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EL ANALISTA EN PERSONA

Recibido el 14 de junio de 2008

Algunas reflexiones acerca de la persona real del analista y su influencia sobre el proceso transfero/contratransferencial *

Lic. Estela L. Bichi **

Presentación

Contrariamente a lo acaecido con el concepto de transferencia, tempranamente descubierta y utilizada a favor de la cura, la aceptación del valor instrumental del proceso contratransferencial comenzó a reconocerse varias décadas más tarde gracias a los aportes fundamentales de H. Racker(1948/58)y P. Heimann(1950), luego de que otros pioneros tales como S. Ferenczi(1932)hubieran puesto el acento en su radical importancia. Esta demora en su pleno reconocimiento no nos resulta llamativa si la vinculamos con el hecho de considerarla como el más personal de nuestros instrumentos técnicos.Desde un punto de vista histórico, observamos que quizás con la intención de evitar que los conceptos de neutralidad y abstinencia, así como otros de orden teórico técnicos de central importancia - entre ellos el de transferencia/contratransferencia -fueran puestos en cuestionamiento, los psicoanalistas vacilaron también durante un largo período antes de reconocer la influencia de la persona del analista en el ámbito de la cura analítica. El creciente interés por tratar este tema ha inspirado en parte nuestra inquietud por considerar en la presente comunicación el rol que cumplen ciertas características personales del analista – tales como el carácter, el sexo, el humor, o aún el modo particular en el que expresa sus intervenciones -, durante el proceso de análisis. Y por lo tanto, su incidencia sobre los movimientos transfero/contratransferenciales que en él se hallan implicados. En este sentido, M. Balint debe ser considerado un pensador adelantado para su época cuando manifiesta ya en 1949 que el campo de investigación más importante para nuestra teoría por venir debe ser la conducta del analista en la situación psicoanalítica. O tal como él prefiere formularlo, la contribución del analista en la creación y el mantenimiento de la situación psicoanalítica.Los conceptos de M. y W. Baranger(1961-62)sobre el proceso analítico como una situación bipersonal marcaron un sendero en nuestras reflexiones sobre este tema. Unos años antes, refiriéndose a ciertas posturas extremas por parte de algunas tendencias teóricas predominantes en esa época, H. Racker (1958)considera necesario aclarar que las indicaciones de Freud respecto de ser espejo implican sencillamente hablar al analizando sólo de él.
El hecho de promover la transferencia no exhibiendo innecesariamente cuestiones atinentes a lo personal del analista no debía ser llevado tan lejos como para afectar la percepción por parte del paciente del interés y el afecto de su analista. Pues sólo Eros- agrega Racker -puede originar Eros.
Medio siglo más tarde, la mayoría de nosotros, continuadores de Freud, orientados en diferentes líneas teóricas de autores post-freudianos y agrupados en lo que podríamos llamar el pensamiento psicoanalítico contemporáneo, tendemos a acordar que las características únicas, personales de cada analista, así como sus actitudes en el ámbito de la situación analítica y más allá de sus interpretaciones u otras intervenciones - la llamada persona real del analista- influye en el proceso transfero/contratransferencial con cada analizando, pudiendo ya sea favorecer o perturbar el desarrollo del proceso analítico.
De allí lo adecuado del comentario de A. Green (1986) quien refiriéndose a los criterios de analizabilidad, manifiesta su inclinación a pensar que determinado paciente puede llegar a ser inanalizable particularmente por él, dejando abierta la posibilidad de que entre el mencionado paciente y otro analista pueda eventualmente formarse una nueva y productiva dupla analítica. Esto resulta particularmente acertado si tenemos en cuenta las dificultades que presenta el analizar en profundidad y modificar aspectos menos obvios o menos patológicos de la personalidad que, durante un análisis didáctico, pueden llegar a ser poco elaborados o incluso a quedar fuera del nivel consciente en el futuro analista.
Dada la extensión restringida de la que disponemos para desarrollar el tema, en esta comunicación tomaremos sólo algunos de los atributos, capacidades o situaciones vividas por el analista como persona total, haciéndolos trabajar en relación con el proceso transfero/contransferencial, analizando su posible influencia sobre dicho proceso y por lo tanto, sobre la estructuración del campo analitico.

