LA
EXPANSION DE LAS TERAPIAS PSICOLOGICAS POR CHAT O E-MAIL*
Recibido el 20 de julio de 2005
El
ciberdiván es un fenómeno que se difundió en varios países: sitios montados
por psicólogos que ofrecen terapias online, por chat o e-mail, con pago anticipado
a través de giro o tarjeta. Hay pacientes que se atienden así durante años,
sin verle jamás la cara a su terapeuta. Aquí, varios profesionales dan su
opinión sobre una forma de tratamiento que para algunos es poco seria, para
otros un gran hallazgo y para muchos depende de quién y de cómo.
Es la hora de la sesión. La paciente está en pijama y pantuflas, pero
no le importa. Se sienta frente a la computadora, hace doble click y ahí está
su terapeuta esperándola. No tuvo que dar la cara, ni siquiera su identidad
real. No tiene idea de cómo es personalmente su analista, aunque lleva un
año tratándola. Es el ejemplo de una terapia online –atención psicológica
que se desarrolla por chat o e-mail–, un fenómeno que está expandiéndose
en muchos países. En el vasto mundo psi argentino, una buena cantidad de profesionales
lo considera lisa y llanamente una chantada. Otros creen que el método puede
ser útil, pero sólo en ciertos casos en que el contacto personal es imposible,
como cuando un paciente ya tratado se va al exterior y quiere mantener la
terapia. Y están los que no hacen sino enumerar sus aparentes virtudes: que
permite tratarse a quienes están lejos, que ciertas personas se atreven a
escribir lo que les llevaría mucho más tiempo decir cara a cara y que hay
quienes jamás aceptarían recostar sus cuerpos sobre un diván, pero apoyan
gustosos sus dedos en un teclado y liberan sus pensamientos. Argentina no tuvo en este asunto la delantera. Una rápida búsqueda en Internet
permite detectar decenas de sitios que ofrecen terapias online en España,
Brasil, Italia y Estados Unidos. Es posible toparse con todo tipo de oferta:
desde páginas muy serias con bibliografía y detallada información sobre los
profesionales hasta sitios donde el terapeuta es anónimo, pide 20 pesos por
sesión y hay que pagar tres por adelantado, con tarjeta o giro. La primera
es a menudo gratuita, para saber qué gusto tiene la cosa.
Sonia Cesio dirige el sitio Enigmapsi y es además Coordinadora de la Comisión
de Informática de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA), que
lleva un año estudiando esta tendencia. “Partiendo de que las terapias
online son un fenómeno instalado, investigamos sus características y analizamos
la experiencia de otros colegas que están trabajando en Internet”, explica.
En su caso personal, empezó colaborando con una página española en 1999 e
instaló su propio sitio en 2002. Una de sus primeras observaciones es que
por Internet la gente quiere todo rápido: “Piden respuestas veloces,
tratamientos más cortos y hay una dificultad para sostener el trabajo: muchos
se embalan, empiezan, pero después desaparecen”. Cesio no trabaja con
chat, sino sólo a través del e-mail, “por la inseguridad que significa
la posibilidad de que se meta un hacker”. Lo primero, cuando llega un
mail requiriendo atención, es pedirle “que relate su problema y responda
algunas preguntas: cuál es la idea de hacer un tratamiento online, si tiene
alguna experiencia terapéutica previa, algún otro relato de interés y datos
personales”. Luego, la periodicidad será de “uno o dos mails por
semana” y la extensión habitual, de una carilla y media: “Puse
como extensión máxima tres carillas, pero nunca se cumple, siempre es más
corta”. Los honorarios se pagan con un depósito en el banco.
Cesio descarta tratar en una terapia online ciertos casos: “Personas
cuyas problemáticas estén relacionadas con actos de violencia en relación
con los otros o hacia sí mismos, ingestión de sustancias como alcohol y drogas,
compromiso corporal –como dolores significativos– o una patología
psiquiátrica”.
No siempre hay grandes distancias de por medio. Algunos de sus pacientes viven
en Buenos Aires, es decir que podrían ir a su consultorio sin problemas.
