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EN DEFENSA PROPIA
Recibido el 4 de abril de 2006
Por Fernando Sorrentino
Era sábado, serían las diez de la mañana.
En un descuido, mi hijo mayor, que es el diablo, trazó con un alambre
un garabato en la puerta del departamento vecino. Nada alarmante ni catastrófico:
un breve firulete, acaso imperceptible para quien no estuviera sobre aviso.
Lo confieso con rubor: al principio -¿quién no ha tenido estas debilidades?-
pensé en callar. Pero después me pareció que lo correcto era disculparme
ante el vecino y ofrecerle pagar los daños. Afianzó esta determinación
de honestidad la certeza de que los gastos serían escasos.
Llamé brevemente. De los vecinos sólo sabía que eran nuevos en la casa,
que eran tres, que eran rubios. Cuando hablaron, supe que eran extranjeros.
Cuando hablaron un poco más, los supuse alemanes, austríacos o suizos.
Rieron bonachonamente; no le asignaron al garabato ninguna importancia;
hasta fingieron esforzarse, con una lupa, para poder verlo, tan insignificante
era.
Con firmeza y alegría rechazaron mis disculpas, dijeron que todos los
niños eran traviesos, no admitieron -en suma- que yo me hiciera cargo
de los gastos de reparación.
Nos despedimos entre sonoras risotadas y con férreos apretones de manos.
Ya en casa, mi mujer -que había estado espiando por la mirilla- me preguntó,
anhelante:
-¿Saldrá cara la pintura?
-No quieren ni un centavo -la tranquilicé.
-Menos mal -repuso, y oprimió un poco la cartera.
No hice más que volverme, cuando vi, junto a la puerta, un pequeñísimo
sobre blanco. En su interior había una tarjeta de visita. Impresos, en
letras cuadraditas, dos nombres: GUILLERMO HOFER Y RICARDA H. KORNFELD
DE HOFER. Después, en menuda caligrafía azul, se agregaba: y Guillermito
Gustavo Hofer saludan muy atentamente al señor y a la señora Sorrentino,
y les piden mil disculpas por el mal rato que pudieron haber pasado por
la presunta travesura -que no es tal- del pequeño Juan Manuel Sorrentino
al adornar nuestra vieja puerta con un gracioso dibujito.
-¡Caramba! -dije-. Qué gente delicada. No sólo no se enojan, sino que
se disculpan.
Para retribuir de algún modo tanta amabilidad, tomé un libro infantil
sin estrenar, que reservaba como regalo para Juan Manuel, y le pedí que
obsequiara con él al pequeño Guillermito Gustavo Hofer.
Ése era mi día de suerte: Juan Manuel obedeció sin imponerme condiciones
humillantes, y volvió portador de millones de gracias de parte del matrimonio
Hofer y de su retoño.
Serían las doce. Los sábados suelo, sin éxito, intentar leer. Me senté,
abrí el libro, leí dos palabras, sonó el timbre. En estos casos, siempre
soy el único habitante de la casa y mi deber es levantarme. Emití un resoplido
de fastidio y fui a abrir la puerta. Me encontré con un joven de bigotes,
vestido como un soldadito de plomo, eclipsado tras un ingente ramo de
rosas.
Firmé un papel, di una propina, recibí una especie de saludo militar,
conté veinticuatro rosas, leí, en una tarjeta ocre, Guillermo Hofer
y Ricarda H. Kornfeld de Hofer saludan muy atentamente al señor y a la
señora Sorrentino, y al pequeño Juan Manuel Sorrentino, y les agradecen
el bellísimo libro de cuentos infantiles -alimento para el espíritu- con
que han obsequiado a Guillermito Gustavo.
En eso, con bolsas y esfuerzos, llegó del mercado mi mujer:
-¡Qué lindas rosas! ¡Con lo que a mí me gustan las flores! ¿Cómo se te
ocurrió comprarlas, a vos que nunca se te ocurre nada?