-El carácter

El carácter del analista marca indudablemente el tono afectivo de sus interpretaciones, así como la distancia que entre él y los otros establece. Una personalidad algo austera en cuanto a la manifestación de sus afectos y/o con ciertos rasgos obsesivos podría tender a ajustarse de modo más estricto a las reglas de abstinencia y neutralidad. Este particular modo de ser del analista durante la sesión puede llegar a producir un clima transferencial desencadenante de situaciones diversas que dependerán del tipo de paciente que comparta tal clima con tal analista.

Podríamos recorrer un radio que abarca diferentes posibilidades: sentir la situación de análisis como la repetición de una antigua vivencia de abandono, favorecer la gratificación masoquista del paciente que siente al analista como un objeto que castiga con su frialdad y su aparente falta de afectividad, promover el desarrollo de una agresión contenida o bien alentar el surgimiento de una transferencia negativa cargada de ira. O incluso cuando el analista no se halla suficientemente alertado acerca de la influencia de sus aspectos personales sobre el proceso analítico,provocar como consecuencia indeseada el abandono del tratamiento por parte del paciente justamente por las razones mencionadas. Es de suponer que un clima de interacción intersubjetiva adecuadamente cálido y comprensivo promovido por un analista cuyo carácter es naturalmente afable estimulará la organización de un campo analítico que favorecerá el desarrollo de una transferencia positiva; sin por ello perturbar el surgimiento de manifestaciones de agresión en todas aquellas ocasiones en que el analista advierta su presencia. Ya sea en los casos en que ésta surja abiertamente en el plano transferencial durante la sesión o bien que se presente a través de sus percepciones contratransferenciales basadas en los mecanismos de empatía e identificación que ellas implican. En cuanto a las capacidades empáticas relativamente estables del analista, tal como lo describe S.Bolognini (2002), el hecho de ser considerado un analista correcto,inteligente y objetivo no constituye de por sí una garantía de hallarse suficientemente capacitado para acceder a un necesario contacto empático con el paciente. Bolognini adjudica los momentos de buen trabajo empático - sean éstos de alegría como de dolor - a la relación con nuestros maestros y sobre todo con nuestros padres, pues ellos nos han hecho experimentar el contacto, la comprensión, la capacidad de compartir. Y por lo tanto, nos han permitido el acceso a una capacidad empática útil y fecunda tanto para nuestra labor como para nuestra vida en general. Como vemos, se trata a todas luces de una capacidad propia de la persona del analista tempranamente adquirida - posteriormente sostenida y enriquecida – que expresada en las transferencias/contratransferencias puede influir de modo drástico en la cura.

Por otra parte, no hay duda alguna que ciertas características personales tales como nuestra libertad, responsabilidad y habilidad para decidir tomar riesgos de variación en
la técnica y asumir determinados compromisos en la relación con nuestros pacientes -sin por ello perder nuestra posición analítica, nuestro encuadre interno -, resultan ser instrumentos valiosos durante el desarrollo del proceso psicoanalítico.
Esto se aplica particularmente en los casos de personas que presentan patologías no-neuróticas, tales como borders, psicosomáticos, sobreadaptados, etc. En este sentido, pensamos que el siguiente tema a abordar referido a ciertas modificaciones del encuadre puede llegar a ser útil para ejemplificar la puesta en juego de aspectos relativos a la persona del analista en su labor y su posible influencia sobre el desarrollo del procesotransfero/contratransferencial.

-Las características del analista y un tipo particular de encuadre.