-¿Por qué entonces eligen la computadora?
-La impresión que yo tengo es que sienten que es más accesible, porque así
no tienen que conocer al terapeuta. Sienten que se encuentran a solas con
la computadora, pero al mismo tiempo hay alguien del otro lado.
-¿Y qué ventajas tendría?
-En muchos casos es gente que de otra manera directamente no consultaría,
es decir que sólo así acceden a una terapia.
-En los chats lo más común es que la gente mienta, que se inventen identidades
e historias. ¿No sucede en la terapia online?
-Yo no tengo manera de saber si lo que me dicen es verdad. Pero creo que en
una terapia online más importante que la mentira es el anonimato. Lo que a
veces sucede es que desaparecen. Cuando uno dice una cosa que duele, que molesta,
desaparecen. Esto también pasa en el consultorio, pero ahí lo enfrentan más.
Con
dudas
Para
Silvia Di Biasi, secretaria de asuntos profesionales de la APBA, el problema
es la falta de regulación. “Nosotros creemos que esto debe ser regulado,
de lo contrario se presta a mucha chantada: en una terapia online uno no sabe
quién está del otro lado, cuál es su trayectoria, si tiene o no un título.”
Pero “la Secretaría de Salud, sobre quien recae el control, no delegó
el poder de policía en las profesiones de la salud. La gente debe tener una
garantía de que recibe la atención que merece. Nosotros aceptaríamos hacer
un registro si el Estado delegara esa regulación”.
Sobre este tipo de terapia en sí misma, Di Biase es cautelosa: sostiene que
“como lugar de consulta nos parece válido, así como hay líneas de atención
al suicida, una línea SOS para cubrir emergencias, puede ser muy válida, aunque
creemos que no hay nada que sustituya la relación interpersonal”.
Hay muchos más que dudan. A Abel Fainstein, ex presidente de la Asociación
Psicoanalítica Argentina (APA), una terapia vía computadora sólo le parece
recomendable “si es imposible un tratamiento en forma presencial. Conozco
la experiencia de gente que ha emigrado y creo que un intercambio con ex pacientes
sobre la base de lo trabajado en forma presencial puede ser útil”.
Desconfía, en cambio, del contacto que sólo se establece a partir de la computadora:
“La máquina en principio comunica, pero también separa. Es difícil pensar
una terapia sólo online: es creer que únicamente leyendo o escuchando uno
puede abarcar lo mismo que con un contacto presencial. Si todo discurso es
engañoso porque dice más de lo que quiere decir, detrás de una máquina la
situación es aún mucho más engañosa”.
Sara Zusman de Arbiser, también miembro de la APA, realizó algunos tratamientos
a distancia, pero se ataja de entrada. “En esto hay mucha chantada –advierte–,
quisiera que separemos el trigo de la paja.” En su caso, los pacientes
tratados habían pasado antes por su consultorio. “Yo creo que de ninguna
manera esto puede hacerse sin conocer al paciente, sin tener un contacto previo
y armar un vínculo.” Menciona dos casos: el de un paciente que tras
atenderse cuatro años en el consultorio tuvo que emigrar: “Me preguntó
si podíamos chatear, empezamos así y luego pudimos hablar a través de la computadora.
Establecimos un horario fijo, dos veces por semana, y lo mantenemos. Y cuando
viaja a Buenos Aires hacemos sesiones en mi consultorio”. El otro caso
fue el de una mujer embarazada quien tuvo que hacer reposo y vivía lejos:
“En ese caso seguimos por teléfono”.
La psicoanalista Laura Lueiro cuenta que en algunas oportunidades intercambia
mails con pacientes y los considera sesiones. “En general son pacientes
muy graves, alguien que por ejemplo no puede salir de su casa. Yo a veces
le escribo, intervengo, y tal vez eso dé la pauta para que venga al consultorio.”
Pero “iniciar un análisis vía e-mail o chat –agrega– me
parece que limita muchísimo. Hay un montón de páginas en Internet que están
trabajando así, con pago anticipado, y ni el paciente ni el analista saben
con quién están tratando. Claro que para muchos pacientes que tienen dificultades
para establecer relaciones con las personas puede ser una vía, pero también
puede resultar que sea como hacer una terapia, pero no hacerla. Poner la cara
es comprometerse”.