Tuve que confesar que eran un regalo del matrimonio Hofer.
-Esto hay que agradecerlo -dijo, distribuyendo las rosas en jarrones-.
Los invitaremos a tomar el té.
Mis planes para ese sábado eran otros. Débilmente, aventuré:
-¿Esta tarde...?
-No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.
Serían las seis de la tarde. Esplendorosa vajilla y albo mantel cubrían
la mesa del comedor. Un rato antes, obedeciendo órdenes de mi mujer -que
deseaba un toque vienés-, debí presentarme en una confitería de la avenida
Cabildo, comprar sándwiches, masas, postres, golosinas. Eso sí, todo de
primera calidad y el paquete atado con una cintita roja y blanca que realmente
abría el apetito. Al pasar frente a una ferretería, una oscura ruindad
me impulsó a comparar el importe de mi reciente gasto con el precio de
la más gigantesca lata de la mejor de todas las pinturas. Experimenté
una ligera congoja.
Los Hofer no llegaron con las manos vacías. Los entorpecía -blanca, cremosa
y barroca- una torta descomunal que hubiera alcanzado para todos los soldados
de un regimiento. Mi mujer quedó anonadada por la excesiva generosidad
del presente. Yo también, pero ya me sentía un poco incómodo. Los Hofer,
con su charla hecha sobre todo de disculpas y zalamerías, no lograban
interesarme. Juan Manuel y Guillermito, con sus juegos hechos sobre todo
de carreras, golpes, gritos y destrozos, lograban alarmarme.
A las ocho me hubiera parecido meritorio que se retiraran. Pero mi mujer
me musitó al oído, en la cocina:
-Han sido tan amables. Semejante torta. Tendríamos que invitarlos a cenar.
-¿A cenar qué, si no hay comida? ¿A cenar por qué, si no tenemos hambre?
-Si no hay comida aquí, habrá en la rotisería. En cuanto al hambre, ¿quién
dijo que es necesario comer? Lo importante es compartir la mesa y pasar
un rato divertido.
A pesar de que lo importante no era la comida, a eso de las diez de la
noche, cargado como una mula, transporté, desde la rotisería, enormes
y fragantes paquetes. Una vez más, los Hofer demostraron que no eran gente
de presentarse con las manos vacías: en un cofre de hierro y bronce trajeron
treinta botellas de vino italiano y cinco de coñac francés.
Serían las dos de la mañana. Extenuado por las migraciones, ahíto por
el exceso de comida, embriagado por el vino y el coñac, aturdido por la
emoción de la amistad, me dormí al instante. Fue una suerte: a las seis,
los Hofer, vestidos con ropas deportivas y protegidos los ojos con lentes
ahumados, tocaron el timbre. Nos llevarían en automóvil a su quinta de
la vecina localidad de Ingeniero Maschwitz.
Mentiría quien dijese que este pueblo está pegado a Buenos Aires. En el
coche pensé con nostalgia en mi mate, en mi diario, en mi ocio. Si mantenía
abiertos los ojos, me ardían; si los cerraba, me quedaba dormido. Los
Hofer, misteriosamente descansados, charlaron y rieron durante todo el
trayecto.
En la quinta, que era muy linda, nos trataron como a reyes. Tomamos sol,
nadamos en la pileta, comimos delicioso asado criollo, hasta dormí una
siestita bajo un árbol con hormigas. Al despertarme, caí en la cuenta
de que habíamos ido con las manos vacías.
-No seas guarango -susurró mi mujer-. Aunque sea comprále algo al chico.
Fui a caminar por el pueblo con Guillermito. Ante el escaparate de una
juguetería le pregunté:
-¿Qué querés que te compre?
-Un caballo.
Entendí que se refería a un caballito de juguete. Me equivocaba: volví
a la quinta en ancas de un bayo brioso, sujeto de la cintura de Guillermito
y sin siquiera un cojinillo para mis asentaderas doloridas.