A menudo, los tiempos inaugurales del proceso analítico que junto con las personas que nos consultan intentamos iniciar suelen cursar amparados en una variación del setting denominada cara a cara (Bichi, 1998/2002/2004).
Si bien tal modificación del setting suele ser utilizada también en los comienzos de la relación analítica con pacientes neuróticos, su instrumentación pone a dura prueba las aptitudes de cada analista cuando nos ocupamos de aquellos pacientes denominados difíciles. Aunque se trata de un recurso técnico utilizado hoy con frecuencia en el tratamiento de estos pacientes, su aceptación dentro del corpus teórico psicoanalítico continúa siendo un tema de espinosa discusión. En tanto algunos tienden a afirmar categóricamente que dicha técnica no pertenece al oro del psicoanálisis, las discusiones más frecuentes se centran en cuestionar su eficacia para la aplicación del método psicoanalítico. Pero lo que a nuestro entender merece una particular atención es observar que en tales discusiones el acento está puesto en las características del paciente, particularmente en las capacidades o posibilidades de su funcionamiento psíquico; es decir, en sólo uno de los componentes de la relación analítica a la que sin embargo atribuimos un carácter bipersonal. Esto significa que generalmente se deja de lado todo cuestionamiento ya sea sobre la experiencia clínica o los conocimientos teóricos del analista en dicho campo, o sobre sus disposiciones personales. Entre estas últimas se hallan sus capacidades creativas, así como su capacidad para abrigar un espacio interno que aloje un particular uso transferencial del analista, que resultan de extrema importancia para llevar adelante un proceso que deberá anidar (Bichi 1998/2002ª/b/2004) teniendo en cuenta la mencionada innovación técnica.
Se trata de casos en los que los analizandos hacen un uso intenso del analista, del que las transferencias y sus correlatos contratransferenciales serán testigos fieles. Sólo por mencionar uno de los más importantes aspectos de esta cuestión, recordemos que en estas situaciones el analista será el soporte pleno - en el sentido de su mayor exposición como objeto pulsional - de las proyecciones por las que el psiquismo del paciente se liberará de su destructividad interna.
Por otra parte, pensamos que según sean los rasgos prominentes de las características personales del analista, ellos pueden llegar a promover una identificación del paciente con la persona del analista pudiendo ésta ser perturbadora de la identificación con su función. Sin extendernos demasiado sobre el tema, lo que intentamos señalar es que en estos casos se vuelve necesario analizar cuidadosamente en qué grado, con cada analista en particular, se ven favorecidos o perturbados los procesos de empatía, de contratransferencia, las capacidades para el autoanálisis, la aplicación del trabajo en doble (Green 1974, Botella C.yS., 1997), o de la técnica de interpretación en dos tiempos (Bichi 1998/2000)y otros, que no sólo dependen de los conocimientos teórico/clínicos del analista.
Puesto que, en efecto, las particulares y desafiantes situaciones de la clínica a las que nos referimos ponen en juego características que van más allá de las aptitudes estrictamente profesionales y exigen de modo particular la presencia de la persona total del analista para enfrentar, favorecer el anidamiento(Bichi, 1998/2002ª/b/2004) y llevar adelante el proceso analítico.

-La identidad sexual del analista.

