bíceps del brazo o el tibial, aisladamente, y si existen aparentes
excepciones a esta regla (la dosis cortical, por ejemplo), se ve muy bien que se trata de
músculos que realizan por sí solos una función de la cual son el único instrumento. En las
parálisis cerebrales de las extremidades podemos observar que los segmentos periféricos sufren
siempre más que los próximos al centro. Así, la mano se muestra más paralizada que el
hombro. No hay, que yo sepa, una parálisis cerebral aislada del hombro, conservando la mano
su movilidad, mientras que lo contrario es regla general en las parálisis que no son
completas. En un estudio sobre las afasias (Viena, 1891) he intentado demostrar que la
causa de esta importante diferencia entre la parálisis periférico-espinal y la parálisis cerebral
debe ser buscada en la estructura del sistema nervioso. Cada elemento de la periferia
corresponde a un elemento en el eje gris, que es, según las palabras de Charcot, su aboutissement
nervioso. La periferia es, por decirlo así, proyectada punto por punto y
elemento por elemento sobre la sustancia gris de la médula. Así, proponemos denominar a la parálisis
periférico-espinal detallada parálisis de proyección. No sucede, en cambio, lo mismo por
lo que respecta a las relaciones entre los elementos de la médula y los de la corteza. El
número de fibras conductoras no bastaría para establecer una segunda proyección de la
periferia sobre la corteza. Hemos de suponer que las fibras que van de la médula a la corteza
no representan ya cada una a un solo elemento periférico, sino más bien a un grupo de
ellos, y que, por otra parte, un elemento periférico puede corresponder a varias fibras
conductoras espinocorticales. Existe, en efecto, un cambio de ordenación que ha tenido
efecto en el punto de conexión entre los dos segmentos del sistema motor. Así, pues, la
reproducción de la periferia en la corteza no es ya una reproducción exacta punto por punto ni
una verdadera proyección, sino una relación por medio de fibras, a las que podemos
calificar de representativas. En consecuencia proponemos para la parálisis
cerebral el nombre de parálisis de representación. Naturalmente, cuando la
parálisis de proyección es total y de una gran extensión, es también una parálisis de conjunto,
quedando así desvanecido su gran carácter distintivo. Por otra parte, la
parálisis cortical, que se distingue entre las parálisis cerebrales por su mayor aptitud de disociación,
presenta, sin embargo, siempre el carácter de una parálisis de representación. Las demás diferencias entre las parálisis de
proyección y de representación son harto conocidas. De ellas citaremos la integridad de
la nutrición y de la reacción eléctrica en la última de dichas dos enfermedades. Aunque muy
importantes clínicamente, no tienen estos signos el alcance teórico que hemos de
adscribir al primer carácter diferencial por nosotros recogido, o sea la distinción entre
parálisis detallada y parálisis conjunta. Se ha atribuido con gran frecuencia a la histeria la
facultad de simular las afecciones nerviosas orgánicas más diversas. Se trata de saber si de
un modo más preciso simula los caracteres de las dos clases de parálisis orgánicas; esto
es, si hay parálisis histéricas de proyección y parálisis histéricas de representación, como en
la sintomatología orgánica. Resalta aquí un primer hecho importante: la histeria no simula
jamás las parálisis periférico-espinales y de proyección; las parálisis histéricas comparten
tan sólo los caracteres de las parálisis orgánicas de representación. Es éste un hecho
muy interesante, puesto que la parálisis de Bell, la parálisis radial, etc., se cuentan
entre las afecciones más comunes del sistema nervioso. Creo conveniente hacer constar, para evitar toda
confusión, que trato aquí exclusivamente de la parálisis histérica fláccida y no de la
contractura histérica. Me parece imposible someter la parálisis y la contractura histérica
a las mismas reglas. Sólo refiriéndonos a las parálisis histéricas fláccidas podemos sostener
que no afectan jamás a un único músculo, excepto en el caso en que este músculo es el
instrumento único de una función que son siempre parálisis totales y que corresponden en
este sentido a la parálisis de representación o cerebral orgánica. Además, en
lo que concierne a la nutrición de las partes paralizadas y a sus reacciones
eléctricas, la parálisis histérica presenta los mismos caracteres que la parálisis cerebral orgánica.
