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PERO…QUÉ ES REALMENTE EL LLAMADO ALZHEIMER? Recibido el 30 de setiembre de 2010 Por Luis María Sánchez [1] Centro de Investigaciones Científicas Neuro-psico-etológicas y Acción Comunitaria Proyecto Alzheimer Argentina. Universidad Autónoma de Entre Ríos, Facultad de Ciencia y Tecnología
Que durante las tres últimas décadas se hayan postulado desde el paradigma del origen orgánico del fenómeno llamado alzheimer muchas hipótesis que terminaron siendo fallidas, habla a las claras del agotamiento de esa perspectiva, que ha incluido de hecho la instalación súbita y la independencia del escenario, la historia de vida y las circunstancias que rodean a los afectados, lo que también es equivocado, ya que es un proceso que a veces toma años. En realidad, lo que se ha dado en llamar alzheimer no se desencadena por una alteración genética, por un déficit de acetilcolina en el cerebro ni tampoco una perturbación neuro fisiológica producida por substancias tóxicas u otras causas físicas, químicas o biológicas orgánicas, sino por una esencial crisis psicológica, lo que ya está ampliamente reportado y muy poco atendido. Pero aunque ello es evidente y se reconozca, hasta ahora no se había podido hilvanar la lógica del fenómeno, que debe incluir también que en algún momento del proceso debe producirse un vínculo entre la afectación psicológica y la biología de la persona, que determina su pronóstico fatal si no se efectúan intervenciones adecuadas. Registrado en la novelística de todos los tiempos, casi desde siempre se le llamó demencia senil, hace unas décadas arterioesclerosis y recientemente se le puso el nombre del anátomo-patólogo que hizo un estudio sobre un caso –hoy considerado dudoso- hace algo más de 100 años, en una mujer que previamente había estado 5 años encerrada en el Hospital psiquiátrico de Munich y sólo se le hizo una entrevista inicial de minutos por una persona no experta. Tal era el preconcepto de daño orgánico asociado al malestar que prácticamente no se escuchó ni se observó para nada a esa persona (Augusta D. en la historia clínica), situación que se sigue repitiendo mayormente en la actualidad. No es por lo tanto cualquier pérdida, sino una muy singular, y ni por asomo le puede tocar a cualquiera: tienen que darse factores y circunstancias muy especiales, incluso durante la crianza y el desarrollo. Una vez producida esa terrible pérdida entra en un duelo que no puede resolver y entonces, demudada e inerme frente a su nueva realidad, trata de desvincularse de ésta, la rechaza y no quiere luego ser parte de la misma porque ya no se siente contenida, y llega incluso a desear la muerte. Expresa por ejemplo que quiere irse, que molesta, que está de más, que no sabe para qué vive -se entrega, baja las cortinas, se abandona, se rinde, en el saber y lenguaje popular, tal como está asentado en diccionarios de diversas lenguas. Esto lleva a la persona a una desatención marcada de lo que ocurre a su derredor al quedar atrapada por el pensamiento penoso de la pérdida irreparable que no le encuentra salida, que se refleja en sus interlocutores como una pérdida de la memoria, que no es tal. Su mirada perdida es uno de los indicadores precoces de tal situación, así como la apatía, una depresión con descuido personal, la ausencia de emociones. La desatención es tan marcada que apenas termina de hacer o decir algo habitual y mecánico, no lo recuerda porque no lo ha grabado. La mala interpretación de esto es lo que conduce a los errores de diagnóstico, que lleva a que los falsos positivos sean alrededor del 75 % en muchos países y regiones. Comienza a alejarse de la realidad y a bloquear en forma progresiva las respuestas a los estímulos que recibe por los canales sensoriales [3] que poseemos y de esta manera las componentes de reconocimiento de los distintos sentidos terminan por perder su funcionalidad: se comporta como si no reconociera los estímulos que le llegan –no reconocen a personas o lugares, sus queridas canciones, sus perfumes, sus gustos, etc. Recurre en forma anormal a un mecanismo biológico de comportamiento que todos poseemos y al cual echamos mano [4] habitualmente, que es el bloquear respuestas motoras y cognitivas a ciertos estímulos sensoriales, para priorizar las respuestas frente a otras más urgentes y necesarias. La forma anormal o patológica de este comportamiento normal es uno de los típicos que se observan en todos los casos del proceso alzheimer. Es el indicador biológico más robusto, aunque no sea una substancia química o un daño cerebral. Pero paradojalmente, los estímulos sensoriales los siguen grabando en el cerebro aun dentro del túnel en que se sitúan, como se ha demostrado en los casos recuperados o que remitieron espontáneamente, que recuerdan acontecimientos en que estuvieron presentes. Esta teoría ha sido presentada en revistas científicas y conferencias desde el año 2004 [5], aunque la hemos anticipado en 1996 en el Congreso Mundial de Neurología que tuviera lugar en Buenos Aires en noviembre de ese año, luego de años de investigaciones en epidemiología de riesgo, y permite a cada vez más profesionales a ver más profundamente los casos que tienen ante sí. La situación emblemática, el ejemplo más rotundo, el mayor riesgo epidemiológico, es