El cambio experimentado por el antiguo paradigma de estricta abstinencia y neutralidad se vuelve francamente notorio cuando el contenido de nuestras discusiones trata acerca de temas tales como la influencia del sexo del analista como un aspecto de su persona que puede llegar a incidir en la estructuración del campo del análisis. A grandes rasgos aceptamos que sea cual fuere la composición genérica de la díada analítica podrán desarrollarse durante el tratamiento tanto transferencias maternas como paternas, así como revelarse conflictivas de carácter edípico y pre-edípico. (Bichi, 2002b) (Bonasia,2003). No obstante, y sumado a su actitud general relacionada con su identificación sexual, el analista no es una voz descorporizada y sus caracteres fenoménicos femeninos o masculinos son plenamente percibidos y de innegable influencia en el campo transfero/contratransferencial a partir del momento en que el paciente nos consulta.
Nuestras diferencias y particularidades se incluyen en una serie de variantes que abarca nuestro estilo interpretativo, el tono de voz, el vocabulario del que nos servimos, así como también aspectos puramente concretos como el modo en que hemos instalado nuestro consultorio, la forma de vestirnos, etc.
Nuestra presencia es una acción (Bollas, 1987) y el paciente responde a ella ya sea de modo directo o en formas más sutiles. En pacientes que presentan patologías graves - más aferrados a lo concreto y con un nivel deficiente en su capacidad sublimatoria -, el género del analista puede influir en el desarrollo de fuertes transferencias de carácter erotizado o perverso, ya que son casos en los que con frecuencia se pierde la dimensión del como si del análisis y en consecuencia - diría Winnicott - no representamos el objeto sino que somos el objeto.
En pacientes con un funcionamiento neurótico, si bien la variedad y heterogeneidad de las proyecciones llevan a una mayor dilución de la importancia del sexo real del analista, las cualidades y actitudes propias de cada género no dejan de tener cierta influencia en el proceso transferencial/contratransferencial. En consecuencia, podemos encontrar así variaciones en el desarrollo de la transferencia erótica según sea el género de los componentes de la pareja analítica. Con referencia específica al proceso contratransferencial, pensamos que un grado de influencia del sexo real del analista puede llegar a filtrarse y actuar veladamente en los movimientos identificatorios complementarios o concordantes (Racker, 1958)en su carácter de componentes activos de dicho proceso. Para tomar un ejemplo paradigmático, pensemos que cuando se trata de la comprensión de aspectos de la sexualidad del paciente del sexo opuesto, la identificación corcordante llevará al analista a identificarse con el deseo del paciente por un objeto de su propio sexo y a conectarse por lo tanto con ciertos componentes propios de orden homosexual que él deberá ser capaz de tolerar.
En el caso de la identificación complementaria el analista se identificará ya no con el deseo del paciente sino con el objeto deseado por éste, poniéndose entonces en juego sus propios aspectos heterosexuales. A partir de ambos movimientos identificatorios surgirán sus reacciones contratransferenciales, su eventual recurso al autoanálisis y la posibilidad de discriminar qué es lo propio y qué es lo que puede llegar a provenir del paciente. A ello le seguirá la comprensión lo más profunda posible del material y su consecuente decisión de comunicar o no en tal momento su interpretación (Kernberg, 1994)(Bichi,2000b).

De lo expuesto podemos claramente deducir que las características sexuales se alínean entre aquellos atributos personales del analista que pueden llegar a tener un peso importante durante el desarrollo del proceso analítico. Como hemos mencionado, un profundo ejercicio de autoanálisis o, en ciertos casos, un fecundo y necesario espacio de intercambio con un colega, revelarán si en este sentido la influencia de factores personales ha ido más allá de lo deseado.
Por otra parte, la realidad nos muestra que no sólo los futuros analizandos manifiestan a menudo preferencias en cuanto al género del futuro analista a consultar, sino que nosotros mismos decidimos frecuentemente nuestras derivaciones a otros colegas luego de evaluar - entre otras - dicha variante personal.

-Un mundo inusualmente compartido.

A las situaciones ya referidas deberemos sumar otras, de carácter contextual, transubjetivo, en las que la persona real del analista se vé fuertemente comprometida y sus actitudes pueden llegar a influir de modo significativo en la estructuración del campo analítico. Nos referimos a situaciones de catrástofe social, tales como las de crisis socio-políticas y económicas masivas, que afectan a todos los individuos de una comunidad, un país o una región. Entre muchos otros, un ejemplo vivo surge de algunos relatos recientes de analistas latinoamericanos acerca de su labor en un medio social convulsionado. Se trata de situaciones del macro-contexto en las que en un mundo compartido nos hallamos afectados por las mismas circunstancias históricas que viven nuestros pacientes, con quienes co-vivenciamos entonces de modo inusual los acontecimientos de la realidad externa y sus consecuencias(Bichi,2003ª/b).
Los efectos devastadores de tales catástrofes sociales pueden traducirse en procesos de desubjetivación, en experiencias de ataques a la organización psíquica y a su dinámica capacidad de búsqueda permanente de un equilibrio que se vé amenazado.
Tales acontecimientos del mundo externo se transforman en paralizantes vivencias de confusión y desorientación que impactan de modo diferente a cada individuo victimizado en menor o mayor grado por los mismos hechos históricos, resultando siempre disruptivas de su continuidad existencial.