Si la parálisis histérica se enlaza así a la parálisis cerebral, y particularmente a la
parálisis cortical, que presenta una mayor facilidad de disociación, no deja tampoco de
distinguirse de ellas por caracteres importantes. En primer lugar, no aparece
sometida a la regla constante en las parálisis cerebrales orgánicas de que el segmento
periférico resulta siempre más afectado que el segmento central. En la histeria, el hombro o
muslo pueden aparecer más paralizados que la mano o el pie. No es nada difícil producir
artificialmente una parálisis aislada del muslo, de la pierna, etc., y la clínica nos
presenta con bastante frecuencia estas parálisis aisladas contrariamente a las reglas de la
parálisis orgánica cerebral. En este importante sentido la parálisis histérica es, por decirlo
así, intermedia entre la parálisis de proyección y la parálisis de representación orgánica. Si no
posee todos los caracteres de disociación y de aislamiento propios de la primera tampoco se
halla sujeta a las estrictas leyes que rigen la parálisis cerebral. Con estas restricciones
podemos sostener que la parálisis histérica es también una parálisis de representación, pero de
una representación especial cuya característica falta aún por hallar.(1) II. Para avanzar en la dirección antes indicada
me propongo estudiar los demás rasgos distintivos entre la parálisis histérica y la
parálisis cortical, tipo el más perfecto de la parálisis cerebral orgánica. Hemos mencionado ya
el primero de tales caracteres distintivos, o sea el de que la parálisis
histérica puede aparecer más disociada y sistematizada que la parálisis cerebral. Los
síntomas de la parálisis orgánica se nos muestran en la histeria como fragmentados. De la
hemiplejía común orgánica (parálisis de los miembros superior e inferior y del facial
inferior), la histeria no reproduce sino la parálisis de los miembros, e incluso disocia con
gran frecuencia y con la mayor facilidad la parálisis del brazo, de la pierna,
presentándolas separadas en forma de monoplejías. Del síndrome de la afasia orgánica reproduce la
afasia motriz en estado de aislamiento, y, cosa inaudita en la afasia orgánica, puede crear una
afasia total (motriz y sensitiva) para un idioma determinado, sin atacar en absoluto la
facultad de comprender y articular otro distinto, fenómeno observado por mí en varios
casos aún inéditos. Este mismo poder de disociación se manifiesta en las parálisis
aisladas de un segmento de miembro, con integridad completa de todas las partes
restantes del mismo, o también en la abolición completa de una función (abasia, astasia), con
integridad de otra función ejecutada por los mismos órganos. Esta disociación es aún más
sorprendente cuando la función respetada es la más compleja, pues en la sintomatología
orgánica, cuando existe una debilitación desigual de varias funciones, es siempre la
función más compleja y posteriormente adquirida la más atacada a consecuencia de la
parálisis. La parálisis histérica presenta, además, otro
carácter, que es como la rúbrica de la neurosis, y que viene a agregarse al anteriormente
indicado. En efecto, como varias veces le he oído al propio Charcot, la histeria es una enfermedad
de manifestaciones excesivas, que entraña una tendencia a producir sus síntomas con la
mayor intensidad posible. Es éste un carácter que no se muestra únicamente en las parálisis,
sino también en las contracturas y anestesias. Sabido es hasta qué grado de
contorsión pueden llegar las contracturas histéricas, casi sin igual en la sintomatología
orgánica. Conocemos también cuán frecuentes son en la histeria las anestesias
absolutas y profundas, de las cuales no pueden reproducir las lesiones orgánicas sino un débil
esquema. Lo mismo sucede con las parálisis. Con frecuencia son absolutas en un
grado insuperable: el afásico no prefiere una sola palabra, mientras que el afásico orgánico
conserva casi siempre algunas sílabas, el «sí» y el «no», una interjección, etc.; el brazo
paralizado cuelga absolutamente inerte, etc. Este carácter es demasiado conocido para que
insistamos en él. por el contrario, sabemos que en la parálisis orgánica la paresia es siempre