Así pasó el domingo.
El lunes, al volver de mi empleo, encontré al señor Hofer enseñándole
a Juan Manuel a manejar una motocicleta.
-¿Cómo le va? -me dijo-. ¿Le gusta lo que le regalé al nene?
-Pero si es muy chico para andar en moto -objeté.
-Entonces se la regalo a usted.
Nunca lo hubiera dicho. Al verse despojado del reciente obsequio, Juan
Manuel estalló en una rabieta estentórea.
-Pobrecito -comprendió el señor Hofer-. Los chicos son así. Vení, querido,
tengo algo lindo para vos.
Yo me senté en la motocicleta y, como no sé manejar, me puse a hacer ruido
de motocicleta con la boca.
-¡Alto ahí o lo mato!
Juan Manuel me apuntaba con una escopeta de aire comprimido.
-Nunca dispares a los ojos -le recomendó el señor Hofer.
Hice ruido de frenar la motocicleta, y Juan Manuel dejó de apuntarme.
Subimos a casa muy contentos los dos.
-Recibir regalos es muy fácil -señaló mi mujer-. Pero hay que saber retribuir.
A ver si te hacés notar.
Comprendí. El martes adquirí un automóvil importado y una carabina. El
señor Hofer me preguntó por qué me había molestado; Guillermito, del primer
tiro, rompió el farol del alumbrado público.
El miércoles los regalos fueron tres. Para mí, un desmesurado ómnibus
de viajes internacionales, provisto de aire acondicionado y servicios
de baño, sauna, restaurante y salón de baile. Para Juan Manuel, una bazuca
de fabricación vietnamita. Para mi mujer, un lujoso vestido blanco de
fiesta.
-¿Dónde voy a lucir el vestido? -comentó, decepcionada-. ¿En el ómnibus?
La culpa es tuya, que nunca le regalaste nada a la señora. Por eso ahora
me regalan limosnas.
Un estampido horrendo casi me dejó sordo. Para probar su bazuca, Juan
Manuel acababa de demoler, de un solo disparo, la casa de la esquina,
por fortuna deshabitada tiempo ha.
Pero mi mujer seguía con sus quejas:
-Claro, para el señor, un ómnibus como para ir hasta el Brasil. Para el
señorito, un arma poderosa como para defenderse de los antropófagos del
Mato Grosso. Para la sirvienta, un vestidito de fiesta... Estos Hofer,
como buenos europeos, son unos tacaños...
Subí a mi ómnibus y lo puse en marcha. Me detuve cerca del río, en un
paraje solitario. Allí, perdido en el desaforado asiento, gozando de la
fresca penumbra que me brindaban los visillos corridos, me entregué a
la serena meditación.
Cuando supe exactamente qué debía hacer, me dirigí al ministerio a ver
a Pérez. Como todo argentino, yo tengo un amigo en un ministerio, y este
amigo se llama Pérez. Por más que soy muy emprendedor, en este caso necesitaba
que Pérez interpusiera su influencia.
Y lo logré.
Vivo en el barrio de Las Cañitas, al que ahora le dicen San Benito de
Palermo. Para extender una vía férrea desde la estación Lisandro de la
Torre hasta la puerta de mi casa, fue necesario el trabajo silencioso,
fecundo e ininterrumpido de un multitudinario ejército de ingenieros,
técnicos y obreros, quienes, utilizando la más especializada y moderna
maquinaria internacional, y tras expropiar y demoler las cuatro manzanas
de suntuosos edificios que otrora se extendían por la avenida del Libertador
entre las calles Olleros y Matienzo, coronaron con éxito rotundo tan valerosa
empresa. De más está puntualizar que sus dueños recibieron justa e instantánea
indemnización. Es que con un Pérez en un ministerio no existe la palabra
imposible.