Cuando paciente y analista comparten el mundo en tal medida, se puede dar lugar inadvertidamente al mantenimiento de baluartes (Baranger M. y W, Mom,1982) o de puntos ciegos pertenecientes al psiquismo de cada uno de los participantes del proceso analítico. En estos casos es puesta a prueba la capacidad del analista para co-vivenciar el fenómeno social, integrar la realidad material como una instancia de peso innegable, comprender sus efectos en lo intra e intersubjetivo y sin embargo, a pesar de demostrar comprensión y otorgar la debida importancia al material transubjetivo que inevitablemente surgirá, mantener el campo analítico - y su interjuego transfero/contratransferencial - libre de la invasión de sus propios aspectos personales que la misma situación social compartida pondrá en juego.
Ahora bien, si el compartir, el sentir con el otro es una capacidad necesaria en todo analista para los fines de un buen desarrollo del proceso transfero/contratransferencial, en estos casos en que compartimos la realidad externa de modo extremo, la empatía puede llegar a inundar los procesos identificatorios e invadir el campo analítico.
Se vuelve aún más imprescindible entonces acentuar la atención sobre nuestras vivenciascontratransferenciales y el uso que de ellas hacemos - un autoanális a modo de afinada lupa (Bichi, 2003ª/b)-, para intentar mantener nuestra posición analítica, sin que por ello nuestras intervenciones carezcan de la comprensión y calidez humana hacia el otro, quien siendo más que nunca nuestro semejante, se halla inmerso - tal como nosotros - en un mundo que se nos ha vuelto casi inexplicable.

-El analista: su estilo personal y su humor.

Para finalizar, una mención al estilo personal que cada analista despliega y que se halla en íntima relación con los rasgos de su carácter. Este último, junto con los precipitados identificatorios de sus filiaciones, sus modelos - tanto aquellos de su formación como los posteriores a ella -, marcarán la asiduidad, la forma, el énfasis, que impregnará a sus intervenciones, más allá de sus adquisiciones teóricas o de su experiencia clínica.
Aún si lo hace en grado diferente en la particular relación que establece con cada paciente, a la que subyace un único y singular proceso transfero/contratransferencial. Se trata de una construcción individual que irá afianzándose a través de los años tanto en el ejercicio de su tarea analítica como en el transcurso de su maduración, de su crecimiento vital. Con frecuencia, este modo de ser particular del analista suele formar parte del material que aportan algunos pacientes durante su reanálisis.
Los comentarios ya sea acerca de la locuacidad vs. la parquedad, la seriedad vs. la jovialidad, etc., del anterior analista comparadas con la nuestra nos brindan así interesantes ocasiones para la interpretación y la resignificación de los contenidos psíquicos inconscientes, y de la cualidad del mundo interno objetal de los analizandos. Entre los rasgos que marcan el estilo personal del analista el humor, la agudeza o el ingenio particular con que formula sus intervenciones suele ser, en nuestra experiencia, un instrumento útil de apertura y de impacto interpretativo.

Pensamos que la siguiente viñeta clínica nos será útil a modo de breve ejemplificación: Se trata de G., un paciente que progresa lentamente en un difícil pero intenso y sostenido proceso analítico comenzado hace ya casi dos años y amparado dentro de un encuadre cara a cara. De entre la conflictiva que G. presenta, me referiré aquí a sus marcados rasgos narcisistas que lo esclavizan, llevándolo a adoptar actitudes de superioridad y prescindencia que en definitiva lo aislan. Por momentos retorna con intensidad su lucha contra la dependencia de transferencia y su estrategia psíquica para evitar los sentimientos de tristeza que podría despertar el enfrentarse con ciertas experiencias vitales. Se ha mostrado hasta ahora casi refractario a mis interpretaciones sobre este tema, ignorando o neutralizando mis intervenciones.Durante una sesión en la que me relata cuán por encima e intocado se siente ante una eventualidad que debiera obviamente conmoverlo, respondiendo a mi dictado contratransferencial me parece oportuno cambiar el estilo de mi intervención y azuzarlo , desafiarlo de algún modo en su actitud, diciéndole con cierta ironía:
A: Por supuesto!...No vaya a ser que los demás piensen que Ud. es como el resto de los mortales!...Que puede tener un problema, o ponerse triste, por ejemplo!...Éso, ni pensarlo!... (Sostengo su mirada con la que parecería querer destruirme. Una vez más se ha entablado la lucha entre mis interpretaciones y su muro narcisista.)
P: …Siempre me pincha el globo!...Si fuera por Ud., andaría por ahí todo el tiempo dando lástima!...
Su respuesta me permite completar mi intervención, relacionando pasado y presente, e interpretando, entre otras, sus fantasías catastróficas y sus temores al cambio. Sin ser novedosa en su contenido, la nueva forma dada a mi interpretación la dota de un particular potencial para el logro de un efecto de apertura hacia un grado mayor de insight del paciente en cuanto a su conflictiva.