más frecuente que la parálisis absoluta. La parálisis histérica es, pues, de una limitación
exacta y de una intensidad excesiva. Posee estas dos cualidades a la vez, y contrasta así
máximamente con la parálisis cerebral orgánica, en la cual no se asocian nunca estos
dos caracteres. También en la sintomatología orgánica existen monoplejías, pero son siempre
monoplejías a potiori y no delimitadas exactamente. Si el brazo se halla paralizado a
consecuencia de una lesión cortical orgánica, hay casi siempre ataque concomitante menor del
facial y de la pierna, y si esta complicación no se ve ya en un momento dado, ha
existido siempre al principio de la enfermedad. La monoplejía cortical es siempre, a
decir verdad, una hemiplejía, alguna de cuyas partes aparece más o menos borrosa, pero
siempre reconocible. Para ir más allá, supongamos que la parálisis no haya afectado más
que al brazo, esto es, que se trate de una monoplejía cortical pura. Veremos entonces
que la parálisis es de una intensidad moderada. En cuanto esta monoplejía aumente en
intensidad convirtiéndose en parálisis absoluta, perderá su carácter de monoplejía pura
y aparecerá acompañada de perturbaciones motoras de la pierna o el rostro.
No puede hacerse absoluta y permanecer a la vez limitada. En cambio, nos muestra de continuo la clínica
que tal simultaneidad puede darse muy bien en la parálisis histérica. Esta parálisis
afecta, por ejemplo, al brazo de un modo exclusivo, sin que encontremos el menor indicio
de ella en la pierna ni en la cara. Además, al nivel del brazo es tan fuerte como lo pueda
ser otra parálisis cualquiera. Esto constituye una sorprendente diferencia con la parálisis
orgánica; diferencia que da mucho que pensar. Naturalmente, hay casos de parálisis
histérica en los cuales la intensidad no es excesiva, ni ofrece la disociación nada
singular. Estos los reconocemos por otros caracteres; pero son casos que no presentan el sello típico
de la neurosis y que, no pudiendo darnos ningún dato sobre la naturaleza de la misma, no
poseen interés ninguno desde el punto de vista aquí adoptado. Añadiremos algunas
observaciones de importancia secundaria y que incluso van más allá de los límites de nuestro
tema. En primer lugar, haremos constar que las parálisis histéricas aparecen acompañadas de
perturbaciones de la sensibilidad con mucha más frecuencia que las parálisis
orgánicas. En general, tales perturbaciones son más profundas y frecuentes en la neurosis que en la
sintomatología orgánica. Nada más común que la anestesia o la analgesia
histérica. Recuérdese, en cambio, con qué tenacidad persiste la sensibilidad en los casos
de lesión nerviosa. Si seccionamos un nervio periférico, la anestesia será menos en extensión
e intensidad de lo que podía esperarse. Si una lesión inflamatoria ataca los nervios
espinales o los centros de la médula, hallaremos siempre que la mobilidad sufre en primer lugar y
que la sensibilidad permanece indemne o queda tan sólo algo debilitada, pues persisten
siempre en alguna parte elementos nerviosos que no se hallan totalmente
destruidos. En los casos de lesión cerebral, conocemos la frecuencia y la duración de la
hemiplejía motriz, mientras que la hemianestesia concomitante es indistinta, fugaz,
y no aparece en todos los enfermos. Sólo algunas localizaciones completamente especiales
pueden producir una afección de la sensibilidad, intensa y duradera, e incluso este
hecho no está exento de dudas. Esta manera de ser de la sensibilidad, diferente en
las lesiones orgánicas y en la histeria, no es aún explicable hoy en día. Parece existir aquí
un problema, cuya solución nos revelaría quizá la naturaleza íntima de las cosas. Otro punto que me parece digno de mención es la
existencia de algunas formas de parálisis cerebral que no aparecen realizadas en
la histeria, como tampoco las parálisis periférico-espinales de proyección. Débese
citar, en primer término, la parálisis del facial inferior, manifestación la más frecuente de una
afección orgánica del cerebro, y permitiéndonos pasar por un momento a las