Esta vez quise darle una sorpresa al señor Hofer. Cuando el jueves, a
las ocho de la mañana, salió a la calle, encontró una reluciente locomotora
diésel, roja y amarilla, enganchada a seis vagones. Sobre la puerta de
la locomotora, un cartelito rezaba: BIENVENIDO A SU TREN, SEÑOR HOFER.
-¡Un tren! -exclamó-. ¡Un tren, todo para mí solo! ¡El sueño de mi vida!
¡Desde chico que quiero manejar un tren!
Y, loco de contento y sin siquiera agradecerme, subió a la locomotora,
donde un sencillo manual de instrucciones lo esperaba para explicarle
cómo conducirla.
-Pero espere -dije-, no sea abombado. Mire lo que le compré a Guillermito.
Un poderoso tanque de guerra destruía con sus orugas las baldosas de la
acera.
-¡¡¡Bieeeennn!!! -gritó Guillermito-. ¡Con las ganas que tengo de tirar
abajo el obelisco!
-Tampoco me olvidé de la señora -añadí.
Y le entregué, recién recibido de Francia, el más fino y delicado tapado
de visón.
Como eran ansiosos y juguetones, los Hofer quisieron estrenar en ese mismo
instante sus regalos.
Pero en cada obsequio yo había colocado una pequeña trampa.
El tapado de visón estaba interiormente recubierto de una emulsión mágica
evaporante que me había cedido un hechicero del Congo, de manera que,
apenas se envolvió con él, la señora Ricarda se achicharró primero y luego
se convirtió en una tenue nubecilla blancuzca que se perdió en el cielo.
No bien Guillermito efectuó su primer cañonazo contra el obelisco, la
torreta del tanque, accionada por un dispositivo especial, salió disparada
hacia el espacio y depositó al pequeño, sano y salvo, en una de las diez
lunas del planeta Saturno.
Cuando el señor Hofer puso en marcha el tren, éste, incontrolable, se
lanzó raudamente por un viaducto atómico cuyo itinerario, tras cruzar
el Atlántico, el noroeste del África y el canal de Sicilia, concluía bruscamente
en el cráter del volcán Etna, que por esos días había entrado en erupción.
Así fue como llegó el viernes, y no recibimos ningún regalo de los Hofer.
Al anochecer, mientras preparaba la comida, mi mujer dijo:
-Sea uno amable con los vecinos. Póngase en gastos. Que tren, que tanque,
que visón. Y ellos, ni una tarjetita de agradecimiento.
(c) Fernando Sorrentino, [De En defensa propia,
Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1982.]
Datos biográficos

Fernando
Sorrentino
Nació
en Buenos Aires en noviembre de 1942. Es profesor en Letras.
Su
bibliografía detallada (excluidas las compilaciones antológicas, las
ediciones anotadas de clásicos, las inclusiones en antologías -tanto
en español como en otras lenguas- y las colaboraciones en diarios y/o
revistas) es la siguiente:
Obra narrativa
a) Libros de cuentos
La
regresión zoológica, Buenos Aires, Editores Dos, 1969.
Imperios
y servidumbres, Barcelona, Editorial Seix Barral, 1972; reedición,
Buenos Aires, Torres Agüero Editor, 1992.
El
mejor de los mundos posibles, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1976
(2º Premio Municipal de Literatura).
En
defensa propia, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1982.
El
remedio para el rey ciego, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1984.
El
rigor de las desdichas, Buenos Aires, Ediciones del Dock, 1994 (2º
Premio Municipal de Literatura).
La
Corrección de los Corderos, y otros cuentos improbables,
Buenos Aires, Editorial Abismo, 2002.
b) Novela
Sanitarios
centenarios, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1979; reedición
(muy reelaborada), Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2000.
c) Nouvelle
Crónica
costumbrista, Buenos Aires, Ediciones Pluma Alta, 1992. Reeditada
con el título de Costumbres de los muertos, Buenos Aires, Ediciones
Colihue, 1996.
d) Literatura para niños y/o
adolescentes
Cuentos
del Mentiroso, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1978 (Faja
de Honor de la S.A.D.E. [Sociedad Argentina de Escritores]); reedición
(con modificaciones), Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2002.