A modo de síntesis conclusiva

El carácter, la identidad sexual, el ser partícipe de un mundo inusualmente compartido, el estilo personal o el humor, son sólo algunos de los aspectos que pueden llegar a influir en el proceso analítico en tanto atributos, rasgos o situaciones vividas por la persona del analista. Él mantiene con sus analizandos una relación terapéutica que no carece de un aspecto que podríamos llamar relación real, basado en el carácter bipersonal del campo psicoanalítico.
Quedan obviamente pendientes de mencionar algunos temas profundos y decisivos para llevar adelante el proceso, tales como sus capacidades sublimatorias, su disponibilidad psíquica para el necesario estado de reverie – particularmente en la captación contratransferencial del material de pacientes difíciles -, o aún otras cuestiones también de suma importancia como las ideologías, las elecciones de vida, las elecciones teóricas, los deseos y aspiraciones personales, etc., componentes anímicos preconscientes del analista. Acerca de estos últimos, aspiramos a que un autoconocimiento profundo y una profunda capacidad de autoanálisis nos ayudarán a preservar de su influencia a nuestras intervenciones y nuestras actitudes durante la tarea analítica.
De tal modo intentaremos que el proceso transfero/contratransferencial se vea en lo posible libre de obstáculos originados en aspectos de nuestra propia subjetividad, con miras a optimizar el necesario despliegue y desarrollo de la subjetividad del analizando.
Creemos también que el efecto que los aspectos personales del analista tendrá sobre éste - sobre sus transferencias y sus vivencias en general durante el arduo transcurrir del proceso analítico - dependerá de la sensibilidad de cada paciente en particular hacia esos aspectos.
Como hemos dicho, es naturalmente deseable que el analista logre tener la mayor conciencia posible de la influencia que sus atributos o condiciones personales pueden ejercer sobre el campo analítico. Se hallará entonces no sólo en posición de evitar que ellos obstaculicen su labor, sino también más cerca de la posibilidad de utilizarlos como instrumentos de conocimiento y transformación mediante el uso adecuado y generativo del interjuego transfero/contratransferencial.

RESUMEN: En esta comunicación se toman algunos de los atributos, capacidades o situaciones vividas por el analista como persona total tales como el carácter, las capacidades para realizar su labor dentro de un determinado encuadre o dentro de un particular contexto social, la identidad sexual, el estilo personal y el humor, haciéndolos trabajar en relación con el proceso transferencial/contratransferencial.
Se analiza la influencia de los mencionados factores sobre dicho proceso y por lo tanto, sobre la estructuración del campo analítico. Se pone el acento en la función esencial de la capacidad autoanalítica del analista. Ella no sólo le permitirá evitar en el mayor grado posible que sus atributos personales obstaculicen su labor, sino incluso sacar provecho de ellos utilizándolos como instrumentos de conocimiento y transformación mediante el uso adecuado ygenerativo del interjuego transfero/contratransferencial.A fin de ilustrar este último punto, una viñeta clínica ejemplifica la influencia dedeterminada actitud interpretativa durante el transcurso de una sesión analítica que, surgida de su contratransferencia, lleva la marca de un rasgo del estilo personal del analista.

*Actas del 4º Encuentro Científico de Psicoanálisis APA/SPI – Buenos Aires 2004-

** E-mail: estelabichi@yahoo.com


BIBLIOGRAFIA:

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