parálisis sensoriales, la hemianopsia lateral homónima. Sabemos que es una temeridad querer
afirmar que un determinado síntoma no se encuentra en la histeria, cuando las
investigaciones de Charcot y de sus alumnos descubren en ella, casi cotidianamente, síntomas
nuevos insospechados antes. Pero no es preciso tomar las cosas tal y como actualmente
se hallan. La parálisis facial histérica es muy discutida por Charcot, y si hemos de creer a
los partidarios de este hombre de ciencia, se trata de un fenómeno extraordinariamente
raro. La hemianopsia no ha sido aún vista en la histeria, y, a nuestro juicio, no lo será
jamás. Pero ahora, ¿de dónde viene que las parálisis histéricas, no obstante simular muy
precisamente las parálisis corticales, difieren de ellas en los rasgos distintivos que hemos
intentado enumerar? ¿Y cuál es el carácter genérico de la representación general al que
habremos de enlazarlas? La respuesta a estas interrogaciones contendría una parte muy
considerable e importante de la teoría de la neurosis. III. No cabe ya la menor duda sobre las
condiciones que dominan la sintomatología de la parálisis cerebral. Tales condiciones están
constituidas por los hechos de la anatomía, la construcción del sistema nervioso, la
distribución de sus vasos y la relación entre estas dos series de hechos y las circunstancias de la
lesión. Hemos dicho que el menor número de fibras que van desde la médula a la corteza, en
comparación con el número de fibras que van desde la periferia a la médula, es la base
de la diferencia entre la parálisis de proyección y la de representación. Igualmente
todo detalle clínico de la parálisis de representación puede hallar su explicación en un
detalle de la estructura cerebral, e inversamente. podemos deducir la construcción
del cerebro de los caracteres clínicos de las parálisis. Creemos, pues, en la existencia
de un perfecto paralelismo entre estas dos series. De este modo, si para la parálisis
cerebral común no hay una gran facilidad de disociación, es porque las fibras de conducción
motrices se hallan, en un largo trecho de su trayecto intracerebral, demasiado próximas para
ser lesionadas separadamente. Si la parálisis cortical muestra una mayor tendencia a
las monoplejías, es porque el diámetro del haz conductor braquial, crural, etc., va
creciendo hasta la corteza. Si de todas las parálisis corticales es la de la mano la más
completa, ello proviene, a nuestro juicio, de que la relación crucial entre el hemisferio y la
periferia es para la mano más exclusiva que para cualquier otra parte del cuerpo. Si el segmento
periférico de una extremidad sufre más de la parálisis que el segmento central, supondremos
que las fibras representativas del segmento periférico son mucho más numerosas que
las del segmento central, de manera que la influencia cortical se hace más
importante para el primero que para el segundo. Si las lesiones algo extensas de la corteza no
llegan a producir monoplejías puras, concluimos que los centros motores existentes sobre la
corteza no se hallan precisamente separados entre sí por campos neutrales, o que existen
acciones a distancia que anularían el efecto de una separación exacta de los centros. Igualmente, si en la afasia orgánica hay siempre
una mezcla de perturbaciones de distintas funciones, ello se explica por el hecho de que
todos los centros del lenguaje se hallan alimentados por ramas de la misma arteria, o, si
se acepta la opinión enunciada en mi estudio crítico sobre la afasia, por la
circunstancia de no tratarse de centros separados, sino de un territorio continuo de asociación. Las
singulares asociaciones que tan frecuentemente se observan en la clínica de las
parálisis corticales -afasia motriz y hemiplejía derecha, alexia y hemianopsia
derecha- se explican por la vecindad de los centros lesionados. La hemianopsia misma,
síntoma muy curioso y extraño para el espíritu no científico, no se comprende sino por el
entrecruzamiento de las fibras del nervio óptico en el quiasma, constituyendo la expresión
clínica del mismo, como todos los detalles de las parálisis cerebrales constituyen la expresión
clínica de un hecho anatómico. Dado que no puede haber sino una sola anatomía cerebral