la mujer que nunca ha sido ella misma sino la mujer de…, la esposa de…, y cuando su marido muere (objetiva o subjetivamente) su identidad y su cotidianeidad, construida sobre sus hombros, se desintegra, es arrastrada con él hacia la muerte. En el varón, lo más frecuente es la pérdida del trabajo sobre lo cual había construido su identidad sin otra alternativa. El déficit de afrontamiento de pérdidas que se instala en un cierto modo de crianza o con frecuencia por la ausencia de un padre,[6] es una condición predisponente clave. Bajo esta teoría lo más probable es que, paradojalmente, este fenómeno tal como se conoce actualmente no tenga que ver con el caso (Augusta D.), reportado por el patólogo asistente de Emil Kraepelin, Alois Alzheimer, en 1905, que era una mujer que al parecer al ser internada y aislada en el hospital psiquiátrico de Munich, estaba en una crisis por grave pérdida de la autoestima por presunto alejamiento afectivo de su marido (llamada entonces celopatía y tomada como enfermedad orgánica), y que cinco años después y con sólo una entrevista al ingreso muere por una septicemia generalizada, a consecuencia de un encierro y abandono denunciado repetidamente por las enfermeras. Luego de su muerte le es extraído y estudiado el cerebro, donde el anátomo-patólogo encuentra estructuras al parecer anómalas, a las que atribuye la causa de los celos de cinco años atrás. Por entonces el paradigma dominante era que todo padecimiento mental debía tener un correlato orgánico. Pero 100 años después habría demostrarse que esas estructuras también están presentes en personas con envejecimiento normal, y que más bien tendrían que ver con el ciclo de vida de las neuronas, y en especial su desuso. De la manera en que este proceso se instala y se desarrolla, y tan altamente dependiente de la historia de vida que puede decirse que no hay dos casos iguales, no hay una instalación súbita ni una velocidad lineal de progreso en los comportamientos anormales, y en particular el deterioro de las funciones de reconocimiento sensorial es extremadamente variable, presentándose oscilaciones que la hacen entrar y salir de la realidad, abandona y vuelve a entrar al túnel. También ocurren remisiones espontáneas –por remotivaciones vitales que ocurren naturalmente en la vida familiar, con frecuencia por necesidad de cuidados y contención de algún ser querido en mujeres, una pulsión antropológica naturalmente irrefrenable en ellas- o bien por medio de acciones ordenadas y sistemáticas de estimulación para la elaboración de la pérdida y la reconstrucción de una nueva identidad, lo que muestra que hasta entonces no hay un daño cerebral irreversible. Ello explica la falta de imágenes cerebrales anómalas al comienzo del proceso y hasta avanzado el mismo, cuando hasta el pequeño nieto se da cuenta que algo muy grave le está ocurriendo a su abuela, con una precisión y certeza superior a la más avanzada cámara de imágenes. Como es bien conocido y reconocido, la atención es constantemente tironeada por pensamientos intensos o penosos, o bien por eventos más interesantes y vitales, y entonces atrapan a las personas que no graban en el cerebro los hechos que ocurren a su alrededor, y por lo tanto no pueden recuperarlos luego. Debe tenerse en cuenta que el tránsito de la atención a la desatención y viceversa es prácticamente instantáneo, con un mínimo de procesamiento cerebral, obviamente originado en nuestra condición animal de estar siempre alerta. No es genético ni heredable, aunque en el mundo parece que existen grupos de familias que muestran comportamientos similares a esta dementización. Pero como en muchos otros casos, la imitación infantil de los comportamientos de los padres, como la introversión, el aislamiento, la dificultad frente a las pérdidas, el temor, la automarginación y otros, que son importantes factores predisponentes para alzheimer, ha confundido a los pocos precavidos con este aspecto de “herencia” de comportamientos familiares, propios del desarrollo psico-social infantil, con la herencia propiamente biológica, y han volcado imprudentemente en el imaginario colectivo la idea incorrecta del proceso alzheimer como enfermedad genética, generando una angustia dañina en millones de personas. La frecuencia de casos en la población, la prevalencia, es entonces mucho más baja que lo que se ha informado, debido a la incorporación equivocada de muchos falsos positivos, y la tendencia es a la disminución franca, dado que en general la cultura que habilitaba la dependencia extrema de la mujer ya está en franco retroceso y cada vez son más los programas de inclusión de los adultos mayores en actividades motivadoras. Se comprende la perplejidad y hasta el rechazo que esta novedad le puede producir a muchos de los que estaban o siguen estando detrás de un paradigma orgánico fallido para su desencadenamiento, pero se abre con esto un camino fértil para ahondarlo y mejorar la situación de ahora en más, ya que la lógica aquí expuesta traza el camino no sólo a las terapias de recuperación sino también a las estrategias de prevención que se están poniendo en marcha.
[1] Neurobiólogo, Director del Centro de Investigaciones Científicas Neuro-psico-etológicas y Proyecto Alzheimer Argentina
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