Sin dudas
Una de las más entusiastas es Diana Furtado, miembro de la Escuela Argentina
de Psicoterapia para Graduados. Ella trató por e-mail a dos pacientes a los
que no conocía previamente, un caso durante nueve meses y en el otro durante
tres años y medio. Los dos eran españoles y se contactaron con ella a través
de un foro de discusión sobre psicoanálisis, aunque ninguno pertenecía a la
profesión.
"También he tenido experiencias con pacientes presenciales, uno de ellos se
mudó a Tierra del Fuego y seguimos por e-mail, pero era distinto: fue mucho
más fluido con los pacientes a los que no conocía." Para Furtado, "el desconocimiento
del otro y la falta de estímulos visuales hacen que la persona que está escribiendo
se anime a contar cosas que a un paciente en forma presencial le lleva muchos
años". Y enumera más ventajas: "Se puede leer, recordar trabajos, consultar
con colegas antes de la próxima respuesta. Y el registro que queda de las
sesiones es impecable". Como regla, Furtado les pide a sus pacientes que escriban
durante una hora sin parar y no relean. "Si lo relee empieza a funcionar una
censura de segundo grado, corrige, cambia los fallidos, que es bueno que estén."
Sabe, sin embargo, que la mayoría de sus colegas rechaza ese tipo de tratamiento.
“Las dos veces que presenté trabajos en el congreso anual, las personas
designadas para la discusión me dieron con un caño: de chanta para arriba,
me dijeron de todo. Pero la gente del público se mostró curiosa, interesada,
y algunos contaron intervenciones con pacientes que estaban en el exterior.
Creo que acá aún hay mucha resistencia.”
A diferencia de los anteriores, Paula Tresols no trabaja por e-mail, sino
por chat. Tiene un consultorio virtual –montado por su hermano, que
se dedica a la informática– y allí cita a sus pacientes en horarios
fijos. Dice que pensó por primera vez en esta posibilidad a raíz de “padres
que venían preocupados por sus hijos adolescentes y querían obligarlos a hacer
un tratamiento, lo que ellos no aceptaban. Con una opción de este tipo, los
adolescentes pueden acceder”. Otra ventaja la detectó en el interior,
a donde suele dar charlas. Allí oyó que muchos “no pueden ir a un tratamiento
porque el ámbito es muy chico y no quieren que todo el mundo se entere o encontrarse
al terapeuta en el supermercado. Y tampoco pueden viajar 150 kilómetros dos
veces por semana”.
Dice que en su consultorio virtual no usa cámara web, “porque por algo
el paciente elige este modo” y que los que más consultan son adolescentes,
“sobre todo por temas de adicciones”. La duración es variada:
“Hay consultas que son de una vez y punto, hay gente que está tres o
cuatro veces y siente que le alcanzó. Y hay tratamiento más prolongados: el
más largo que tengo en este momento es de dos años”.
Al cabo de un tiempo, Tresols suele ofrecerles a sus pacientes si quieren
que se conozcan. “Si acceden, tal vez nos vemos en el consultorio una
vez por mes y luego seguimos por chat.”
-¿Cómo cobra sus honorarios?
-Tengo una cuenta bancaria donde tienen que depositarlos antes de la sesión.
Se puede llegar a plantear en una sesión que no pueden pagar, que pagarán
más adelante. Se acuerda caso por caso, igual que en el consultorio.
-Supongo que tiene en cuenta el aspecto técnico: ¿qué pasa si en medio de
una sesión se cuelga la máquina?
-Nunca me pasó hasta ahora. Pero está hablado previamente: se explica que
el único motivo por el cual una sesión puede interrumpirse es que haya desperfectos
técnicos.
*Publicacion
original de Pagina 12 - 26 de junio de 2005 Buenos Aires - Argentina
http://www.pagina12web.com.ar/diario/sociedad/3-52878-2005-06-26.html
E-mail:
info@enigmapsi.com.ar