verdadera, y ésta ha de hallar su expresión en los caracteres clínicos de las parálisis
cerebrales, es evidentemente imposible que tal anatomía pueda explicar los rasgos distintivos
de la parálisis histérica. Por esta razón no es admisible deducir para la anatomía cerebral
conclusiones basadas en la sintomatología de estas parálisis. Seguramente es necesario tener en cuenta la
naturaleza de la lesión para obtener esta espinosa explicación. En las parálisis
orgánicas, la naturaleza de la lesión desempeña un papel secundario, siendo más bien la extensión y
la localización de la lesión las que en las condiciones estructurales dadas del sistema
nervioso producen los caracteres antes indicados de la parálisis orgánica. ¿Cuál podrá
ser en la parálisis histérica la naturaleza de la lesión que por sí sola domina la situación,
independientemente de la localización de la extensión de la lesión y de la anatomía del
sistema nervioso? Charcot afirma repetidamente que se trata de una lesión
cortical, pero puramente dinámica o funcional. Es ésta una tesis de la que se comprende bien el
lado negativo. Equivale a afirmar que en la autopsia no se hallará modificación alguna
apreciable en los tejidos. Pero desde un punto de vista más positivo, su interpretación está muy
lejos de hallarse exenta de equívocos. ¿Qué es, en efecto, una lesión dinámica? Estoy
seguro que muchos lectores de Charcot creen que la lesión dinámica es desde luego una
lesión, pero una lesión de la cual no se encuentra en el cadáver huella alguna, como un
edema, una anemia o una hiperemia activa. Pero tales lesiones existen y son
verdaderas lesiones orgánicas, aunque no persistan después de la muerte y sean ligeras y fugaces.
Es necesario que las parálisis producidas por lesiones de este orden compartan en todo los
caracteres de la parálisis orgánica. El edema y la anemia no podrían, mejor que la
hemorragia y el reblandecimiento, producir la disociación y la intensidad de las parálisis
histéricas. La única diferencia sería que la parálisis por el edema, por la constricción
vascular, etc.. debe ser menos duradera que la parálisis por destrucción del tejido nervioso.
Todas las demás condiciones les son comunes, y la anatomía del sistema nervioso
determinará las propiedades de la parálisis, lo mismo en los casos de anemia fugaz que en los
de anemia permanente y definitiva. No creo que estas observaciones sean del todo
gratuitas. Si leemos que «debe de existir una lesión histérica» en tal o cual centro, el
mismo cuya lesión orgánica produciría el síndrome orgánico correspondiente, y recordamos
que se ha tomado la costumbre de localizar la lesión histérica dinámica del mismo
modo que la lesión orgánica, nos inclinaremos a creer que bajo el término de
«lesión orgánica» se esconde la idea de una lesión como el edema o la anemia, que son
realmente afecciones orgánicas pasajeras. Por el contrario, afirmo que la lesión de las parálisis
histéricas debe ser completamente independiente de la anatomía del sistema
nervioso, puesto que la histeria se comporta en sus parálisis y demás manifestaciones como si la
anatomía no existiese o como si no tuviese ningún conocimiento de ella. Muchos de
los caracteres de las parálisis histéricas justifican en verdad esta afirmación. La
histeria ignora la distribución de los nervios, y de este modo no simula las parálisis
periférico-espinales o de proyección. No conoce el quiasma de los nervios ópticos, y, por tanto, no
produce la hemianopsia. Toma los órganos en el sentido vulgar, popular, del nombre que
llevan: la pierna es la pierna hasta la inserción de la cadera, y el brazo es la
extremidad superior, tal y como se dibuja bajo los vestidos. No hay razón para unir a la parálisis
del brazo la parálisis del rostro. El histérico que no sabe hablar carece de motivo para olvidar
la inteligencia del lenguaje, puesto que la afasia motriz y la sordera verbal no poseen
afinidad ninguna para la noción popular, etc. No puedo sino asociarme plenamente en este punto
a la opinión que Janet ha expuesto en los últimos números de los Archivos de Neurología.