El
Mentiroso entre guapos y compadritos, Buenos Aires,
Editorial Plus Ultra, 1994.
La
recompensa del príncipe, Buenos Aires, Editorial Stella, 1995.
Historias
de María Sapa y Fortunato, Buenos Aires, Editorial Sudamericana,
1995. (Premio Fantasía Infantil 1996); reedición: Ediciones Santillana,
2001.
El Mentiroso contra las Avispas Imperiales,
Buenos Aires, Editorial Plus Ultra,
1997.
La venganza del muerto, Buenos Aires, Editorial Alfaguara, 1997.
El que se enoja, pierde, Buenos Aires, Editorial El Ateneo, 1999.
Aventuras del capitán Bancalari, Buenos Aires, Editorial Alfaguara, 1999.
Cuentos de don Jorge Sahlame, Buenos Aires, Ediciones Santillana, 2001.
El Viejo que Todo lo Sabe, Buenos Aires, Ediciones Santillana, 2001.
Entrevistas
Siete
conversaciones con Jorge Luis Borges, Buenos Aires,
Editorial Casa Pardo, 1974; reedición (con notas revisadas y actualizadas),
Buenos Aires, Editorial El Ateneo, 1996; nueva reedición, Buenos Aires,
Editorial El Ateneo, 2001.
Siete
conversaciones con Adolfo Bioy Casares, Buenos Aires,
Editorial Sudamericana, 1992; reedición, Buenos Aires, Editorial El
Ateneo, 2001.
Traducciones
a
) Libros de ficción
Sanitary Centennial. And
Selected Short Stories [Contenido: Introduction to Fernando Sorrentino;
Translator's Note; Acknowledgments; Sanitary Centennial (Sanitarios
centenarios); A Lifestyle (Un estilo de vida); In Self-Defense (En defensa
propia); Piccirilli (Piccirilli); The Life of the Party (Los reyes de
la fiesta); The Fetid Tale of Antulín (La pestilente historia de Antulín);
Ars Poetica (Ars poetica); Notes.] (translated by Thomas C.
Meehan). Austin, Texas, University of Texas Press, 1988, 186 págs.
Sanitários
centenários [Sanitarios centenarios] (traducción al portugués
de Reinaldo Guarany). Rio de Janeiro, José Olympio Editora, 1989, 174
págs.
Von Skorpionen und anderen Alltagsgefahren. Erzählungen. Ausgewählt und aus dem Spanischen übersetzt
von Vera Gerling. Gotinga, Hainholz Verlag, 2001, 160 págs.
Attukkuttikal Allikkum Thandanai (La
Corrección de los Corderos). Volumen de once cuentos en lengua tamil. Nagercoil (India), Kalachuvadu Pathippagam,
2003, 72 págs.
b
) Libros de entrevistas
Seven Conversations with Jorge Luis Borges [Siete conversaciones con Jorge Luis Borges]. Translation,
additional notes, appendix of personalities mentioned by Borges and
translator's foreword by Clark M. Zlotchew. Troy, New York, The Whitston
Publishing Company, 1982, 220 págs.
Traducción
al chino (título ignorado), Beijing, 2000.
Sette
conversazioni con Borges [Siete conversaciones con Jorge Luis Borges].
A cura di Lucio D'Arcangelo. Milano, Arnoldo Mondadori Editore, 1999,
224 págs.
Hét
beszélgetés Jorge Luis Borgesszel [Siete conversaciones
con Jorge Luis Borges]. Fordította Latorre Ágnes. Szerkesztette Scholz László. Budapest, Európa Könyvkiadó,
2000, 264 págs.
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