Las parálisis histéricas la demuestran tan bien como las anestesias y los síntomas
psíquicos. IV. Intentaré, por último, exponer cómo podría
ser la lesión causa de las parálisis histéricas. No quiere esto decir que vaya a
mostrar cómo de hecho es tal lesión. Trátase tan sólo de indicar la trayectoria mental,
susceptible de conducir a una concepción que no contraiga las propiedades de la parálisis
histérica, en cuanto difiere de la parálisis orgánica cerebral. Tomaremos los términos «lesión
funcional o dinámica» en su sentido propio de «alteración de una función o de un dinamismo», o
alteración de una propiedad funcional. Una tal alteración sería, por ejemplo, la
disminución de la excitabilidad o de una cualidad fisiológica, que en estado normal permanecen
constantes o varían dentro de límites determinados. Se nos dirá quizá que nada nos
impide considerar la alteración funcional como uno de los aspectos de la alteración
orgánica. Así, una anemia pasajera del tejido nervioso, disminuirá su excitabilidad. Mas, por
nuestra parte, intentaremos demostrar que puede haber alteración funcional sin lesión
orgánica concomitante, o, por lo menos, sin lesión reconocible, aun por medio del más sutil
análisis. O dicho de otro modo: intentaremos dar un ejemplo apropiado de una
alteración funcional primitiva. No pedimos para hacerlo más que el permiso de pasar
al terreno de la Psicología, imposible de eludir cuando de la histeria se trata. Con Janet, afirmamos que en las parálisis
histéricas, como en las anestesias, es la concepción vulgar, popular, de los órganos y del
cuerpo en general la que entra en juego. Esta concepción no se funda en un conocimiento
profundo de la anatomía nerviosa, sino en nuestras percepciones táctiles y, sobre todo,
visuales. Si tal concepción es la que determina los caracteres de la parálisis
histérica, esta última deberá mostrarse ignorante de toda noción de la anatomía del sistema nervioso
e independiente de ella. La lesión de la parálisis histérica será, pues, una alteración,
por ejemplo, de la concepción o idea del brazo. Pero, ¿de qué clase es esta alteración
para producir la parálisis? Considerada psicológicamente, la parálisis del brazo
consiste en que la concepción del brazo queda imposibilitada de entrar en asociación con las
demás ideas que constituyen el yo, del cual el cuerpo del individuo forma una parte
importante. La lesión sería, pues, la abolición de la accesibilidad asociativa de la concepción del
brazo. El brazo se comporta como si no existiese para el juego de las asociaciones. Seguramente,
si las condiciones materiales que corresponden a la concepción del brazo se
encuentran profundamente alteradas, tal concepción se perderá también, pero habremos de
demostrar que puede ser inaccesible sin hallarse destruida y sin que su substrato
material (el tejido nervioso de la región correspondiente de la corteza) se halle
lesionado. Comenzaremos por algunos ejemplos tomados de la
vida social. Conocida es la historia cómica del súbdito entusiasta que juró no volver
a lavarse la mano que su rey se había dignado estrechar. La relación de su mano con la
idea del rey parece tan importante a la vista psíquica del individuo, que él mismo
rehúsa hacerla entrar en otras relaciones. Al mismo impulso obedecemos nosotros cuando
rompemos la copa en la que hemos bebido a la salud de unos recién casados. Asimismo, las
antiguas tribus salvajes, que con el cadáver de su jefe quemaban su caballo, sus armas e
incluso sus mujeres, obedecían a esta idea de que nadie debía tocarlos después de él. El
motivo de todos estos actos es bien transparente. El valor afectivo que atribuimos a
la primera asociación de un objeto nos impide hacerlo entrar en una nueva asociación
con otros, y de este modo hace inaccesible a la asociación la idea de tal objeto. En los
dominios de la psicología de las concepciones sucede algo idéntico. Si la concepción del brazo
ha entrado en una asociación de un gran valor afectivo será inaccesible al libre juego
de las demás asociaciones. El brazo quedará paralizado en proporción a la persistencia de
dicho valor afectivo o de su disminución por medios psíquicos apropiados. Tal es la solución
del problema que antes planteamos, pues en todos los casos de parálisis histérica se
comprueba que el órgano paralizado o la función abolida se hallan en una asociación
subconsciente, provista de un gran valor afectivo, y se puede demostrar que el brazo
queda libre en cuanto dicho valor afectivo es hecho desaparecer. En este punto, la concepción
del brazo existe en el substrato material, pero no es accesible a los impulsos y
asociaciones conscientes, porque toda su afinidad asociativa se halla integrada en una asociación
subconsciente con el recuerdo del suceso traumático que ha producido la parálisis. Charcot ha sido el primero en enseñarnos que
para la explicación de la neurosis histérica es preciso recurrir a la Psicología. En nuestra
Memoria preliminar sobre el mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos PdP 17
hemos seguido Breuer y yo su ejemplo. En esta Memoria demostramos que los síntomas
permanentes de la histeria llamada no traumática se explican (excepción hecha de los
estigmas) por el mismo mecanismo que Charcot ha reconocido en las parálisis
traumáticas. Pero exponemos también la razón por la cual estos síntomas persisten y pueden ser
curados por medio de un procedimiento especial de psicoterapia hipnótica. Todo suceso,
toda impresión psíquica, se hallan provistos de un cierto valor afectivo, del cual
se libertó el yo, bien por medio de una reacción motriz, bien mediante una labor
psíquica asociativa. Si el individuo no puede o no quiere poner en práctica estos medios, el
recuerdo de la impresión de que se trate adquirirá la importancia de un trauma y se
constituirá en causa de síntomas permanentes de histeria. La imposibilidad de la eliminación
se impone cuando la impresión permanece en lo subconsciente. Esta es la teoría a la que
hemos dado el nombre de «derivación por reacción de los incrementos de estímulo». En
resumen: de acuerdo con la opinión general que sobre la histeria hemos formado, según las
enseñanzas de Charcot, hemos de aceptar que la lesión existente en las parálisis
histéricas no consiste sino en la inaccesibilidad de la concepción del órgano o de la función para las
asociaciones del yo consciente, que esta alteración, puramente funcional (con integridad
de la concepción misma), es causada por la permanencia de esta concepción en una
asociación subconsciente con el recuerdo del trauma, y que esta concepción no se liberta y
hace accesible en tanto que el valor afectivo del trauma psíquico no ha sido eliminado por
medio de la reacción motriz adecuada o del trabajo psíquico consciente. De todos modos,
aunque este mecanismo no tenga afecto y sea siempre necesaria para la parálisis histérica
una idea autosugestiva directa, como en los casos traumáticos de Charcot, habremos
conseguido mostrar de qué naturaleza debería ser en la parálisis histérica la lesión, o más bien
la alteración, para explicar sus diferencias con la parálisis orgánica cerebral. (1) Haremos observar, de pasada, que aquel importante
carácter de la parálisis de la pierna, que Charcot hizo resaltar después de Todd, esto es, el de que el
histérico arrastra la pierna como una masa inerte en lugar de ejecutar la circunducción con la cadera
que realiza el hemipléjico ordinario, se explica fácilmente por la propiedad antes mencionada de la
neurosis. En la hemiplejia orgánica, la parte central de la extremidad se halla siempre algo indemne;
el enfermo puede mover la cadera y utiliza esta posibilidad para aquel movimiento de circunducción
que hace avanzar la pierna. En la histeria, la parte central (la cadera) no goza de este privilegio;
su parálisis es tan completa como la de la parte periférica y, en consecuencia, la pierna tiene que ser
arrastrada en su totalidad. |
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